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Camila era una niña muy especial. No porque tuviera superpoderes o una varita mágica, sino porque sus emociones vivían en lugares muy específicos de su cuerpo. La Alegría, por ejemplo, residía en sus ojos, que brillaban como dos luceros cada vez que reía; en sus mejillas, que se coloreaban de un rosa suave como pétalos de rosa; y en sus pies, que no podían evitar dar pequeños saltos y bailes espontáneos. La Tristeza, en cambio, se acurrucaba en su boca, haciendo que sus labios se curvaran hacia abajo en una pequeña mueca; y en sus hombros, que se encogían un poquito, como si llevaran un peso invisible.
Un día soleado, Camila jugaba en el parque con su mejor amigo, Tomás. La Alegría danzaba en sus ojos, sus mejillas resplandecían y sus pies dibujaban pequeños círculos en el césped. Estaban construyendo un castillo de arena gigante, adornándolo con conchas y piedras brillantes. De repente, Tomás, sin querer, pisó el castillo. ¡Crash! El castillo se vino abajo.
Inmediatamente, la Tristeza invadió a Camila. Su boca se torció en un puchero y sus hombros se hundieron. Sintió unas ganas enormes de llorar. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, antes ocupados por la Alegría. Tomás, al verla así, se sintió muy mal.
"Lo siento, Camila", dijo Tomás con voz suave. "No quería hacerlo. Podemos construir otro, ¿sí?"
Camila, con la voz temblorosa por las lágrimas, asintió. Recordó lo que su abuela le había enseñado sobre la Tristeza. "Cuando la Tristeza te visite", le había dicho su abuela, "déjala salir. Llora todo lo que necesites. Las lágrimas son como una lluvia que limpia el corazón". Y después, respira hondo, como si estuvieras oliendo una flor."
Así que Camila lloró. Lloró un poquito, sintiendo cómo la Tristeza se deslizaba por sus mejillas en forma de lágrimas saladas. Cuando sintió que ya no quedaban más lágrimas por salir, respiró hondo, imaginando que olía una rosa roja y perfumada. Inspiró lentamente por la nariz, sintiendo el aroma imaginario llenar sus pulmones, y luego exhaló suavemente por la boca. Repitió esto varias veces. Poco a poco, la Tristeza en su boca y sus hombros comenzó a disiparse.
Ahora, era el turno de la Alegría de ayudar. Recordó lo que su mamá le había enseñado. "Cuando la Alegría te llene", le había dicho su mamá, "respira como una mariposa. Aletea tus manos suavemente mientras inspiras y espiras".
Camila cerró los ojos. Imaginó que era una hermosa mariposa monarca, con alas naranjas y negras. Levantó las manos y comenzó a aletearlas suavemente. Inspiró profundamente por la nariz, sintiendo la Alegría en sus ojos, mejillas y pies, y al mismo tiempo moviendo sus manos como las alas de una mariposa. Exhaló lentamente por la boca, sintiendo la Alegría expandirse por todo su cuerpo. Inspiró y espiró varias veces, aleteando sus manos con suavidad. La Alegría en sus ojos brilló aún más, sus mejillas se colorearon de un rosa más intenso y sus pies comenzaron a dar pequeños saltos de felicidad.
Tomás, al verla respirar como una mariposa, sonrió. "¿Estás mejor?", preguntó.
"Sí", respondió Camila, con una sonrisa radiante. "¡Estoy lista para construir un castillo aún más grande!"
Juntos, Camila y Tomás comenzaron a reconstruir el castillo de arena. Esta vez, fueron aún más cuidadosos. Trabajaron en equipo, riendo y compartiendo ideas. La Alegría danzaba en los ojos de Camila, sus mejillas resplandecían y sus pies saltaban de felicidad. La Tristeza, aunque todavía presente en un rincón de su corazón, ya no tenía el mismo poder.
Camila aprendió que la Alegría y la Tristeza son parte de la vida, como el sol y la lluvia. Y que, aunque a veces la Tristeza pueda ser un poco molesta, siempre hay una manera de encontrar la Alegría, incluso después de que un castillo de arena se derrumbe. Lo importante era saber dónde vivían sus emociones y cómo cuidarlas, respirando como una mariposa cuando la Alegría la invadía y llorando y respirando como una flor cuando la Tristeza la visitaba. Desde ese día, Camila siempre recordaría sus emociones mágicas y cómo regularlas, convirtiéndose en una niña aún más feliz y resiliente.
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