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La luna, llamada Lunaela, era una lunita muy juguetona. Le encantaba bailar entre las estrellas y hacerle cosquillas a las nubes. Pero su juego favorito era, sin duda, ¡molestar al señor Sol! El señor Sol, o Solardo como le decían sus amigos los pajaritos, era un sol muy paciente y trabajador. Cada mañana, se levantaba temprano para iluminar el mundo y darle calor a las flores.
Una noche, Lunaela tuvo una idea brillante (¡como solo a ella se le ocurrían!). “¡Voy a jugar con Solardo!”, exclamó, agitando sus bracitos hechos de polvo de estrellas. Así que, ni corta ni perezosa, Lunaela se acercó al señor Sol, que ya estaba preparándose para dormir. Solardo bostezaba, dejando escapar pequeños rayos de luz dorada.
“¡Hola, Solardo!”, gritó Lunaela, acercándose a toda velocidad. Solardo, sobresaltado, se despertó de golpe. “¡Lunaela! ¿Qué haces despierta a estas horas? ¡Deberías estar durmiendo!”, le regañó con una voz suave, como un susurro de viento cálido.
Lunaela rió. “¡Pero es que quiero jugar contigo! ¿Podemos jugar a las escondidas?”, preguntó, con los ojos brillantes de travesura. Solardo suspiró. Sabía que con Lunaela no se podía razonar cuando se le metía una idea en la cabeza. “Está bien, Lunaela. Pero solo un ratito. Luego tienes que irte a dormir”, accedió Solardo, con una sonrisa resignada.
Lunaela saltó de alegría. “¡Sí! ¡Sí! ¡Tú te escondes primero!”, gritó, antes de taparse los ojos con sus manitas brillantes. Solardo sonrió. Sabía que Lunaela no podía verlo, pero aun así, se escondió detrás de una nube esponjosa. Lunaela, después de contar hasta diez (¡aunque a veces se saltaba algunos números!), abrió los ojos y empezó a buscar a Solardo.
“¿Solardo? ¿Dónde estás? ¡No te veo!”, gritaba Lunaela, volando de un lado a otro. Buscó detrás de las montañas, detrás de los árboles más altos, e incluso miró dentro de los cráteres de la luna. Pero no había ni rastro del señor Sol. De repente, Lunaela sintió un cosquilleo en su mejilla. ¡Era Solardo! El señor Sol se había acercado sigilosamente y le había hecho cosquillas.
Lunaela soltó una carcajada. “¡Te encontré! ¡Ahora me toca a mí esconderme!”, gritó, antes de salir volando a toda velocidad. Esta vez, Lunaela se escondió detrás de la Tierra. Sabía que Solardo tenía mucha luz, pero que no podía ver a través de la Tierra. Solardo, con su paciencia infinita, empezó a buscar a Lunaela.
Buscó por encima de las nubes, buscó por debajo de las estrellas, e incluso miró dentro de los volcanes. Pero no había ni rastro de Lunaela. Solardo empezaba a preocuparse. “¿Lunaela? ¿Dónde estás? ¡Ya es hora de que te vayas a dormir!”, gritó, con una voz un poco más fuerte.
De repente, Solardo sintió un pequeño tirón en su rayo de luz más brillante. ¡Era Lunaela! La lunita traviesa se había colgado de su rayo y estaba haciendo equilibrio. Solardo sonrió. “¡Lunaela! ¡Me has asustado! Ya es muy tarde. Tienes que irte a dormir”, le dijo con cariño.
Lunaela hizo un puchero. “Pero… ¡todavía quiero jugar!”, protestó. Solardo se acercó a Lunaela y la abrazó con sus rayos cálidos. “Lo sé, Lunaela. Pero incluso las lunas más juguetonas necesitan descansar. Mañana podremos jugar otra vez”, le susurró al oído.
Lunaela, sintiéndose arropada por el calor de Solardo, asintió con la cabeza. “Está bien, Solardo. Pero… ¿me contarás un cuento antes de dormir?”, preguntó, con los ojos llenos de esperanza. Solardo sonrió. “Por supuesto, Lunaela. Te contaré la historia de la estrella que quería ser un sol”, respondió, mientras la acompañaba de vuelta a su lado oscuro del cielo.
Y así, Lunaela, la lunita traviesa, se durmió escuchando la dulce voz de Solardo, el sol paciente. Sabía que aunque a veces lo molestara, Solardo siempre estaría ahí para ella, cuidándola y contándole historias hasta que el sueño la venciera. Y Solardo, el sol paciente, sonrió al ver a Lunaela dormir plácidamente. Sabía que aunque a veces fuera un poco traviesa, Lunaela era su mejor amiga, y que la quería con todo su corazón brillante.
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