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Había una vez en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una vieja casa abandonada que todos evitaban. Los más ancianos contaban historias de un niño que vivió allí hace muchos años, y de cómo desapareció una noche sin dejar rastro. Decían que su nombre era Miguel, y que le encantaba jugar en el jardín con su perro Trueno, pero una noche, Trueno ladró sin parar, Miguel salió a ver qué pasaba, y nunca más se le volvió a ver. La casa quedó vacía, llena de polvo y recuerdos olvidados.
Una tarde de verano, cuando el sol empezaba a esconderse tras las montañas, un grupo de amigos – Sofía, Daniel, Lucía y Pablo – decidieron aventurarse en la casa para descubrir qué sucedía realmente. Sofía era la más curiosa, Daniel el más valiente, Lucía la más cautelosa y Pablo, bueno, Pablo simplemente no quería quedarse solo. Se armaron de valor, y con linternas en mano, entraron en el oscuro vestíbulo. La puerta crujió al abrirse, como si la casa misma se quejara de su intromisión. Las paredes crujían, y un viento extraño soplaba desde las ventanas rotas, moviendo las cortinas deshilachadas como fantasmas danzantes. El polvo flotaba en el aire, creando sombras misteriosas que jugaban con su imaginación.
Al avanzar, encontraron una vieja habitación con juguetes dispersos por el suelo, como si alguien hubiera estado jugando recientemente. Había una pelota desgastada, un caballito de madera sin una pata, y un tren de hojalata oxidado. Daniel recogió el tren, y al hacerlo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. De repente, una risita suave se escuchó desde el pasillo. Los amigos se miraron entre sí, confundidos. Pensaron que era una broma, quizás un eco del viento, pero la risa siguió, cada vez más cerca. Era una risa infantil, dulce pero a la vez triste, como si viniera de muy lejos.
Lucía, con voz temblorosa, susurró: "¿Oyeron eso?"
Pablo, aferrándose al brazo de Sofía, respondió: "¡Sí! ¡Vamos a irnos!"
Pero Sofía, impulsada por su curiosidad, dijo: "Esperen, tengo que ver qué es."
Daniel, aunque un poco asustado, decidió acompañarla. Caminó lentamente hacia el sonido y, al asomarse al final del pasillo, vio una figura pequeña, vestida con ropa antigua, sentada frente a una ventana rota. El niño, con el rostro pálido y rodeado de sombras, los miró. Sus ojos eran grandes y vacíos, como dos pozos profundos, y su cabello, oscuro y revuelto, le caía sobre la cara. Susurró, con una voz tan suave que apenas se oía: "¿Quieren jugar conmigo?".
Sin esperar respuesta, la figura desapareció entre las sombras, como si se la hubiera tragado la oscuridad. El viento sopló con más fuerza, apagando las linternas de los niños. Presos del pánico, los amigos corrieron fuera de la casa, tropezando y cayendo en su desesperación por escapar. No se detuvieron hasta llegar a la plaza del pueblo, donde la luz de las farolas les brindó un poco de consuelo.
Esa noche, ninguno de los amigos pudo dormir. El rostro del niño, sus ojos vacíos y su pregunta inquietante los perseguían en sus sueños. Al día siguiente, fueron a hablar con Doña Elena, la anciana más sabia del pueblo, quien conocía todas las historias y leyendas del lugar.
Doña Elena los escuchó con atención, y luego les contó la historia completa de Miguel. Les dijo que Miguel era un niño muy solitario, que amaba jugar en la casa y en el jardín, pero que su desaparición había dejado una profunda tristeza en el pueblo. Se rumoreaba que su espíritu aún vagaba por la casa, buscando a alguien con quien jugar.
Desde ese día, nadie se atrevió a acercarse a la casa abandonada, pero cada noche, al caer el sol, si alguien escuchaba con atención, aún podía oír una suave risa proveniente de la casa. Algunos decían que era el viento, otros que era la imaginación, pero los niños sabían la verdad: era Miguel, el niño fantasma, esperando pacientemente a que alguien se atreviera a jugar con él. Y aunque les daba miedo, también sentían un poco de lástima por el niño solitario atrapado en la casa encantada. Decidieron, entonces, dejar pequeños juguetes y flores en la entrada de la casa, como una ofrenda para el pequeño Miguel. Quizás, pensaron, eso lo haría un poco más feliz, y su risa, algún día, dejaría de sonar tan triste.
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