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Juliana, con su corte bob moderno y sus trajes elegantes, era una ejecutiva muy importante. Cada mañana, al entrar al Edificio Sol, sus ojos buscaban a alguien especial: el guapo guarda de seguridad. Él era grande, fuerte, y tenía una sonrisa que podía iluminar toda la ciudad. Se llamaba Miguel.
Todas las mañanas, al llegar al Edificio Sol, Juliana le decía: "¡Buenos días, Miguel!" Y Miguel, con una voz suave pero profunda, respondía: "¡Buenos días, Señorita Juliana! Que tenga un día maravilloso." Al final del día, antes de irse, repetían el ritual, aunque el "¡Buenas tardes!" de Juliana sonaba un poquito más dulce, y el "¡Buenas tardes, Señorita Juliana!" de Miguel, un poquito más grave.
A Juliana, cada vez que lo miraba, se le encendía una pequeña luz en los ojos, como una estrellita que brillaba solo para él. Y a Miguel, cada vez que Juliana le sonreía, su corazón daba un brinco tan fuerte que casi podía escucharlo. Era como si un pequeño tamborilero se pusiera a tocar dentro de su pecho. Era amor a primera vista, un secreto compartido entre miradas y sonrisas.
Un día, Juliana llegó al edificio con un paraguas rojo gigante. Estaba lloviendo a cántaros y el viento soplaba con fuerza. Al pasar por la puerta, el viento le arrebató el paraguas, haciéndolo volar como un pájaro descontrolado. Miguel, con la agilidad de un gato, corrió tras él y lo atrapó antes de que saliera volando hacia la calle.
"¡Cuidado, Señorita Juliana! Casi sale volando," dijo Miguel, devolviéndole el paraguas. Sus manos se rozaron por un instante, y una pequeña chispa eléctrica recorrió a ambos.
"¡Gracias, Miguel! Eres un salvavidas," respondió Juliana, sonrojándose un poco.
Al día siguiente, Juliana decidió llevarle a Miguel una sorpresa. Sabía que a él le encantaba el café, así que le preparó un termo lleno de su café favorito, con un poquito de canela y un toque de miel.
"¡Buenos días, Miguel! Te traje algo," dijo Juliana, extendiéndole el termo.
Miguel se sorprendió. "¿Para mí, Señorita Juliana? No tenía que molestarse."
"No es ninguna molestia. Es solo un pequeño agradecimiento por salvar mi paraguas ayer," respondió Juliana, guiñándole un ojo.
Miguel probó el café. "¡Mmm! Está delicioso. Muchísimas gracias, Señorita Juliana."
Desde ese día, Juliana y Miguel comenzaron a hablar un poco más. Ella le contaba sobre sus reuniones y sus proyectos, y él le contaba sobre su pasión por la música y su sueño de aprender a tocar la guitarra. Descubrieron que tenían muchas cosas en común, más allá de las miradas y las sonrisas.
Un viernes por la tarde, Juliana se sintió valiente. Decidió invitar a Miguel a tomar un helado después del trabajo.
"Miguel, ¿te gustaría tomar un helado conmigo después de que termines tu turno?" preguntó Juliana, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Miguel se quedó sin palabras por un momento. "Me encantaría, Señorita Juliana. ¡Sería un placer!"
Y así, al terminar el día, Juliana y Miguel salieron juntos del Edificio Sol. Caminaron hasta la heladería más cercana, riendo y conversando como si se conocieran de toda la vida. El helado era delicioso, pero la compañía era aún mejor.
Esa noche, bajo la luz de la luna, Miguel le confesó a Juliana que desde el primer día que la vio, supo que ella era especial. Juliana, a su vez, le confesó que él era el guarda de seguridad más guapo y valiente que había conocido.
Desde ese día, Juliana y Miguel se hicieron inseparables. Descubrieron que el amor puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en el Edificio Sol, entre miradas, sonrisas y un delicioso café con canela. Y el Edificio Sol, que siempre había sido un lugar de trabajo, se convirtió en un lugar mágico, lleno de amor y alegría, gracias a la sonrisa secreta de Juliana y Miguel.
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