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Permítanme presentarme. Soy el Lobo, el guardián silencioso de este frondoso y verde bosque. Durante años, mi reputación ha sido manchada por cuentos mal contados, pero hoy he decidido que ya es suficiente. No soy el villano hambriento que todos imaginan; en realidad, soy un amante de la paz, el orden y el silencio de la naturaleza. O al menos lo era, hasta que apareció ella: Caperucita Roja.
Todo comenzó un martes soleado. Yo estaba disfrutando de una siesta bajo un roble centenario cuando un grito estridente me sobresaltó. '¡Quítate de mi camino, estúpida ardilla!', gritó una voz chillona. Abrí un ojo y vi a una niña con una capa roja demasiado brillante pisoteando mis flores favoritas y arrojando envoltorios de caramelos al suelo. Era Caperucita. No era la niña dulce de las leyendas; era una niña malcriada, caprichosa y extremadamente ruidosa.
La seguí discretamente y me di cuenta de que su pasatiempo favorito era molestar a los animales. Pateaba los hormigueros, les gritaba a los pájaros y se quejaba de que el bosque era 'demasiado rústico' para su gusto. Decidí que alguien tenía que darle una lección de modales. Sabía que se dirigía a casa de su abuela, la señora Gertrudis, quien por suerte se había ido esa mañana a un retiro de yoga en la montaña. El plan era sencillo: llegaría antes, me pondría un disfraz y, cuando ella llegara, le daría un buen susto para que aprendiera a respetar el bosque.
Llegué a la cabaña, me puse el camisón de seda de Gertrudis (que, debo decir, era muy cómodo) y me coloqué la cofia. Me metí en la cama y esperé. Pronto, escuché un golpe violento en la puerta. Ni siquiera esperó a que yo dijera 'adelante'; Caperucita entró pateando la puerta y dejando huellas de lodo por toda la alfombra limpia.
—¡Abuela, traigo este canasto, pero pesa una tonelada! —exclamó con un tono de voz lleno de queja—. Deberías mudarte más cerca de la ciudad, este bosque es un asco.
Me tapé un poco más con las sábanas, tratando de mantener la compostura. —Pasa, querida —dije, intentando imitar la voz dulce de la abuela.
Caperucita se acercó a la cama, pero en lugar de darme un abrazo o mostrar preocupación, se cruzó de brazos y empezó a escudriñarme con una mirada juiciosa. Yo esperaba que se asustara, que viera mis orejas y saliera corriendo, pero lo que pasó a continuación hirió mis sentimientos profundamente.
—¡Ay, abuela! ¡Pero qué ojos tan grandes tienes! —dijo, pero no con asombro, sino con asco—. Son enormes y están todos inyectados en sangre. ¿Acaso no usas crema para el contorno de ojos? Tienes unas ojeras espantosas, pareces un mapache trasnochado.

Me quedé mudo. Yo cuido mucho mi higiene, pero ella no se detuvo ahí.
—¡Y qué decir de esa nariz! —continuó señalándome con un dedo acusador—. ¡Qué nariz tan grande y peluda! Tiene poros tan anchos que podrías plantar semillas en ellos. Es realmente antiestética, abuela. Deberías considerar seriamente una cirugía.
En ese momento, mi orgullo empezó a flaquear. Yo pensaba que ella se asustaría de mi ferocidad, no que haría una crítica de belleza sobre mis rasgos. Pero el golpe final estaba por llegar.
—¡Y esa boca! —gritó Caperucita, haciendo un gesto de náuseas—. ¡Qué boca tan grande y qué dientes tan amarillos! ¡Y ese aliento! Huele a... ¡puaj!, huele a bosque y a liebre silvestre. ¿Es que no conoces el cepillo de dientes? Es de lo más ordinario que he visto en mi vida.
¡Eso fue el colmo! Salté de la cama, quitándome la cofia con indignación. No quería comérmela, ¡quería que se fuera de mi vista!
—¡Suficiente! —rugí, pero no de hambre, sino de ofensa—. ¡Soy un lobo, no un modelo de pasarela! He intentado ser paciente, pero tus modales son peores que el clima en invierno. ¡Te quejas de mis ojos, de mi nariz y de mi boca, cuando eres tú la que viene a mi bosque a tirar basura y a gritarle a los animales!
Caperucita se quedó de piedra, no por miedo, sino porque nadie le había hablado así antes. Recogí su canasto y se lo entregué.
—Vete a casa, niña malcriada. Y no vuelvas hasta que aprendas que en este bosque respetamos la naturaleza y, sobre todo, no criticamos el aspecto de los demás. ¡Y para tu información, mi aliento huele a menta silvestre, no a liebre!
Ella salió corriendo, finalmente en silencio. Desde ese día, el bosque volvió a ser tranquilo. Caperucita cuenta por ahí que casi la como, pero la verdad es que yo solo quería que dejara de criticar mis rasgos faciales. Ser un lobo es difícil, pero lidiar con una niña caprichosa es mucho peor.
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La Verdadera Historia del Lobo
1. ¿Quién es el que cuenta esta historia?
En este cuento, el Lobo es quien nos explica lo que pasó en el bosque.
2. ¿Cómo se portaba Caperucita en el bosque?
El Lobo cuenta que Caperucita gritaba a los animales y ensuciaba el bosque.
3. ¿A dónde fue la abuelita Gertrudis esa mañana?
La abuelita no estaba en casa porque se había ido a hacer yoga a la montaña.
4. ¿Qué se puso el Lobo para disfrazarse de abuela?
El Lobo usó la ropa de la abuela para intentar darle una lección a Caperucita.
5. ¿Qué decía Caperucita sobre los ojos del Lobo?
Caperucita fue muy grosera y criticó los ojos del Lobo en lugar de asustarse.
6. ¿Por qué saltó el Lobo de la cama muy enojado?
El Lobo se ofendió porque Caperucita criticó su nariz, sus dientes y su aliento.
7. ¿Qué quería el Lobo que aprendiera Caperucita?
El Lobo quería que la niña dejara de ser malcriada y cuidara el bosque.
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