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Gratis · elegí una vozMiren, no soy de los que creen en historias de fantasmas o en leyendas urbanas para asustar a niños pequeños. Tengo quince años, me gusta el skate y paso demasiado tiempo viendo directos en Twitch. Pero lo que viví el viernes pasado en 'Pancho’s Pizza World'... eso no fue un simple susto. Fue real. Tan real como el olor a aceite rancio y metal oxidado que todavía no puedo sacarme de la nariz.
Todo empezó por un reto estúpido. En mi pueblo, todos conocen la pizzería abandonada en la calle Olmos. Fue el lugar más popular en los años noventa, lleno de luces de neón, juegos de arcade y, por supuesto, los animatrónicos. Pancho el Oso, Clara la Gata y Roco el Conejo eran las estrellas. Pero un día, el lugar cerró sin explicaciones. Los carteles de 'Próxima Reapertura' se llenaron de polvo y el edificio se convirtió en una cáscara vacía.
Mis amigos me dijeron que no me atrevería a pasar una noche allí. Y como soy un idiota con demasiado orgullo, acepté. Entré por una ventana rota en la parte trasera a eso de las once de la noche. Llevaba mi mochila, una linterna con poca batería y mi teléfono. Al principio, todo parecía normal. Bueno, lo normal que puede ser un lugar abandonado. Había mesas con manteles de cuadros rojos y blancos cubiertos de una capa gruesa de polvo, y el aire pesaba, como si estuviera lleno de recuerdos olvidados.
Caminé hacia el escenario principal. Allí estaban ellos. Pancho, Clara y Roco. A la luz de mi linterna, se veían aterradores. Sus trajes de felpa estaban desgastados, con parches donde se asomaba el endoesqueleto metálico. Los ojos de Pancho, que solían ser de un azul brillante, ahora eran cuencas oscuras y vacías. Me reí para mis adentros. 'Solo son robots viejos', me dije. Pero entonces, escuché el primer sonido: un 'clanc' metálico que resonó en toda la sala.
Me quedé helado. El sonido venía del escenario. Apunté con la linterna y juraría que la cabeza de Roco el Conejo se había inclinado unos centímetros hacia la izquierda. El corazón me empezó a latir tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho. Decidí que ya había sido suficiente valentía y busqué la salida, pero la ventana por la que había entrado estaba atascada. No se movía ni un milímetro, como si alguien, o algo, la estuviera sosteniendo desde fuera.
De repente, las luces del techo parpadearon. Una música de feria, distorsionada y lenta, empezó a sonar por los altavoces rotos. Era la canción de cumpleaños de Pancho, pero sonaba como un lamento fúnebre. Miré de nuevo al escenario. Clara la Gata ya no estaba. Mi respiración se volvió errática. Empecé a correr por los pasillos oscuros, pasando por la zona de juegos donde las máquinas de arcade se encendían y apagaban solas, mostrando pantallas llenas de estática.
Me escondí en la oficina de seguridad, una pequeña habitación con monitores viejos que, para mi sorpresa, todavía funcionaban. En las pantallas granuladas, vi movimiento. Clara estaba en el pasillo izquierdo, caminando con movimientos espasmódicos, sus articulaciones chirriando por la falta de aceite. Roco estaba en el comedor, mirando fijamente a la cámara. Pero lo peor fue Pancho. Pancho no se movía, pero en el monitor, sus ojos brillaban con una luz roja intensa, mirándome directamente a través de la pantalla.
'Esto no es posible', susurré. Busqué en los cajones de la oficina y encontré un diario viejo. Era del último guardia de seguridad. Las páginas estaban llenas de dibujos frenéticos y frases que decían: 'Solo quieren jugar', 'No los dejes entrar', 'Tienen frío'. Entendí que no eran monstruos por naturaleza, sino que algo en sus circuitos, o quizás algo más oscuro, los mantenía atrapados en un ciclo eterno de funciones nocturnas.
El ruido de metal golpeando la puerta de la oficina me devolvió a la realidad. Clara estaba afuera. Podía oír su voz grabada, distorsionada: '¿Quieres... pizza... amiguito?'. Era una pesadilla tecnológica. Me di cuenta de que no intentaban atraparme para hacerme daño, sino que seguían su programación de 'atretener a los niños', pero después de tantos años de abandono, su concepto de diversión se había vuelto retorcido. Para ellos, yo era una pieza más que debía encajar en su mundo de metal.
Pasé horas vigilando las cámaras, cerrando las puertas eléctricas cuando se acercaban demasiado. La batería de la oficina se agotaba peligrosamente. Cuando solo quedaba un 5%, el silencio se apoderó del lugar. La música se detuvo. Pancho apareció frente a la ventana de la oficina. No intentó romper el vidrio. Simplemente puso su enorme mano mecánica contra el cristal y dejó una marca de hollín. Supe entonces que si quería salir, tenía que confrontarlos.
Cuando la energía se cortó por completo y las puertas se abrieron, no corrí. Me puse de pie y caminé hacia Pancho. Con la voz temblorosa, le dije: 'El show terminó, Pancho. Es hora de descansar'. No sé por qué lo dije, supongo que fue la desesperación. Para mi sorpresa, el oso bajó el brazo. Sus ojos rojos se apagaron lentamente, volviéndose de nuevo a ese color azul desteñido. Los otros dos se detuvieron en seco en los pasillos.
El sol empezó a salir, filtrándose por las rendijas de las tablas de madera en las ventanas. El hechizo, o lo que fuera que los movía, se rompió con la primera luz del día. Los animatrónicos regresaron a sus posiciones originales en el escenario, como si nada hubiera pasado. La ventana trasera se abrió con facilidad. Salí de allí corriendo y no paré hasta llegar a mi casa.
Mis amigos creen que me acobardé y que pasé la noche en un parque, porque no tengo fotos ni videos; mi teléfono se murió misteriosamente esa noche. No me importa lo que piensen. A veces, paso por delante de la pizzería y, si hay mucho silencio, puedo jurar que escucho un débil 'clanc' metálico. Ahora sé que Pancho y sus amigos siguen allí, esperando un público que nunca llegará, atrapados en una fiesta que no termina nunca.
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