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En un reino muy lejano, donde los ríos cantaban canciones de cuna y las montañas vestían sombreros de nubes, vivía una princesa llamada Hellencita. No era una princesa común. En lugar de gustarle los bailes y los vestidos pomposos, Hellencita amaba explorar el jardín real, un laberinto de flores parlanchinas y árboles que contaban chistes con sus hojas.
Un día, Hellencita descubrió una parte del jardín que nunca antes había visto. Estaba oculta detrás de una cascada de glicinas moradas. Al cruzar el velo floral, sus ojos se abrieron de asombro. Era un jardín secreto, pero no un jardín feliz. Las flores colgaban sus cabezas, los árboles lloraban resina como si fueran lágrimas, y el césped tenía un color grisáceo. Un pequeño gnomo, con un gorro puntiagudo y una barba larga y desordenada, estaba sentado en una seta, sollozando.
"¿Qué sucede?" preguntó Hellencita, acercándose al gnomo con cautela.
El gnomo levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados. "¡Ay, princesa! Este era el Jardín Sonriente, el lugar más alegre del reino. Pero una bruja malvada, la Bruja Gruñona, lanzó un hechizo. Ahora, todo aquí está triste y descolorido. El hechizo dice que solo la risa de un corazón puro puede romperlo."
Hellencita frunció el ceño. No le gustaban las brujas gruñonas, ni tampoco que un jardín estuviera triste. "¡Encontraremos una manera de romper el hechizo!", exclamó con determinación.
La princesa primero intentó contar chistes. Contó chistes de calabazas parlanchinas, de ardillas que olvidaban dónde enterraban sus nueces, y hasta imitó el sonido de un pato trompetista. Pero las flores y los árboles permanecieron inmutables. Luego intentó cantar canciones alegres. Cantó sobre el sol que brillaba, sobre los pájaros que volaban, sobre la miel dulce de las abejas. Pero el jardín siguió triste.
Hellencita se sentía frustrada. Se sentó en una piedra, con la cabeza entre las manos. El gnomo se le acercó y le puso una mano pequeña en el hombro.
"No te rindas, princesa", dijo el gnomo. "Tu corazón es puro. Seguro que encuentras la manera."
Hellencita respiró hondo y miró a su alrededor. Vio a las flores marchitas, a los árboles llorosos, al césped gris. Y entonces, recordó algo. Recordó las palabras de su abuela: "La verdadera alegría no se encuentra buscando la felicidad, sino compartiéndola."
Hellencita se levantó y comenzó a trabajar. Primero, regó las flores con agua fresca del arroyo. Luego, limpió las hojas de los árboles con un paño suave. Después, removió la tierra gris con sus manos, plantando semillas de margaritas que llevaba en su bolsillo. Mientras trabajaba, cantaba suavemente, no canciones alegres esta vez, sino canciones de esperanza y paciencia.
El gnomo la observaba con admiración. Las flores, los árboles y el césped también parecían prestar atención. Hellencita no esperaba resultados inmediatos, simplemente estaba haciendo lo que sentía que era correcto. Siguió trabajando durante horas, hasta que el sol comenzó a ponerse.
Finalmente, exhausta pero satisfecha, se sentó junto a un pequeño rosal mustio. Cerró los ojos y respiró hondo, sintiendo el olor de la tierra húmeda y las hojas verdes. Y entonces, escuchó una risita. Una risita suave, como el susurro del viento.
Abrió los ojos y vio. Una pequeña margarita, recién brotada de la tierra, se balanceaba alegremente. Luego, otra margarita se unió a ella. Y otra, y otra más. Pronto, todo el jardín estaba lleno de pequeñas margaritas blancas, riendo y bailando con la brisa.
Los árboles dejaron de llorar y comenzaron a brotar hojas nuevas y brillantes. El césped gris se tornó verde esmeralda. Y las flores marchitas levantaron sus cabezas, mostrando sus colores vibrantes.
La risa de las margaritas era contagiosa. Hellencita comenzó a reír también, una risa alegre y sincera que resonó por todo el jardín. El gnomo se unió a su risa, saltando arriba y abajo con entusiasmo. El hechizo de la Bruja Gruñona se había roto.
El Jardín Sonriente volvió a ser el lugar más alegre del reino. Y la princesa Hellencita aprendió que la verdadera magia no está en los hechizos, sino en la bondad y el amor que compartimos con los demás.
Desde ese día, Hellencita visitaba el Jardín Sonriente todos los días, cuidando las flores, hablando con los árboles y riendo con las margaritas. Y cada vez que alguien se sentía triste, la princesa lo llevaba al jardín, donde la alegría y la risa siempre estaban presentes.
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