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Había una vez, en un cielo azul y resplandeciente, una nube que era diferente a todas las demás. Se llamaba Grisela, y era… gris. Todas las otras nubes eran blancas, esponjosas y alegres, felices de soltar lluvia refrescante sobre los campos sedientos. Grisela, en cambio, intentaba con todas sus fuerzas, pero no podía llover.
Cuando Grisela veía a las nubes blancas dejar caer su lluvia, sentía una profunda tristeza. Los animales del bosque, las flores del campo, todos la miraban con decepción. “¡Otra vez la nube gris! ¡Nunca trae agua!”, murmuraban. Esto hacía que Grisela se sintiera aún más pequeña y gris.
Un día, Grisela decidió ir a hablar con la nube más vieja y sabia del cielo, una nube blanca y enorme llamada Abuela Cirrus. “Abuela Cirrus,” dijo Grisela con voz temblorosa, “¿por qué no puedo llover? Lo intento con todas mis fuerzas, pero solo consigo ser gris y… y triste.”
Abuela Cirrus la miró con ternura. “Pequeña Grisela,” dijo suavemente, “llover no es solo soltar agua. Llover es compartir alegría, es dar vida. ¿Estás segura de que tienes alegría dentro de ti?”
Grisela se quedó pensando. Alegría… No recordaba la última vez que había sentido alegría. Solo sentía tristeza y frustración. Bajó la mirada, sintiéndose más gris que nunca. “No lo sé, Abuela,” respondió con un suspiro. “Creo que la tristeza me ha llenado por completo.”
Abuela Cirrus se acercó a ella y la abrazó con su forma esponjosa. “La tristeza es como una sombra, Grisela. Pero incluso las sombras necesitan luz para existir. Busca la luz dentro de ti, busca algo que te haga feliz, y entonces, la lluvia llegará.”
Grisela se despidió de Abuela Cirrus y voló por el cielo, buscando algo que la hiciera feliz. Observó a los pájaros cantar, pero su canto no la alegró. Vio a las mariposas volar de flor en flor, pero su belleza no la conmovió. Todo le parecía… gris.
De repente, escuchó un llanto suave y débil que venía de abajo. Se asomó y vio a una pequeña flor, marchita y triste, que apenas se sostenía en su tallo. “¿Qué te pasa, florecita?” preguntó Grisela con voz suave.
“Tengo mucha sed,” respondió la flor. “El sol ha sido muy fuerte, y nadie me ha dado agua. Creo que voy a morir.”
Grisela sintió una punzada en el corazón. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo diferente a la tristeza. Sintió… compasión. Quería ayudar a la florecita. Pero, ¿cómo? ¡Ella no podía llover!
Cerró los ojos con fuerza y se concentró. Pensó en la sed de la florecita, en su fragilidad, en su deseo de vivir. Intentó recordar algún momento feliz, algo que la hiciera sonreír. Recordó cuando era una nube pequeña y jugaba con sus hermanos en el cielo. Recordó las risas y las carreras entre las nubes.
Y entonces, algo mágico sucedió. Una pequeña lágrima se formó en su interior. Una lágrima de… ¡agua! Y luego otra, y otra más. Pequeñas gotas empezaron a caer de Grisela, como un suave rocío.
La florecita sintió las gotas de agua en sus pétalos y levantó su cabecita. “¡Agua! ¡Gracias, nube gris! ¡Gracias!”
Grisela siguió llorando, pero ya no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alegría, de alivio, de felicidad. Su lluvia era suave y delicada, perfecta para la pequeña flor. Poco a poco, la florecita se fue recuperando. Sus pétalos se abrieron, mostrando un color vibrante y hermoso.
Grisela se sintió increíblemente feliz. Por primera vez, había logrado llover, y había ayudado a alguien. Se dio cuenta de que la alegría no estaba en ser blanca y grande como las otras nubes, sino en dar amor y ayuda a los demás.
Desde ese día, Grisela siguió siendo gris, pero ya no era una nube triste. Ahora era la nube gris que sabía llover, la nube que traía esperanza y alegría a los que más lo necesitaban. Y los animales del bosque y las flores del campo ya no murmuraban con decepción. Ahora gritaban con alegría: “¡Ya llegó Grisela! ¡Ya llegó la nube que nos cuida!” Y Grisela, la nube gris que no sabía llover, sonreía desde el cielo, sabiendo que había encontrado su propósito.
Y colorín colorado, este cuento triste se ha acabado, pero ahora es un cuento feliz.
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