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Había una vez un niño llamado Mateo que vivía en un mundo lleno de palabras. Mateo amaba las palabras; amaba cómo sonaban, cómo se veían escritas en sus libros de cuentos y cómo describían las nubes que parecían castillos de algodón. Sin embargo, Mateo tenía un pequeño desafío: cuando intentaba decir esas palabras en voz alta, a veces se quedaban atrapadas en su garganta, como si estuvieran jugando al escondite antes de salir a la luz. Mateo era tartamudo.
En la escuela de Valle Alegre, la mayoría de los niños eran amables, pero había un grupo liderado por un niño llamado Hugo que no entendía el ritmo especial de Mateo. Un martes por la mañana, durante la clase de Ciencias, la maestra pidió a los alumnos que explicaran su animal favorito. Cuando llegó el turno de Mateo, su corazón empezó a latir con fuerza, como un tambor apresurado. Se puso de pie, inhaló profundamente y trató de decir: «El delfín es un animal muy inteligente».
—E-e-el d-d-d-delfín... —comenzó Mateo. Las palabras se negaban a fluir. Se sentía como si su lengua tropezara con una piedra invisible.
Hugo y sus amigos soltaron una risita sofocada desde el fondo del salón. —¡Parece que Mateo se ha quedado sin pilas! —susurró Hugo lo suficientemente fuerte para que todos lo oyeran. El salón se llenó de un murmullo incómodo y Mateo sintió que sus mejillas se encendían como dos brasas rojas. Bajó la mirada hacia sus zapatos y se sentó en silencio, con un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con su tartamudez, sino con la tristeza.
Durante el recreo, Mateo no fue a jugar al fútbol ni a los columpios. Se refugió en un rincón tranquilo de la biblioteca, donde el aroma a papel viejo y el silencio lo hacían sentir seguro. Allí conoció a la señora Aurora, la bibliotecaria de cabello plateado y ojos que siempre parecían estar sonriendo. Ella lo había observado desde lejos.

—¿Sabes, Mateo? —dijo la señora Aurora con voz suave—. Las mejores canciones no siempre tienen el mismo ritmo. Algunas son rápidas, otras son lentas y otras tienen pausas que las hacen hermosas. Tu voz es como una de esas canciones especiales.
Mateo la miró con asombro. —¿P-p-pero por qué los otros se r-r-ríen? —preguntó con esfuerzo.
—Porque a veces las personas temen lo que no entienden —explicó ella—. Pero eso no significa que tu voz no sea valiosa. No debes sentir vergüenza por ser quien eres. Tu tartamudez es solo una parte de ti, no es todo lo que eres.
Animado por las palabras de la señora Aurora, Mateo decidió participar en el «Festival de Talentos» de la escuela, que se celebraría el viernes. No iba a cantar ni a hacer trucos de magia; iba a leer un poema que él mismo había escrito sobre el viento.
Llegó el día del festival. El auditorio estaba lleno de padres y alumnos. Cuando Mateo subió al escenario, vio a Hugo en la primera fila, con una sonrisa burlona. Mateo cerró los ojos por un segundo, recordó el jardín de la biblioteca y las palabras de la señora Aurora. Abrió su papel y comenzó a leer.

—El v-v-viento viaja sin m-m-miedo... —Mateo tartamudeó varias veces. Al principio, hubo algunas risitas, pero Mateo no se detuvo. Siguió adelante, con la cabeza alta. A medida que avanzaba, su voz ganaba fuerza. Explicó, a través de sus versos, que su voz era como un río que a veces encontraba rocas, pero que siempre encontraba el camino hacia el mar. Habló sobre la paciencia, sobre la belleza de la espera y sobre cómo el silencio también tiene su propia música.
Cuando terminó, el auditorio quedó en un silencio absoluto. Mateo pensó que se burlarían, pero de repente, la señora Aurora comenzó a aplaudir, y pronto todos los demás se unieron. Fue un aplauso largo y sincero. Hugo, por primera vez, no se rió; se quedó mirando a Mateo con una expresión de asombro y, quizás, un poco de arrepentimiento.
Al terminar el festival, Hugo se acercó a Mateo. —No sabía que podías escribir cosas así —dijo rascándose la cabeza—. Siento haberme burlado. Tu poema fue... muy valiente.
Mateo sonrió, y esta vez las palabras salieron más ligeras. —G-gracias, Hugo. Todos t-t-tenemos algo que nos hace d-d-diferentes. No hay que juzgar a nadie por eso.
Desde ese día, las cosas en la escuela de Valle Alegre cambiaron. Mateo seguía tartamudeando, pero ya no se escondía. Había aprendido que su voz, con todos sus tropiezos y pausas, era única y digna de ser escuchada. Y sus compañeros aprendieron que la verdadera inteligencia no está en hablar rápido, sino en saber escuchar con el corazón y respetar la melodía de los demás.
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Preguntas de comprensión
¿En qué lugar específico se refugió Mateo durante el recreo para sentirse seguro y a quién conoció allí?
¿Qué actividad decidió realizar Mateo para participar en el «Festival de Talentos» de la escuela?
¿Por qué Mateo sintió un «nudo en la garganta» después de la burla de Hugo, si el texto aclara que no tenía que ver con su tartamudez?
¿Cómo influyó la metáfora de la señora Aurora sobre las canciones y sus ritmos en la decisión de Mateo de participar en el festival?
¿Qué opinas de la actitud inicial de Hugo y sus amigos? ¿Crees que su cambio de actitud al final de la historia fue sincero? Justifica tu respuesta.
La señora Aurora dice que «a veces las personas temen lo que no entienden». ¿Estás de acuerdo con esta afirmación aplicada a la vida real? ¿Por qué?
Si fueras un compañero de clase de Mateo y presenciaras la burla de Hugo en la clase de Ciencias, ¿qué palabras le dirías a Mateo para apoyarlo en ese momento?
Imagina que Mateo escribe un segundo poema para el próximo evento escolar. ¿Sobre qué tema crees que escribiría ahora y qué título le pondría?
En la frase «sus mejillas se encendían como dos brasas rojas», ¿qué significa la palabra 'brasas' y qué sensación intenta transmitir el autor sobre el estado emocional de Mateo?
El texto describe que Hugo soltó una «risita sofocada». Según el contexto de la historia, ¿qué significa que una risa sea 'sofocada'?
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