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Luna era una niña que amaba las estrellas. Le gustaba contarlas antes de dormir y soñaba con viajar a la luna en una nave espacial hecha de algodón de azúcar. Pero últimamente, las estrellas no brillaban tanto para Luna. Sus papás, que antes se reían juntos y se daban muchos besitos, ahora parecían dos nubes grises, siempre discutiendo bajito en la cocina.
Una tarde, después de una de esas tormentas grises, Papá y Mamá se sentaron con Luna en el sofá. Luna apretó su osito Tito contra su pecho, sintiendo un nudo en la garganta. Mamá le tomó la mano y Papá le acarició el pelo.
"Mi amor," empezó Mamá con voz suave, "tenemos algo importante que contarte. Papá y yo hemos decidido que ya no vamos a vivir juntos en la misma casa."
Las palabras resonaron en la cabeza de Luna como un trueno lejano. Sintió que su mundo, que antes era un círculo perfecto, se rompía en mil pedazos. ¿Significaba eso que ya no vería a su Papá todas las noches? ¿Que ya no desayunaría con Mamá los domingos?
Papá, viendo las lágrimas asomarse a los ojos de Luna, la abrazó fuerte. "No te preocupes, Lunita. Esto no significa que te queramos menos. Al contrario, los dos te queremos muchísimo, más que a nada en el mundo. Solo que ahora vamos a vivir en dos casas diferentes. Pero siempre seremos tus papás."
"¿Dos casas?" preguntó Luna con voz temblorosa. "¿Y yo dónde voy a vivir?"
"Tú vivirás en las dos casas," explicó Mamá. "Tendrás una habitación en cada casa, con tus juguetes y tus libros. Y pasaremos tiempo contigo en las dos casas. A veces vivirás con Papá, y otras veces conmigo."
Los primeros días fueron difíciles. Luna se sentía como un astronauta perdido en el espacio, sin saber a dónde pertenecer. En la casa de Mamá, extrañaba el olor a café de Papá por las mañanas. En la casa de Papá, echaba de menos las canciones de cuna que Mamá le cantaba antes de dormir.
Un día, Papá le dijo: "Luna, sé que esto es difícil para ti. Pero quiero que sepas que siempre puedes contarnos cómo te sientes. No importa si estás triste, enojada o confundida. Siempre estaremos aquí para escucharte."
Mamá también le dijo algo parecido: "Eres muy valiente, Luna. Y te queremos mucho. Estamos aprendiendo a hacer esto lo mejor posible para ti."
Poco a poco, Luna empezó a adaptarse a su nueva vida. Descubrió que tener dos casas también tenía algunas ventajas. En la casa de Mamá, podía pintar y dibujar sin que nadie la interrumpiera. En la casa de Papá, aprendió a hacer galletas de chocolate con él, que siempre le salían un poco quemadas pero deliciosas.
También descubrió que sus papás, aunque ya no vivían juntos, seguían siendo un equipo cuando se trataba de ella. Se ponían de acuerdo para sus cumpleaños, para sus partidos de fútbol y para ayudarla con sus tareas escolares.
Un día, Luna estaba jugando en el parque con su amiga Sofía. Sofía le preguntó: "¿No te da pena que tus papás ya no estén juntos?"
Luna pensó por un momento. "Al principio sí," respondió. "Pero ahora me doy cuenta de que lo importante es que me quieren mucho, aunque vivan en casas diferentes. Y además, ¡tengo dos habitaciones llenas de juguetes!".
Sofía sonrió. "Eso sí que es genial," dijo.
Luna miró al cielo. Las estrellas volvían a brillar con intensidad. Se dio cuenta de que aunque su mundo había cambiado, seguía siendo un mundo lleno de amor y alegría. Tenía dos casitas, dos habitaciones, dos familias que la querían con todo su corazón. Y eso, pensó Luna, era más valioso que cualquier viaje a la luna.
Una noche, antes de dormir, Luna le dijo a Mamá: "Mamá, ¿por qué mis papás ya no se quieren?"
Mamá la abrazó. "A veces, mi amor, las personas se quieren de una manera diferente. Papá y yo siempre nos querremos, pero ya no nos queremos como pareja. Pero eso no significa que no te queramos a ti. Nuestro amor por ti nunca cambiará."
Luna asintió, entendiendo un poco más. Y mientras se dormía, soñó con dos casitas, cada una llena de amor y de estrellas brillantes, y con dos papás que la amaban con todo su corazón, aunque vivieran separados. Al final, cada casita era un pedacito de su corazón, y su corazón era grande y fuerte, capaz de amar en las dos casitas de Luna.
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