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Había una vez, en un cielo azul y brillante, una pequeña nube gris llamada Grisela. A diferencia de sus hermanas, nubes blancas y esponjosas que jugaban a formar figuras de animales y reían con el viento, Grisela siempre estaba triste. No sabía por qué, pero una pesada melancolía la acompañaba a todas partes. Sus lágrimas, en lugar de ser gotas de lluvia refrescantes, eran pesadas y frías, y cuando caían, apagaban el brillo de las flores y hacían que los árboles temblaran. Las otras nubes la evitaban, susurrando a sus espaldas sobre su tristeza contagiosa. "¡Allí viene Grisela, la aguafiestas!" decían, y se alejaban flotando para no ser salpicadas por sus lágrimas. Grisela se sentía cada vez más sola. Deseaba con todo su corazón poder reír, poder jugar con el viento y formar figuras divertidas como las demás nubes. Pero cada vez que lo intentaba, solo lograba sentir un nudo en la garganta y más lágrimas brotaban de sus ojos. Un día, mientras vagaba sola por el cielo, escuchó un sollozo proveniente de un jardín debajo. Curiosa, se acercó flotando y vio a una pequeña niña sentada en un banco, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos. Grisela sintió una punzada de empatía. Sabía lo que era sentirse triste. Lentamente, descendió hasta quedar justo encima de la niña. Sus lágrimas empezaron a caer, no como antes, pesadas y frías, sino suaves y cálidas. La niña levantó la cabeza, sorprendida. Sintió las gotas en su rostro y miró hacia arriba, viendo a la pequeña nube gris. "¿Por qué lloras, nubecita?" preguntó la niña con voz temblorosa. Grisela, sorprendida de que alguien le hablara sin burlarse, respondió con un susurro: "Estoy triste. No sé por qué, pero siempre estoy triste". La niña sonrió débilmente. "Yo también estoy triste," dijo. "Mi abuelita se ha ido al cielo y la echo mucho de menos". Grisela entendió. La tristeza no era solo un sentimiento que venía de la nada, a veces tenía una razón. Entonces, Grisela hizo algo que nunca antes había hecho. En lugar de dejar que sus lágrimas cayeran sin más, intentó convertirlas en algo útil. Pensó en la abuelita de la niña, en lo mucho que la quería, y concentró toda su energía en ese pensamiento. De repente, sus lágrimas se transformaron en una suave llovizna que regó las flores del jardín. Las flores, antes mustias por el calor, se enderezaron y mostraron sus colores brillantes. La niña sonrió. "¡Mira, nubecita! Has regado las flores. A mi abuelita le encantaban las flores". Grisela sintió algo extraño. Una calidez en su interior que nunca antes había experimentado. Era como si la tristeza, al compartirla, se hubiera vuelto más ligera. Siguió lloviendo suavemente, regando todo el jardín. La niña se levantó y empezó a cantar una canción suave que su abuelita le había enseñado. Grisela escuchó la canción y sintió que su corazón se llenaba de una alegría tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, Grisela sintió que su tristeza se desvanecía. No desapareció por completo, pero ya no era tan pesada. Se dio cuenta de que la tristeza, a veces, podía ser útil. Podía ayudar a otros, podía regar las flores, podía incluso, unir a las personas. Lentamente, la llovizna se detuvo y el sol volvió a brillar. Grisela miró a la niña, que ahora sonreía mientras recogía un ramo de flores. "Gracias, nubecita," dijo la niña. "Has alegrado mi día". Grisela sonrió también. Era una sonrisa pequeña y tímida, pero era una sonrisa al fin y al cabo. Se elevó lentamente hacia el cielo, sintiéndose mucho más ligera que antes. Las otras nubes la miraron con curiosidad. "¿Qué te ha pasado, Grisela?" preguntó una de ellas. "¡Parece que estás sonriendo!" Grisela respondió: "He aprendido que la tristeza no es tan mala como pensaba. Y que a veces, compartirla, puede hacer que el mundo sea un lugar un poco mejor". Y así, Grisela, la nube gris que perdió su sonrisa, encontró una nueva forma de ser feliz, no ignorando su tristeza, sino usándola para ayudar a otros y encontrar la belleza en las pequeñas cosas de la vida. Desde entonces, Grisela siguió siendo una nube gris, pero su tristeza ya no era tan pesada. A veces, incluso, se unía a las otras nubes para formar figuras divertidas en el cielo, y aunque sus lágrimas seguían cayendo, ahora eran gotas de lluvia que traían vida y esperanza a la tierra. Y cada vez que una niña triste miraba al cielo y veía a Grisela, sabía que no estaba sola, que incluso las nubes grises pueden encontrar la manera de sonreír.
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