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Doña Coco amaba el Día de los Muertos. ¡Le encantaba! Cada año, preparaba una mesa especial, ¡una mesa mágica! Era una mesa llena de colores, olores y recuerdos bonitos. Este año, su nietecito, Miguelito, tenía solo dos añitos y no entendía muy bien de qué se trataba todo esto.
"Abuelita Coco, ¿qué es esto?" preguntó Miguelito, señalando una flor naranja brillante.
"¡Ay, Miguelito! Esta es una flor de cempasúchil. ¡Es para guiar a nuestros angelitos de vuelta a casa!" Doña Coco le explicó con una sonrisa. La flor olía dulce y un poquito picante. Miguelito la olió con cuidado y estornudó.
Doña Coco rió. "¡Te hizo cosquillas!" Dijo.
En la mesa también había pan de muerto, un pan dulce con forma de huesitos. "¡Mmm, pan de muerto!" exclamó Miguelito, extendiendo una manita. Doña Coco le dio un pedacito. Miguelito lo mordisqueó con gusto. Estaba dulce y suave.
"¿Y esto, abuelita?" preguntó Miguelito, señalando una foto. Era una foto de un señor con un bigote grande y una sonrisa aún más grande.
"Ese es tu bisabuelo, Papá José," dijo Doña Coco. "Era un hombre muy bueno y le encantaba cantar. Le encantaba jugar al dominó." Doña Coco le contó a Miguelito historias de Papá José. Le contó cómo le gustaba hacer reír a la gente y cómo siempre tenía un caramelo escondido en su bolsillo.
Miguelito escuchaba con atención, sus ojitos brillantes. No entendía todo, pero le gustaba escuchar la voz de su abuelita y las historias de Papá José.
Doña Coco puso en la mesa un vaso con agua fresca. "Esto es para que los angelitos tengan sed," explicó. Luego, puso un platito con sal. "Y esto es para purificar sus almas."
También había fruta: mandarinas jugosas, plátanos amarillos y caña de azúcar. "¡Qué rico!" dijo Miguelito, alcanzando una mandarina. Doña Coco lo ayudó a pelarla. El jugo dulce le corrió por los dedos.
En la mesa mágica, Doña Coco también puso algunos juguetes. Un caballito de madera, un carrito rojo y un osito de peluche. "Estos son para que los angelitos jueguen," explicó. "Cuando eran niños, les gustaban mucho estos juguetes."
Miguelito agarró el osito de peluche y lo abrazó. Era suave y calentito. Le recordó a su propio osito, Oso.
Doña Coco encendió una velita. La llama parpadeaba suavemente. "Esta luz es para que los angelitos puedan encontrar el camino a casa," dijo.
Mientras la velita ardía, Doña Coco le contó a Miguelito más historias de sus familiares que ya no estaban. Le habló de su abuela, Mamá Elena, que era una excelente cocinera y hacía el mejor mole del mundo. Le habló de su tío, Tío Luis, que era un músico talentoso y tocaba la guitarra como nadie.
Miguelito no entendía todo, pero sentía el amor en la voz de su abuelita. Sentía que sus familiares, aunque no los veía, estaban cerca, celebrando con ellos.
Al final del día, cuando la velita se había consumido casi por completo, Miguelito se sentó en el regazo de Doña Coco. "Abuelita Coco," dijo, "¿los angelitos vinieron a jugar?"
Doña Coco sonrió. "¡Claro que sí, Miguelito! Vinieron a jugar, a comer pan de muerto y a escuchar nuestras historias. Siempre están con nosotros, en nuestros corazones."
Miguelito abrazó a Doña Coco con fuerza. Aunque era muy pequeño, entendió algo muy importante: que el amor nunca muere y que los recuerdos nos mantienen cerca de las personas que amamos, incluso cuando ya no están físicamente con nosotros.
La mesa mágica de Doña Coco era más que una mesa llena de comida y objetos. Era una mesa llena de amor, recuerdos y la promesa de que el Día de los Muertos es una celebración de la vida y el amor que perdura para siempre.
Al día siguiente, Miguelito, aún sin entenderlo del todo, señaló la foto de Papá José y sonrió. Sabía que aunque no lo conocía en persona, Papá José era parte de su familia y vivía en las historias de su abuelita Coco. Y eso, era algo mágico y muy especial. Doña Coco abrazó a su nieto, sabiendo que había sembrado una pequeña semilla de amor y recuerdo en su corazón. El Día de los Muertos, pensó, era la mejor manera de mantener viva la memoria de quienes amamos y ya no están con nosotros.
Y así, cada año, la mesa mágica de Doña Coco se llenaba de colores, olores, sabores y, sobre todo, mucho amor. Un amor que trascendía el tiempo y la distancia, un amor que unía a las familias, ¡vivas y no tan vivas! Y Miguelito, poco a poco, fue comprendiendo la magia de ese día tan especial.
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