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Había una vez, en un rincón del mundo donde el sol siempre brilla y las olas del mar cantan nanas de sal, una pequeña y encantadora niña llamada Alina. Alina no era una niña común; era una verdadera princesa de corazón alegre, con una risa que sonaba como campanitas de cristal y unos ojos que brillaban con la curiosidad de quien descubre el mundo por primera vez. Alina vivía en un lugar paradisíaco llamado Punta Cana, rodeada de palmeras altas que bailaban con el viento y arenas blancas que parecían azúcar.
Alina compartía sus días con sus héroes favoritos: su mamá Danna y su papá Jose. Danna, quien era la primera sobrina de una familia muy unida, cuidaba a Alina con una ternura infinita, mientras que Jose siempre encontraba la manera de hacerla reír con juegos y canciones. Juntos, formaban un equipo perfecto, llenando su hogar de amor y sueños. Sin embargo, para la princesa Alina, había un evento que marcaba el calendario con una chispa especial: el viaje a la gran ciudad de Santo Domingo para visitar a su tía abuela Divina.
Un sábado por la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a desperezarse, la familia preparó las maletas. Alina, con sus dos añitos de pura energía, saltaba de emoción. Sabía que al final del camino la esperaba su tía abuela, cuyo nombre le hacía honor a su personalidad, pues para Alina, tía Divina era simplemente... ¡divina! Tras un viaje lleno de paisajes cambiantes, donde las palmeras de la costa daban paso a los edificios y las calles coloridas de la capital, llegaron finalmente a la casa de Tía Divina.

Al bajar del auto, el aroma a flores frescas y café recién colado les dio la bienvenida. La puerta se abrió y allí estaba Tía Divina, con los brazos abiertos y una sonrisa que podía iluminar toda la isla. —¡Mi princesa! —exclamó la tía abuela mientras envolvía a Alina en un abrazo que olía a vainilla y a hogar. Pero Alina, aunque amaba los mimos de su tía, tenía un objetivo muy claro en mente. Sus ojitos buscaron rápidamente por el pasillo hasta que escuchó un suave sonido: '¡Guau, guau!'.
Desde el fondo de la casa apareció Dorothy, la perrita de Tía Divina. Dorothy era pequeña, inquieta y tenía un pelaje tan suave como una nube de algodón. En cuanto Alina y Dorothy se vieron, comenzó la verdadera fiesta. Para una niña de dos años, Dorothy no era solo una mascota; era su mejor amiga de aventuras, su cómplice de juegos y su compañera de carreras.
—¡Doti, Doti! —gritaba Alina con entusiasmo, estirando sus manitas para acariciar a la perrita. Dorothy, reconociendo a su visitante favorita, movía la cola con tanta fuerza que parecía que iba a salir volando. Juntas, se dirigieron al jardín secreto de Tía Divina, un lugar lleno de plantas verdes y rincones mágicos donde el tiempo parecía detenerse.

Durante toda la tarde, bajo la mirada cariñosa de Danna, Jose y Divina, Alina y Dorothy jugaron a las escondidas entre las macetas. Alina corría con sus pasitos todavía un poco tambaleantes pero decididos, y Dorothy la seguía de cerca, dándole lamiditas amistosas en las manos. La tía Divina, sentada en su mecedora, les contaba historias sobre la familia, sobre cómo Danna era de pequeña y sobre la alegría que Alina había traído a todos desde que nació.
La merienda fue un festín real. Tía Divina preparó trozos de frutas dulces y galletitas que Alina compartía, muy en secreto (o eso creía ella), con Dorothy. El ambiente estaba cargado de una felicidad pura, esa que solo se encuentra cuando la familia se reúne y el amor fluye sin prisas. Alina se sentía la niña más afortunada del mundo. Tenía a sus padres que la amaban, a una tía abuela que la consentía y a una perrita que la adoraba.
Cuando el cielo comenzó a pintarse de colores naranja y violeta, anunciando el final del día, la pequeña princesa empezó a sentir el peso de sus párpados. Se acurrucó en el regazo de Tía Divina mientras Dorothy se echaba a sus pies, cansada también de tanto jugar. —Gracias por venir a verme, mi cielo —susurró Divina, dándole un beso en la frente.
Alina se quedó dormida con una sonrisa en los labios, soñando con playas de Punta Cana y jardines en Santo Domingo. Sabía que pronto volvería, porque no importaba la distancia entre la playa y la ciudad, el puente que las unía era el amor inmenso de su familia y la alegría de volver a jugar con su querida Dorothy. Y así, la princesa Alina descansó, sabiendo que en casa de Tía Divina, siempre sería el lugar más feliz del mundo.
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