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Lamine veía las estrellas donde otros veían luces. Para él, cada una tenía una historia, un color único, una música secreta. El mundo lo abrumaba, pero en el cielo nocturno, encontraba paz. Su forma de ver el mundo era diferente, pero igual de hermosa.
Vivía en un pequeño pueblo de casas terracota, donde el sol besaba la tierra con fervor cada día. Los niños jugaban al fútbol en la plaza, las abuelas tejían bajo la sombra de los árboles, y los hombres discutían de política en el café. Pero Lamine no participaba en esas actividades. Le gustaba sentarse solo, en la colina más alta, esperando que cayera la noche.
Cuando el sol se escondía y el cielo se teñía de naranja y morado, Lamine cerraba los ojos y respiraba hondo. Sentía el viento acariciarle la cara y escuchaba el murmullo del pueblo a lo lejos. Luego, abría los ojos y las estrellas empezaban a aparecer. No eran solo puntos brillantes, eran seres vivos, cada uno con su propia personalidad.
Una estrella, la más brillante de todas, se llamaba Estrella Fugaz. Era juguetona y traviesa, le encantaba correr por el cielo dejando una estela de luz. Otra, pequeña y tímida, se llamaba Susurro. Era la encargada de contar secretos al viento. Había una estrella anciana, llamada Abuela Celeste, que conocía todas las historias del universo.
Lamine pasaba horas hablando con ellas. Les contaba sus miedos, sus sueños, sus alegrías. Las estrellas lo escuchaban con atención y le respondían con melodías suaves y colores brillantes. Él entendía su lenguaje, un lenguaje que nadie más parecía comprender.
Un día, el alcalde del pueblo, un hombre corpulento y de voz grave, decidió organizar un gran festival. Quería mostrar al mundo la belleza de su pueblo y atraer a turistas. Construyó farolas gigantes que iluminaban toda la plaza, borrando las estrellas del cielo nocturno.
Lamine se sintió muy triste. Las luces artificiales habían ahogado la música de las estrellas. Ya no podía ver sus colores, ni escuchar sus historias. Se sentía solo y desamparado. Subió a la colina, pero el cielo estaba vacío, solo había un resplandor blanco y frío.
Lágrimas rodaron por sus mejillas. Gritó al cielo, pidiendo a las estrellas que regresaran. Pero nadie respondió. El silencio era ensordecedor.
De repente, sintió un suave toque en su hombro. Era una niña, llamada Aïcha, que vivía al lado de su casa. Aïcha siempre lo había observado desde la distancia, sintiendo curiosidad por su extraño comportamiento.
"¿Por qué lloras, Lamine?", preguntó Aïcha con voz dulce.
Lamine le explicó lo que había pasado, cómo las luces del festival habían espantado a las estrellas y cómo ya no podía escucharlas.
Aïcha lo miró con incredulidad. "Yo solo veo luces", dijo.
"Pero no son solo luces", insistió Lamine. "Son estrellas, cada una con su propia historia".
Aïcha, conmovida por la tristeza de Lamine, decidió ayudarlo. Juntos, fueron de casa en casa, pidiendo a la gente que apagara las luces. Les explicaron la importancia de las estrellas, cómo eran parte de su cultura y de su identidad.
Al principio, la gente se mostró reacia. Estaban contentos con la nueva iluminación, les hacía sentir seguros. Pero Lamine y Aïcha no se rindieron. Les contaron las historias de las estrellas, sus colores, sus melodías. Les mostraron la belleza del cielo nocturno.
Poco a poco, la gente empezó a comprender. Empezaron a apagar las luces de sus casas, una a una. El resplandor blanco fue disminuyendo, y las estrellas empezaron a aparecer de nuevo.
Al final, solo quedaron encendidas las luces de la plaza. El alcalde, al ver la determinación de Lamine y Aïcha, y la convicción del pueblo, decidió apagar las farolas gigantes.
De repente, el cielo se iluminó con miles de estrellas. Lamine sonrió. Había recuperado a sus amigas. Aïcha, por primera vez, pudo ver la magia en los ojos de Lamine y empezó a escuchar las melodías suaves que emanaban del cielo.
Estrella Fugaz corrió por el cielo, dejando una estela de luz. Susurro contó secretos al viento. Abuela Celeste compartió historias antiguas. Y Lamine, junto a Aïcha, comprendió que no estaba solo. Que su forma de ver el mundo era diferente, sí, pero también contagiosa. Y que la belleza se encuentra en los ojos de quien sabe mirar. Desde esa noche, Lamine y Aïcha compartieron la colina y el coro celestial, enseñando a otros a escuchar la música de las estrellas y a ver la magia en el cielo nocturno.
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