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Había una vez, en un reino rodeado de montañas de color violeta y valles siempre verdes, una princesa llamada Amelia. Amelia no era como las princesas de los libros que las nodrizas leían por las noches. No tenía el cabello como hilos de oro, ni sus ojos brillaban como diamantes, ni su piel era tan blanca como el mármol de las estatuas del jardín. Amelia tenía el cabello alborotado y oscuro como una noche sin luna, pecas que salpicaban su nariz como granos de arena y una risa fuerte que a veces asustaba a los pájaros.
En el castillo, los cortesanos eran crueles. Susurraban por los pasillos cuando ella pasaba: «Pobre Amelia, nunca encontrará un príncipe», decían las damas de honor mientras se abanicaban. «Es demasiado común, demasiado simple... en fin, es fea», murmuraban los caballeros mientras pulían sus armaduras. Amelia, aunque fingía no escuchar, sentía que esas palabras se le clavaban en el pecho como pequeñas astillas de hielo. Pasaba gran parte de su tiempo en la biblioteca real o en los jardines traseros, donde las flores no juzgaban a nadie por su apariencia.

Un día, el Rey anunció que se celebraría un gran baile de tres días para celebrar la cosecha. Invitados de todos los reinos vecinos asistirían, incluyendo al Príncipe Matías del Reino del Sol. Se decía que Matías era un joven sabio, que prefería los mapas a las espadas y que buscaba algo más que una cara bonita en una esposa. Sin embargo, Amelia no tenía esperanzas. «¿Por qué me miraría a mí?», pensaba mientras miraba su reflejo en el estanque. «Soy solo Amelia, la princesa de la que todos se ríen».
Llegó la primera noche del baile. El salón estaba decorado con miles de velas y guirnaldas de jazmín. Amelia llevaba un vestido de color verde bosque que resaltaba el brillo de sus ojos, pero se mantenía en las sombras, cerca de una columna de mármol. De repente, vio a un joven entrar. No era el más alto, ni el más musculoso, pero tenía una mirada cálida y una sonrisa que parecía iluminar el lugar. Era Matías. Las otras princesas se apresuraron a rodearlo, luciendo sus joyas y sus peinados perfectos. Amelia suspiró y decidió retirarse a la terraza para ver las estrellas.

Para su sorpresa, unos minutos después, escuchó unos pasos. «¿Es aquí donde se esconden las personas interesantes?», preguntó una voz suave. Era Matías. Amelia se quedó sin habla. «Me llamo Matías», dijo él, extendiendo la mano. «Y tú debes ser Amelia. He oído que conoces la historia de cada constelación en el cielo». Durante horas, hablaron. No hablaron de bailes ni de modas, sino de libros, de viajes y de cómo las nubes a veces parecen castillos en el aire. Amelia se sintió feliz, pero una duda crecía en su interior: «Seguro solo es amable porque no sabe lo que dicen de mí».
Al día siguiente, los rumores corrieron como la pólvora. «¿Vieron a Matías con Amelia? ¡Qué desperdicio!», decían las duquesas. Amelia, al escucharlas, sintió que su confianza se desmoronaba. Esa tarde, cuando Matías la buscó para caminar por el laberinto de setos, ella se mostró esquiva. «¿Te pasa algo?», preguntó él con preocupación. Amelia, con lágrimas en los ojos, respondió: «¿Por qué pierdes el tiempo conmigo? Todos dicen que soy fea, que no soy digna de un príncipe como tú. Deberías estar con alguien que sea hermosa». Matías se detuvo y la miró fijamente a los ojos. «La belleza es como el rocío de la mañana, Amelia, desaparece con el sol. Pero lo que tienes en tu mente y en tu corazón es eterno. Para mí, eres la persona más radiante de este reino porque tus ojos brillan cuando hablas de lo que amas».
Amelia no podía creerlo. ¿Realmente le gustaba? ¿A pesar de todo? Pasaron el tercer día del baile juntos, ignorando las miradas de desaprobación de la corte. Bailaron bajo la luz de la luna y Amelia ya no se sentía pequeña ni fea. Se sentía poderosa, porque había encontrado a alguien que veía su verdadera esencia. Al final de la festividad, Matías no pidió la mano de Amelia por su título, sino que le pidió que le permitiera conocerla más, que le permitiera ser su compañero de aventuras.
Con el tiempo, Amelia y Matías se convirtieron en pareja. Juntos, gobernaron con bondad y sabiduría. Amelia aprendió que la opinión de los demás era solo ruido y que el amor verdadero no necesita espejos, solo corazones que se entiendan. La princesa que todos llamaban fea se convirtió en la reina más amada, no por su rostro, sino por la luz que emanaba de su alma, una luz que Matías había visto desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron en aquella terraza llena de estrellas.
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