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Gratis · elige una vozLa luna brillaba con mucha fuerza y los niños miraban. Ana y Luis, acurrucados en la ventana de su habitación, no podían apartar la vista. La luna esa noche no era blanca ni plateada, ¡era rosa! Un rosa pálido y suave, como el algodón de azúcar que vendía Don Ramón en la feria del pueblo.
"¡Mira, Luis! ¡La luna es de algodón de azúcar!" exclamó Ana, con los ojos brillantes.
Luis, que era un poco más escéptico, frunció el ceño. "No digas tonterías, Ana. La luna no puede ser de algodón de azúcar. Es una roca gigante que gira alrededor de la Tierra."
"¡Pero mírala! ¡Parece tan suave y dulce!" insistió Ana, señalando el cielo con un dedo.
De repente, una voz suave y melodiosa resonó en la habitación. "Quizás, Ana, tengas razón... Quizás la luna sea más de lo que vemos."
Los niños se sobresaltaron. En el umbral de la puerta, de pie bajo la tenue luz del pasillo, estaba Abuela Elena. Sus ojos brillaban con un brillo especial, como si guardaran secretos antiguos.
"Abuela, ¿viste la luna? ¡Es rosa! ¡Como algodón de azúcar!" dijo Ana, corriendo a abrazarla.
Abuela Elena sonrió y abrazó a Ana con cariño. "Sí, mi niña, la he visto. Y sé una historia sobre esa luna."
Luis, aunque seguía siendo escéptico, se acercó a la abuela con curiosidad. "¿Una historia? ¿Sobre la luna de algodón de azúcar?"
Abuela Elena los invitó a sentarse en la cama y comenzó a contar la historia. "Hace muchos, muchos años, cuando las estrellas eran aún más jóvenes y el sol aún no había aprendido a brillar con tanta fuerza, la luna no era una roca fría y gris. Era una nube gigante de algodón de azúcar, hilada por las hadas de la noche."
"¿De verdad?" preguntó Ana, con los ojos muy abiertos.
"Sí, de verdad. Las hadas tejían el algodón de azúcar con los sueños de los niños que dormían. Cada sueño dulce y feliz añadía un hilo a la luna. La luna era un lugar mágico, lleno de alegría y risas."
"¿Y qué pasó?" preguntó Luis, ahora completamente absorto en la historia.
"Un día," continuó Abuela Elena, "una bruja malvada, celosa de la felicidad de los niños, intentó robar la luna de algodón de azúcar. Quería guardarla para ella sola y privar al mundo de sus sueños dulces."
La bruja lanzó un hechizo poderoso, transformando la luna en una roca fría y gris. Las hadas, aterrorizadas, huyeron y el mundo se volvió un poco más triste.
"¡Qué triste!" exclamó Ana.
"Pero la magia de los sueños es muy poderosa," continuó Abuela Elena. "Algunas hadas valientes decidieron luchar contra la bruja. Reunieron todos los sueños dulces que pudieron encontrar y los tejieron en un nuevo hilo de algodón de azúcar. Luego, con mucho cuidado, lo enviaron hacia la luna."
El hilo mágico llegó a la luna y comenzó a deshacer el hechizo de la bruja. Poco a poco, la luna gris comenzó a brillar con un color rosa pálido. Las hadas volvieron a tejer sueños en la luna, haciéndola cada vez más suave y dulce.
"¿Y la bruja?" preguntó Luis.
"La bruja, al ver que su hechizo se rompía, huyó a un lugar oscuro y lejano, donde nunca más pudo hacer daño. Y la luna, aunque ya no es completamente de algodón de azúcar, sigue guardando un poco de esa magia. Por eso, a veces, la vemos rosa, como esta noche."
Abuela Elena sonrió a los niños. "Así que, la próxima vez que veáis la luna rosa, recordad esta historia y sabed que está llena de sueños dulces y la magia de las hadas."
Ana y Luis se quedaron mirando la luna con nuevos ojos. Ya no era solo una roca gigante, era un lugar mágico, lleno de sueños y recuerdos.
"Abuela," dijo Ana, "¿podemos ir a la feria mañana y comprar algodón de azúcar?"
Abuela Elena rió. "Por supuesto, mi niña. Y quizás, mientras lo comemos, podamos enviarle un sueño dulce a la luna."
Los niños asintieron con entusiasmo. Esa noche, Ana y Luis durmieron profundamente, soñando con hadas, algodón de azúcar y una luna rosa llena de magia. Y quizás, uno de sus sueños, viajó hasta la luna, haciéndola brillar un poco más.
Al día siguiente, en la feria, mientras disfrutaban de su algodón de azúcar, Ana y Luis miraron al cielo. Aunque el sol brillaba con fuerza, en sus corazones sabían que la luna, en algún lugar, seguía siendo un poco de algodón de azúcar, esperando la noche para brillar con su magia rosa.
Don Ramón, al verlos tan felices, les guiñó un ojo. Él también conocía el secreto de la luna de algodón de azúcar, un secreto que solo los niños de corazón puro podían ver.
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