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Sofía y Tomás eran los mejores amigos del mundo. Cada tarde, después de la escuela, corrían al patio de la casa de Sofía. Era un patio grande, lleno de flores de colores y un árbol gigante que daba una sombra fresquita en los días calurosos. Pero lo que más les gustaba del patio era jugar con Max, el perro labrador de Sofía, y, por supuesto, con su pelota roja y saltarina.
Max era un perro muy juguetón. Le encantaba correr tras la pelota, saltar y ladrar de alegría cuando la atrapaba. Sofía y Tomás se turnaban para lanzarle la pelota, y Max siempre la traía de vuelta, moviendo la cola con entusiasmo. Un día, mientras jugaban, Tomás lanzó la pelota con mucha fuerza. ¡Puf! La pelota salió volando por encima de la cerca que separaba el patio de Sofía del jardín del vecino, el Señor Pérez.
"¡Oh, no!", exclamó Sofía, con los ojos muy abiertos. "La pelota se fue al jardín del Señor Pérez. Él no deja que nadie entre en su jardín". El Señor Pérez era conocido en el vecindario por ser un poco gruñón y por cuidar su jardín como si fuera un tesoro. Nunca dejaba que los niños jugaran cerca de sus flores, y siempre se quejaba si alguien hacía ruido.
Tomás se sintió muy culpable. "Lo siento, Sofía. Yo la lancé muy fuerte. ¿Qué vamos a hacer ahora?" Max, al ver la preocupación en las caras de sus amigos, comenzó a ladrar mirando hacia la cerca, como si supiera dónde estaba la pelota y quisiera ir a buscarla. Sofía pensó por un momento. "Tengo una idea", dijo con una sonrisa. "Le pediremos permiso al Señor Pérez para buscar la pelota. Tal vez, si somos educados, nos deje entrar".
Tomás no estaba muy seguro de que fuera una buena idea. "¿Estás segura, Sofía? El Señor Pérez siempre está de mal humor". "Tenemos que intentarlo", respondió Sofía con determinación. "No podemos dejar que la pelota se quede allí para siempre". Así que, juntos, Sofía y Tomás caminaron hasta la puerta del jardín del Señor Pérez y tocaron el timbre. Después de un momento, la puerta se abrió lentamente, y el Señor Pérez apareció con el ceño fruncido.
"¿Qué quieren?", preguntó con voz ronca. Sofía respiró hondo y, con la mayor amabilidad que pudo, le explicó la situación. "Buenos días, Señor Pérez. Disculpe la molestia. Estábamos jugando con Max y nuestra pelota se fue a su jardín. ¿Podríamos, por favor, entrar un momento para buscarla?" El Señor Pérez los miró con atención, sin decir nada. Parecía estar pensando si debía dejarlos entrar o no. Finalmente, después de un largo silencio, suspiró y dijo: "Está bien. Pero tengan mucho cuidado. No quiero que pisen mis flores".
Sofía y Tomás se miraron con alegría y le agradecieron al Señor Pérez. Entraron al jardín con cuidado, siguiendo las instrucciones del Señor Pérez. El jardín era aún más hermoso de lo que imaginaban. Había flores de todos los colores y tamaños, arbustos perfectamente podados y un pequeño estanque con peces dorados. Max los siguió de cerca, olfateando el suelo en busca de la pelota. Después de buscar por un rato, Tomás la encontró debajo de un rosal. "¡Aquí está!", gritó Tomás, levantando la pelota roja. Max ladró de alegría y movió la cola con entusiasmo.
Sofía y Tomás se acercaron al Señor Pérez para agradecerle. "Muchas gracias, Señor Pérez. Hemos encontrado la pelota. Prometemos tener más cuidado la próxima vez". El Señor Pérez sonrió levemente. "De nada", dijo. "Pero tengan cuidado. Mis flores son muy delicadas". Mientras salían del jardín, Sofía tuvo una idea. "Señor Pérez", dijo, "¿le gustaría jugar con nosotros? Podemos lanzarle la pelota a Max, y usted puede ver cómo corre y salta".
El Señor Pérez se sorprendió con la invitación. "¿Yo? ¿Jugar? Hace mucho tiempo que no juego". Pero Sofía y Tomás lo animaron, y al final, el Señor Pérez aceptó. Tomó la pelota y la lanzó a Max. Max corrió tras la pelota y la trajo de vuelta, moviendo la cola con alegría. El Señor Pérez sonrió. Era una sonrisa genuina, que iluminó su rostro. Jugaron durante un rato, y el Señor Pérez se divirtió mucho. Se olvidó de ser gruñón y se unió a la diversión.
Desde ese día, el Señor Pérez se convirtió en un amigo de Sofía, Tomás y Max. A menudo los invitaba a jugar en su jardín, y a veces incluso les preparaba limonada fresca. Aprendieron que no se puede juzgar a las personas por su apariencia y que todos, incluso los más gruñones, tienen un corazón amable en su interior. Y Max, la pelota saltarina y el patio, siguieron siendo el centro de sus aventuras y amistad.
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