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En el valle, donde el sol pintaba el cielo de rosa y naranja cada mañana, se extendía una granja… peculiar. No era una granja cualquiera. Para empezar, un espantapájaros de paja con sombrero de copa bailaba al son del viento, y una nube esponjosa, muy parecida a una vaca lechera, pastaba plácidamente en el azul.
En lo alto del granero, el gallo, Don Evaristo, no se dedicaba a cantar el amanecer como los demás gallos. ¡No, señor! Don Evaristo tenía un plan. Unos planos enrollados bajo el ala, unas gafas de aviador sobre el pico, y unas alas de cartón cuidadosamente pegadas a su cuerpo, Don Evaristo soñaba con volar. Soñaba con ser un avión, surcando los cielos como las águilas.
En el prado, la vaca, Doña Clementina, no pastaba hierba. ¡Qué va! Doña Clementina era una artista. Frente a un lienzo enorme, más grande que ella, con pinceles sujetos entre los dientes y manchas de pintura de todos los colores, pintaba retratos impresionantes. Hoy, su modelo era una mariposa monarca, gigante y majestuosa.
En su taller, la cabra, Doña Carmela, no comía hojarasca. ¡Jamás! Doña Carmela era una inventora. Rodeada de herramientas, engranajes, resortes y tubos de ensayo, estaba construyendo una máquina alocada. Una máquina que lanzaba zanahorias danzantes al aire, para alegría de los conejos.
En la cocina, el cerdito, Don Porfirio, no revolcaba en el barro. ¡Ni pensarlo! Don Porfirio era un chef extraordinario. En su pequeña cocina campestre, ollas llenas de sopa flotaban en el aire, despidiendo aromas deliciosos. Y sobre la mesa, un pastel esponjoso con forma de mazorca de maíz era su obra maestra del día.
Junto al estanque, el pato, Don Pascual, no chapoteaba en el agua. ¡De ningún modo! Don Pascual era un tenor. Frente a él, la rana, Doña Filomena, dirigía la orquesta con una batuta hecha de junco. Notas musicales de todos los tamaños flotaban en el aire, creando una melodía alegre y contagiosa.
En el campo, la oveja, Doña Balbina, no pastaba tranquilamente. ¡Qué aburrimiento! Doña Balbina era una futbolista estrella. Corría tras una pelota de lana, mientras las gallinas aplaudían desde las gradas improvisadas con fardos de heno.
Un día, un nuevo granjero, Don Remigio, llegó a la granja. Era un hombre serio, tradicional, con un bigote espeso y un sombrero de paja impecable. Llegó en su tractor reluciente y, al ver todo aquello, puso una cara de “¿qué es esto?” que asustó a todos los animales.
Los animales, al ver la cara de Don Remigio, intentaron comportarse como se suponía que debían hacerlo. Don Evaristo cantó al amanecer (aunque con menos entusiasmo), Doña Clementina dio leche (aunque sus retratos quedaron inacabados), Don Porfirio durmió en el chiquero (aunque soñaba con pasteles). Pero todos estaban tristes. La alegría había desaparecido de la granja.
De repente, a Doña Carmela se le encendió la bombilla. ¡Una idea brillante! Tomó un megáfono inventado por ella misma (hecho con un embudo y una lata de conservas) y llamó a todos los animales.
Durante toda la noche, en secreto, bajo la luz de la luna, todos trabajaron juntos. Doña Clementina pintó un mural gigante, Don Porfirio horneó un banquete delicioso, Don Pascual y Doña Filomena compusieron una canción especial, y Doña Balbina entrenó a las gallinas para un espectáculo de baile. Estaban preparando una gran sorpresa para Don Remigio.
Amaneció. Don Remigio fue despertado por el canto del gallo… ¡pero no era un canto normal! ¡Era Don Evaristo volando con sus alas de cartón, dando vueltas alrededor del granero!
La granja se había transformado en un escenario mágico. En el prado, una exposición de arte con las obras de Doña Clementina. En la cocina, un show de cocina con las creaciones de Don Porfirio. Junto al estanque, música y baile. Y en el campo, un partido de fútbol improvisado.
Don Remigio, al principio, estaba atónito. Pero poco a poco, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. Por primera vez desde que llegó, sonrió de verdad. Y no solo eso, ¡se unió a la fiesta! Sacó una armónica de su bolsillo y comenzó a tocar una melodía alegre.
La celebración fue total. Todos bailaron y comieron juntos bajo luces de colores. El letrero de la granja, que antes decía "Granja El Trigal", ahora decía: "Granja ¡Muy Peculiar!".
Al caer la noche, la granja estaba en silencio. Todos dormían felices, con sueños flotando en burbujas sobre sus cabezas. En una de las burbujas, Don Remigio volaba junto a Don Evaristo, surcando los cielos como dos pájaros libres.
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