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Gratis · elegí una vozEn lo profundo de los Alpes suizos, donde las montañas se elevaban hacia el cielo como gigantes dormidos y el aire era fresco y limpio, vivía una niña llamada Ana. Ana no era como las demás niñas de su aldea. Prefería la compañía del viento y las cumbres nevadas a las muñecas y los encajes. Su mejor amiga era una yegua negra llamada Sombra, que tenía una mancha blanca en la frente, como una estrella fugaz atrapada entre su pelaje oscuro.
Sombra era más que una simple yegua; era la confidente de Ana, su compañera de aventuras. Juntas, exploraban los senderos escarpados, cruzaban riachuelos cristalinos y contemplaban los valles verdes salpicados de flores silvestres. Ana le contaba a Sombra todos sus secretos, sus sueños y sus miedos, y Sombra, a su manera silenciosa, siempre la escuchaba con atención.
Un día, mientras cabalgaban cerca de un pico cubierto de nieve, Ana escuchó un débil gemido. Sombra se detuvo en seco, sus orejas erguidas, y Ana supo que algo no andaba bien. Se desmontó y siguió el sonido, que la llevó hasta una pequeña cueva escondida tras una cascada de hielo. Allí, acurrucado y temblando, encontró un cervatillo, con una pata herida.
Ana sintió una punzada de tristeza. Sabía que si dejaba al cervatillo allí, no sobreviviría. Con mucho cuidado, lo levantó y lo llevó hasta Sombra. La yegua, sorprendentemente, no se asustó. Al contrario, pareció entender la situación y permitió que Ana colocara al cervatillo delante de ella, sujetándolo con firmeza.
De vuelta en casa, Ana cuidó al cervatillo con esmero. Le dio leche caliente con miel y le limpió la herida con hierbas medicinales que conocía gracias a su abuela, una sabia anciana del pueblo. Poco a poco, el cervatillo fue recuperando sus fuerzas. Ana lo llamó Copito, por la mancha blanca que tenía en el lomo.
Copito y Sombra se hicieron amigos inseparables. Copito seguía a Sombra por todas partes, jugando entre sus patas y mordisqueando su crin. Ana se sentía feliz al verlos juntos, pero sabía que Copito pertenecía a la montaña y que tarde o temprano tendría que dejarlo ir.
Un día, mientras exploraban un nuevo sendero, Ana, Sombra y Copito llegaron a un lugar secreto: un prado escondido, lleno de flores de edelweiss, la flor símbolo de los Alpes. El edelweiss, con sus pétalos blancos y aterciopelados, brillaba bajo el sol, como pequeñas estrellas caídas del cielo. La abuela de Ana le había contado que el edelweiss tenía propiedades curativas y que solo crecía en lugares especiales.
De repente, un águila real descendió del cielo, planeando sobre ellos. Copito, asustado, se escondió tras Sombra. El águila, con sus garras afiladas y su mirada penetrante, parecía decidida a atacar. Ana sintió miedo, pero sabía que tenía que proteger a sus amigos.
Con valentía, se interpuso entre el águila y Copito, extendiendo los brazos y gritando para ahuyentarla. Sombra, al ver el peligro, relinchó con fuerza y se irguió sobre sus patas traseras, mostrando sus poderosas pezuñas. El águila, sorprendida por la reacción de Ana y Sombra, vaciló por un instante.
Ana aprovechó ese momento para recoger una rama del suelo y agitarla en el aire, gritando con todas sus fuerzas. El águila, finalmente, se dio por vencida y remontó el vuelo, desapareciendo entre las nubes. Ana sintió un alivio inmenso. Había logrado proteger a sus amigos.
Esa noche, Ana tuvo un sueño extraño. Soñó con la abuela, que le decía: "El edelweiss te ha mostrado el camino, Ana. Ahora debes hacer lo correcto." Al despertar, Ana supo lo que tenía que hacer. Había llegado el momento de devolver a Copito a la montaña.
Con el corazón apesadumbrado, llevó a Copito hasta el borde del bosque. Le dio un último abrazo y le dijo: "Sé libre, Copito. Vuelve a tu hogar." Copito la miró con tristeza, pero luego, con un movimiento ágil, saltó hacia el bosque y desapareció entre los árboles.
Ana sintió un vacío en el corazón, pero también una sensación de paz. Sabía que había hecho lo correcto. Había salvado a Copito y le había dado la oportunidad de vivir en libertad. Y aunque lo extrañaría mucho, siempre recordaría el día en que encontraron el prado de edelweiss y el día en que Sombra la ayudó a protegerlo.
Desde ese día, Ana y Sombra siguieron explorando las montañas, siempre juntas, siempre amigas. Y aunque ya no tenían a Copito con ellas, sabían que en algún lugar de la montaña, un pequeño cervatillo corría libre y feliz, gracias a su amor y su valentía. Y cada vez que veían una flor de edelweiss, recordaban el secreto del edelweiss: que la verdadera felicidad se encuentra en ayudar a los demás y en proteger la naturaleza que nos rodea.
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