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Había una vez, en un parque lleno de árboles gigantes y flores de colores imposibles, tres pequeños amigos: Sofía, con su pelo rizado como un manojo de muelles; Mateo, con sus gafas resbalando siempre por su nariz; y Lucas, que siempre llevaba una gorra de béisbol al revés. Ese día, era un día especial: ¡día de picnic de caballeros valientes!
Sofía, Mateo y Lucas no eran caballeros de verdad, claro está. Pero tenían espadas. Espadas de madera, hechas por el abuelo de Sofía, cada una tallada con el nombre de su dueño. La espada de Sofía se llamaba "Estrella Fugaz", la de Mateo "Trueno Veloz" y la de Lucas, con su espíritu aventurero, "Cometa Errante".
Llegaron al parque, con sus espadas temblando con la emoción de la aventura, y eligieron el lugar perfecto: un claro bajo un árbol anciano con una copa tan grande que parecía un paraguas gigante. Apoyaron sus espadas contra el tronco rugoso del árbol. “¡Descansad, valientes guerreras!”, dijo Sofía, con voz de mando. Las espadas, ahora en reposo, parecían observar el mundo con sus mangos de madera.
Sacaron la cesta de picnic. La abuela de Mateo había preparado sándwiches de queso y tomate, los favoritos de todos. También había mandarinas jugosas y galletas de chocolate, una para cada uno, y dos extras "por si acaso", como decía siempre la abuela. La cesta, con su mantel a cuadros, se veía como un pequeño tesoro en medio del prado.
Empezaron a comer, con el apetito que da la aventura imaginaria. Cada bocado era una recompensa por haber defendido el reino de los… bueno, de lo que fuera que estuvieran defendiendo ese día. Quizás de los dragones invisibles que acechaban entre los rosales, o de los malvados magos que intentaban robar el sol.
"¡Este sándwich es como la armadura de un caballero!" exclamó Lucas, con la boca llena. Mateo asintió, concentrado en evitar que el tomate se le cayera de las gafas. Sofía, la más ordenada del grupo, mordisqueaba su sándwich con elegancia.
De repente, un ruido extraño rompió el silencio. Un crujido, como si alguien estuviera masticando madera. Los tres amigos se quedaron quietos, con los ojos muy abiertos. Miraron a su alrededor, buscando la fuente del sonido. ¿Sería un monstruo escondido entre los arbustos?
El crujido se repitió, esta vez más fuerte. Venía… ¡del árbol! Lentamente, con cautela, se acercaron al tronco. Y allí lo vieron. No era un monstruo, ni un mago malvado. Era una ardilla, una ardilla pequeña y traviesa, que estaba mordisqueando… ¡las espadas! Más precisamente, la espada de Lucas, "Cometa Errante".
La ardilla, con sus mejillas abultadas, miró a los niños con ojos brillantes. Parecía estar disfrutando mucho del sabor de la madera. Lucas, horrorizado, intentó quitarle la espada. "¡Eh! ¡Esa es mi espada! ¡No te la comas!"
Pero la ardilla era rápida. Escapó con la espada, saltando de rama en rama, siempre mordisqueando el mango de madera. Los tres amigos la siguieron, entre risas y protestas. La ardilla, sin embargo, parecía estar jugando. Les mostraba la espada, la mordisqueaba un poco más, y luego saltaba a otro árbol.
Después de un rato, la ardilla se detuvo en una rama alta. Miró a los niños, con la espada colgando de su boca. Luego, con un movimiento rápido, dejó caer la espada al suelo. "¡Cometa Errante!" gritó Lucas, corriendo a recogerla.
La espada estaba mordisqueada, con pequeñas marcas de dientes por todo el mango. Lucas la miró, primero con tristeza, y luego con una sonrisa. "Ahora tiene historia", dijo. "¡Es una espada que luchó contra una ardilla gigante!"
Sofía y Mateo se rieron. Recogieron sus propias espadas, "Estrella Fugaz" y "Trueno Veloz", y volvieron al claro bajo el árbol. La ardilla, desde su rama, les observaba con curiosidad.
Terminaron su picnic, compartiendo las galletas extras con la ardilla. La ardilla, después de probar un trozo de galleta de chocolate, pareció arrepentirse de haber mordisqueado la espada de Lucas. Bajó del árbol y se sentó cerca de los niños, como si quisiera pedir disculpas.
"Quizás le gustaba el sabor de la madera", dijo Mateo, con sus gafas resbalando. "O quizás pensó que era una nuez gigante", añadió Sofía.
Lucas, con su espada mordisqueada en la mano, sonrió. "Creo que simplemente quería jugar", dijo. Y así, los tres amigos y la ardilla traviesa terminaron su picnic en el parque encantado, con las espadas hambrientas convertidas en un recuerdo divertido y una nueva amiga inesperada.
Cuando el sol comenzó a ponerse, recogieron sus cosas y se prepararon para irse. Antes de partir, Lucas se acercó al árbol y le dio una palmadita en el tronco. "Gracias por el picnic", dijo. "Y gracias por la ardilla".
Al regresar a casa, Lucas guardó su espada, "Cometa Errante", en un lugar especial. Las marcas de dientes de la ardilla le recordaban la aventura que habían vivido ese día en el parque encantado, una aventura que, aunque inesperada, había sido la más divertida de todas. Y supo que, aunque su espada estuviera un poco mordisqueada, seguiría siendo su espada más valiente, la espada que luchó contra la ardilla y ganó el corazón de una nueva amiga.
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