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Adriana era una princesa que quería ser científica. Un día descubrió un telescopio para observar las estrellas y pensó que, quizá, el cielo escondía respuestas que nadie había encontrado todavía.
Mientras en el castillo todos hablaban de bailes y vestidos, la princesa Adriana recorría los pasillos con sus cuadernos bajo el brazo hacia la vieja torre de piedra. Allí, entre mapas del cielo y extraños inventos, ella se sentía realmente en casa. Su lugar favorito era una ventana redonda desde donde podía ver la luna enorme, sintiéndose una exploradora del universo.
Aquella noche el viento soplaba suave. Adriana colocó el telescopio apuntando al cielo y miró con mucha atención. Vio estrellas pequeñas, otras gigantes y algunas que parecían moverse lentamente. De pronto, algo cruzó el cielo dejando una estela azul.
—¡Un cometa! —exclamó emocionada.
Corrió a buscar papel y lápiz para anotar todo lo que veía, igual que hacían los científicos de sus libros. Observó la dirección, el color y el tiempo que tardaba en desaparecer. Cuanto más escribía, más feliz se sentía.
Al día siguiente intentó contar su descubrimiento durante el desayuno.
—Creo que el cometa volverá dentro de tres noches —dijo ilusionada.
Pero los consejeros del reino se rieron.
—Las princesas no pierden el tiempo mirando estrellas —comentó uno de ellos.
Adriana bajó la mirada. Durante unos segundos pensó en guardar sus cuadernos para siempre. Sin embargo, su abuela, la reina Elena, le tomó la mano.
—Las personas que hacen grandes descubrimientos son aquellas que se atreven a hacerse preguntas —le dijo sonriendo—. Nunca dejes de mirar el cielo.
Animada por sus palabras, Adriana siguió investigando. Pasó días construyendo pequeños inventos: una brújula más precisa, un reloj de estrellas y un mapa detallado de las constelaciones.
Cuando llegó la tercera noche, tal como ella predijo, una luz azul brillante iluminó el firmamento. Todo el reino quedó maravillado. Los consejeros, avergonzados, pidieron disculpas a la joven. Desde entonces, Adriana convirtió la torre en un gran observatorio abierto a todos. La imagen más hermosa del reino era ver a la princesa bajo la cúpula de cristal, rodeada de niños curiosos, señalando las constelaciones con su telescopio de oro mientras el cielo brillaba sobre ellos como un mar de diamantes infinitos.
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