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Gratis · elige una vozMamá Ogra era conocida en todo el Valle Encantado por dos cosas: su amor incondicional por su pequeño ogrito, Tito, y sus deliciosas habichuelas mágicas. Estas habichuelas no eran como las demás. Brillaban con un suave resplandor verde y, según la leyenda, podían conceder un deseo a quien las sembrara.
Un día, una terrible sequía azotó el Valle Encantado. El río se secó, los campos se agrietaron y la comida escaseaba. Mamá Ogra y Tito apenas tenían para comer. "Tito, mi amor," dijo Mamá Ogra con voz triste, "tendré que ir al mercado y vender nuestras últimas habichuelas mágicas para poder comprar comida."
Tito, aunque pequeño, era un niño muy astuto. "¡Pero Mamá!" exclamó. "¡Las habichuelas mágicas son valiosas! ¡Podríamos sembrarlas y pedir un deseo!"
Mamá Ogra suspiró. Sabía que Tito tenía razón, pero también sabía que los deseos eran caprichosos. "Es arriesgado, Tito. Pero… creo que tienes razón. Sembraremos las habichuelas."
Al día siguiente, Mamá Ogra y Tito encontraron un pequeño claro en el bosque, lejos de las miradas curiosas. Con cuidado, sembraron las habichuelas mágicas y esperaron. Nada sucedió. Pasaron horas, y el sol comenzó a ponerse. Tito estaba a punto de perder la esperanza cuando, de repente, la tierra tembló.
Una enorme planta de habichuelas comenzó a crecer, elevándose hacia el cielo como una serpiente verde gigante. Era tan alta que desaparecía entre las nubes. Mamá Ogra y Tito se miraron con asombro.
"¡Es increíble!" gritó Tito, agarrándose a una de las hojas de la planta. "¡Vamos a subir!"
Mamá Ogra, aunque un poco asustada, no iba a dejar que Tito subiera solo. Juntos, comenzaron a escalar la planta de habichuelas. Subían y subían, atravesando las nubes. Finalmente, llegaron a la cima.
Allí, en la cima de la planta de habichuelas, se encontraron con un castillo enorme y brillante. Las puertas estaban hechas de oro y las ventanas brillaban como diamantes. Mamá Ogra y Tito se acercaron con cautela.
Al entrar al castillo, se encontraron con un gran salón lleno de tesoros: montañas de monedas de oro, joyas brillantes y artefactos mágicos. Pero también encontraron algo más: un ogro gigante, mucho más grande y temible que Mamá Ogra. Estaba sentado en un trono, comiendo un enorme pastel.
El ogro gigante los vio y rugió: "¡Intrusos! ¿Qué hacen en mi castillo?"
Tito, aunque asustado, se armó de valor. "¡Solo queremos un poco de comida para nuestro pueblo! Hay una sequía y todos están hambrientos."
El ogro gigante se burló. "¿Comida? ¡No tengo comida para vosotros! ¡Solo tengo tesoros!"
Mamá Ogra, viendo que el gigante no iba a ceder, ideó un plan. "¡Oh, Gran Ogro!" dijo con voz suave. "Hemos oído hablar de tus increíbles tesoros. Pero también hemos oído hablar de tu gallina mágica que pone huevos de oro. ¿Podríamos verla?"
El ogro gigante, vanidoso, sonrió. "¡Por supuesto! ¡Mi gallina es la más maravillosa del mundo!" Llamó a un sirviente, que trajo una gallina dorada.
La gallina, al ver a Mamá Ogra y Tito, cacareó suavemente. Mamá Ogra entendió que la gallina estaba triste y sola. Rápidamente, aprovechó un momento de distracción del gigante y le susurró a Tito: "¡Tito, distrae al gigante! Yo me encargo de la gallina."
Tito comenzó a bailar y cantar canciones tontas, haciendo reír al ogro gigante. Mientras tanto, Mamá Ogra liberó a la gallina mágica y la escondió en su bolso. Luego, le hizo una señal a Tito y ambos corrieron hacia la planta de habichuelas.
El ogro gigante, al darse cuenta de lo que había sucedido, se enfureció. Los persiguió hasta la planta de habichuelas y comenzó a bajar detrás de ellos.
Mamá Ogra y Tito bajaron lo más rápido que pudieron, pero el ogro gigante era mucho más grande y rápido. Cuando llegaron al suelo, Mamá Ogra le gritó a Tito: "¡Tito, trae el hacha!"
Tito corrió a buscar el hacha y se la entregó a su madre. Mamá Ogra, con un golpe certero, cortó la planta de habichuelas. La planta se derrumbó con un estruendo, y el ogro gigante cayó al suelo.
¡Pero no se preocupen! El ogro gigante no se lastimó. Era tan gordo que rebotó al caer. Sin embargo, estaba tan asustado que corrió de vuelta a su castillo y nunca más se le volvió a ver en el Valle Encantado.
Mamá Ogra y Tito volvieron a su casa con la gallina mágica. La gallina puso huevos de oro, y con el oro compraron comida para todo el pueblo. La sequía terminó, el río volvió a fluir y el Valle Encantado volvió a ser un lugar feliz y próspero. Y Mamá Ogra y Tito vivieron felices para siempre, cuidando de su pueblo y de su gallina mágica.
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