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En un reino muy, muy lejano, donde los castillos se alzaban hacia el cielo como torres de azúcar y los bosques susurraban secretos al viento, vivía un joven caballero llamado Lancelot. No era el Sir Lancelot de la Mesa Redonda, ¡no señor! Este Lancelot era mucho más pequeño, más pelirrojo y, quizás, un poquito más miedoso. Pero tenía un corazón de oro y un deseo inmenso de ser un héroe.
Un día, mientras Lancelot practicaba sus habilidades con la espada (más bien, intentaba no tropezar con ella) en el patio del castillo, escuchó un lamento. Un lamento triste y profundo que parecía venir de las montañas Nubladas, al este del reino. Intrigado, Lancelot dejó caer su espada de madera (¡boom!) y corrió a buscar a su fiel corcel, un poni rechoncho llamado Nube.
"¡Nube, debemos ir a las montañas Nubladas! Alguien necesita nuestra ayuda", exclamó Lancelot, montando a Nube de un salto (bueno, con un pequeño empujón).
El viaje fue largo y lleno de aventuras. Lancelot y Nube cruzaron ríos cantarines, esquivaron ardillas traviesas que les lanzaban nueces y hasta ayudaron a una abuelita a cruzar un puente tambaleante. Finalmente, llegaron a las faldas de las montañas Nubladas. El lamento era ahora más fuerte y claro.
"¡Viene de esa cueva!", dijo Lancelot, señalando una entrada oscura y amenazante en la ladera de la montaña.
Con el corazón latiéndole como un tambor, Lancelot y Nube entraron en la cueva. Estaba fría y húmeda, y el aire olía a tierra y… ¿azufre?
"¡Hola! ¿Hay alguien ahí?", gritó Lancelot, aunque su voz temblaba un poquito.
El lamento respondió, aún más triste que antes. Lancelot y Nube siguieron el sonido hasta llegar a una gran sala. Y allí, en medio de la sala, acurrucado sobre un montón de oro y joyas, estaba… ¡un dragón!
Pero no era el dragón feroz y escupe fuego que Lancelot esperaba. Este dragón era pequeño, verde y tenía unas ojeras enormes. Parecía terriblemente triste.
"¿Estás… estás llorando?", preguntó Lancelot, acercándose con cautela.
El dragón asintió, dejando caer una lágrima que brilló como un diamante. "¡Snif! Es que… ¡no puedo dormir!", sollozó el dragón. "Soy el dragón guardián de este tesoro, ¡pero no he dormido en días! El oro es muy duro y las joyas me pinchan. ¡Estoy agotado!"
Lancelot se dio cuenta de que el dragón no era malvado, solo estaba cansado. "¡Ya sé!", exclamó Lancelot. "Podemos hacerte una cama más cómoda".
Lancelot y Nube trabajaron duro. Recogieron hojas suaves y musgo del bosque, y los apilaron sobre el oro para crear un colchón mullido. Luego, usaron sus capas (la de Lancelot era roja y la de Nube, bueno, era de pelo blanco) para hacer una manta suave.
"¡Pruébalo!", dijo Lancelot, orgulloso de su trabajo.
El dragón se acurrucó en la cama improvisada. Suspiró profundamente y cerró los ojos.
"¡Es perfecto! ¡Mucho mejor que el oro frío!", murmuró antes de quedarse profundamente dormido.
Lancelot y Nube se sentaron junto al dragón dormilón, vigilando que nada lo molestara. Poco después, el dragón roncaba suavemente, un sonido mucho más agradable que el lamento anterior.
Al amanecer, el dragón despertó, completamente renovado. "¡Gracias, Lancelot! ¡Gracias, Nube! ¡Me han salvado!", exclamó el dragón, radiante.
"¿Qué harás ahora?", preguntó Lancelot.
"Ahora", dijo el dragón, "compartiré este tesoro con todos los habitantes del reino. Y usaré mis poderes para protegerlos siempre".
El dragón, ahora amigo de Lancelot, cumplió su promesa. Compartió el oro y las joyas, y utilizó su aliento de fuego (¡controlado, por supuesto!) para ayudar a los herreros y a los panaderos. El reino prosperó y todos vivieron felices para siempre.
Y Lancelot, el pequeño caballero pelirrojo, se convirtió en un verdadero héroe. No por derrotar a un dragón, sino por ayudar a uno a dormir bien. Y Nube, bueno, Nube siempre recibió una doble ración de manzanas.
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