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En el año 1810, la ciudad de Buenos Aires no se parecía en nada a la gran metrópoli que conocemos hoy. Sus calles no tenían asfalto, sino que eran de tierra y barro, y cuando llovía, se transformaban en verdaderos ríos que los vecinos debían cruzar con cuidado. En una de esas casitas de paredes blancas y techos de tejas rojas vivía Mateo, un niño de diez años con ojos curiosos y pies inquietos. Mateo ayudaba a su abuelo, Don Silvestre, a vender pastelitos de dulce de membrillo y de batata por las mañanas. Mientras caminaban, Mateo escuchaba los pregones de los vendedores: “¡Agua fresquita para calmar la sed!” o “¡Velas, velitas, para alumbrar las casitas!”.
Sin embargo, ese mes de mayo se sentía diferente. El aire no solo traía el olor a humedad de la cercanía del río, sino también un aroma a cambio, a algo nuevo que estaba por nacer. Mateo notaba que los adultos hablaban en susurros en las esquinas. Su abuelo, que solía cantar mientras caminaba, ahora guardaba un silencio pensativo. “Abuelo, ¿por qué todos están tan serios?”, preguntó Mateo un martes por la mañana. Don Silvestre lo miró con ternura y le respondió: “Mateo, el pueblo está despertando. Es como cuando el sol sale después de una tormenta muy larga. Estamos buscando nuestra propia voz”.

Esa semana, Mateo tuvo una misión especial. Debía entregar una canasta de pastelitos en la Jabonería de Vieytes. Al llegar, notó que no era una entrega común. En el interior, un grupo de hombres conversaba con pasión. Reconoció a Manuel Belgrano, con su mirada inteligente, y a Cornelio Saavedra, que hablaba con voz firme. Mateo se quedó quieto en un rincón. Escuchó palabras que nunca antes habían tenido tanto peso: “Cabildo Abierto”, “Autogobierno” y, la más hermosa de todas, “Libertad”. Uno de los hombres, un joven llamado French, se acercó a Mateo y le guiñó un ojo. “Pequeño, guarda bien este secreto: el viernes será un día que recordarás toda tu vida”.
Los días pasaron lentos para la ansiedad de Mateo. El 22 de mayo, la ciudad era un hervidero. Se decía que en el Cabildo se estaba debatiendo si el Virrey Cisneros debía seguir gobernando en nombre del Rey de España o si los criollos debían tomar las riendas de su propio destino. Mateo veía a la gente agolparse en la Plaza de la Victoria. No eran solo los hombres importantes; eran los aguateros, las lavanderas, los esclavos que soñaban con ser libres y las familias enteras que sentían que algo grande estaba por ocurrir.

El 24 de mayo por la noche, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Mateo no podía dormir. Escuchaba el repiqueteo del agua contra las tejas y el sonido de los cascos de los caballos sobre el barro. Se imaginaba a los patriotas reunidos bajo la luz de las velas, escribiendo documentos que cambiarían el futuro. Su abuelo entró en su habitación y le entregó un pequeño trozo de cinta. “Toma, Mateo. French y Beruti las están repartiendo. Mañana, pase lo que pase, lleva esto cerca de tu corazón”. Mateo miró la cinta; aunque era simple, para él brillaba más que el oro.
Finalmente, llegó el 25 de mayo de 1810. El cielo estaba gris y una llovizna persistente cubría la ciudad, pero nadie parecía notar el frío. Mateo y Don Silvestre se abrieron paso entre la multitud que llenaba la Plaza de la Victoria. Había paraguas de todos los colores y tamaños, formando un techo movedizo sobre la gente. Todos miraban hacia el balcón del Cabildo. El murmullo era constante: “¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”, gritaban algunos.
Mateo se subió a un poste de luz para ver mejor. Vio a French y a Beruti repartiendo más cintas blancas y celestes entre los presentes. La emoción era contagiosa. De repente, las grandes puertas del balcón se abrieron. El silencio se apoderó de la plaza, un silencio tan profundo que solo se escuchaba el caer de la lluvia. Un hombre salió y anunció la gran noticia: se había formado la Primera Junta de Gobierno. El Virrey ya no mandaba más. ¡Teníamos nuestro propio gobierno criollo!
La plaza estalló en un solo grito de alegría. La gente se abrazaba, algunos lloraban y otros agitaban sus sombreros. Mateo sintió un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con el clima. Entendió que la libertad no era solo una palabra, sino el esfuerzo de muchas personas unidas por un mismo sueño. Mientras regresaba a casa con su abuelo, el sol comenzó a asomar tímidamente entre las nubes. “Mira, abuelo”, dijo Mateo señalando el cielo, “el sol de mayo”. Don Silvestre sonrió y le apretó la mano. Aquel niño que vendía pastelitos por las calles de barro ahora sabía que estaba caminando sobre la tierra de una patria que empezaba a nacer. Y aunque todavía faltaba mucho camino por recorrer, aquel 25 de mayo Mateo comprendió que cuando un pueblo decide ser libre, no hay lluvia que pueda apagar su fuego.
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