Las luciérnagas de la esperanza

Las luciérnagas de la esperanza

Cuento corto para niños

Las luciérnagas de la esperanza

Un anciano le cuenta a su nieto la historia de cómo la pandemia de 2020 cambió el mundo, enseñando a la gente el valor de la unidad, la empatía y la esperanza, representada por las luciérnagas que iluminan la oscuridad.

A partir de: LAS LUCIÉRNAGAS Todas las tardes me siento en el mismo paseo, Labastida ha sido el pueblo que me vio nacer, remanso de paz, rincón de alegría, pueblo medieval, villa de tierra fértil, campos de viña, caldos de vida. Miro el Toloño, en sus faldas cuida mimoso el pueblo, lo acaricia y lo tranquiliza cuando tiene frío. Majestuosas se levantan sus dos iglesias, sus casas escuchan embelesadas el repicar de sus campanas. Me gusta oír sus fuentes en el silencio. Me gusta oir su gentío. Añoro mis días jóvenes, recuerdo participar en todo, frontenis, danzas, carnavales, la ronda...me encantaban las épocas estivales porque se llenaban las casas, el calor de la gente vibraba y se contagiaba. Tengo grabadas todas sus caras, todos los momentos que morirán conmigo en calma. Está anocheciendo y siento la brisa recorrer mi cuerpo, me encanta sentir como se pone la piel de gallina. Me siento viva, me gusta salir a la misma hora, cuando va a entrar en sol en su refugio. Me gusta pensar que él también descansa, aunque en el fondo sé que va a dar calor a otro lugares, que va a levantar a otros seres. Y entonces empieza a aparecer la princesa de mis sueños, aparece humilde, tímida y cuando sale la luciérnaga, la ayuda a brillar. Porque las luciérnagas también iluminan la oscuridad. Esa tarde fue diferente, sentí que me trasladaba 40 años atrás con el relato que estaba a punto de escuchar. Todavía recuerdo aquellos días de sol de marzo de 2020, las viñas asomaban vergonzosas sus primeros brotes. Recuerdo ese sábado frente al televisor, las lágrimas brotaban con cada noticia, con cada mensaje, con cada expresión. Un país, y más países antes y posteriormente, fueron declarado en estado de alarma, nos teníamos que quedar recluidos, para que el vírus que venía de China, el maldito Coronavirus, parase. Sólo los héroes podrían ir a trabajar. A lo lejos dos siluetas lentas, lograron sacarme de mis pensamientos. Los veía avanzar, iban de la mano. El niño ayudaba al abuelo a caminar. Era habitual ver a los nietos, junto sus abuelos. En mi época también era así, la diferencia era que ahora los niñ@s sabían escuchar más. Habían aprendido el valor de las palabras después de aquella pandemia de aquel fatídico marzo de 2020. Se sentaron junto a mi, entrelazamos cuatro frases, me encantaba mirar los ojos de las personas. Inundaban de amor mi alma y además me estremeció ver con el afecto que se trataron ambos. Seguí inmersa en el paisaje pero cuando su conversación fluyó, me atrapó: -Hijo, te voy a contar una historia, ven, siéntate. -¿El qué abuelo? -Mira estas fotos, ven. -Ese móvil está obsoleto abuelo, no se ve en 5D. -Ay hijo, aprendí a darle el valor a las cosas a raíz de una historia que viví hace 40 años, allá en el año 2020. -¿Qué pasó abuelo? -Creíamos que lo teníamos todo, éramos de hierro, sólo pensábamos en nosotros mismos, a pesar de que la tierra lloraba. Vivíamos frenéticamente, aunque nuestros hijos nos pedían a gritos atención, no escuchábamos, nos limitabamos a darles lo que nos pedían y así callaban. No nos enseñaron a pelear, como lo hicieron nuestros abuelos, nosotros ya lo teníamos todo. Sólo mirábamos como unos tenían mucho y otros poco, como unos venían desde sus países y morían de hambre y otros teníamos los bolsillos llenos, y otros se los llenaban más. Pero nada importaba, porque estábamos gordos de desmesura, de vanidad, de egoísmo, de soledad en definitiva. -¿Que triste abuelo, no jugabais? -Yo si jugué, jugué al escondite, a la rayuela, a todos los juegos que jugáis hoy, jugábamos a estar juntos, a callejear, a polis y cacos, pero tu mamá los tuvo que aprender, después de que el planeta nos diera un tirón de orejas. -¿A qué jugaba mamá? -Mamá jugaba a ser mayor, jugaba a sacarse fotos y colgarlas, jugaba a relaciones ficticias y sin valor, jugaba a querer aparentar, a querer ser lo que no era. -Yo no conozco ese juego, abuelo. -Mejor hijo, y espero que no lo conozcas nunca. -¿Qué pasó? -Pasó, que un día una sociedad entera entró en pánico, pasó que una pandemia hizo que los gobiernos de diferentes países metieran a la gente en sus casas. Derrepente el mundo frenético se paró de golpe. No sabíamos que estaba ocurriendo. ¿Cómo era posible?, si éramos invencibles. Si estábamos en la era tecnológica, en la era de..... en la era de nada, de eso nos dimos cuenta hijo. Lo que nunca tuvo valor pasó a ser de primera necesidad, el pan cobró un valor especial, empezaron a salir héroes sin capa que no sabíamos que existían, los héroes que tu mamá y papá creyeron, no eran héroes de verdad. Los que empezaron a cobrar una importancia especial, porque se dejaron la vida por los demás fueron: cajeras de supermercado, médicos, enfermeros y enfermeras, personal sanitario y de limpieza, reponedores, camioneros, panaderos, policías, ... la sanidad y la investigación entonces cobraron un lugar que nunca habían tenido. Éramos vulnerables, los hospitales públicos se quedaban pequeños, no había mascarillas, ni geles, ni alcohol, la gente se llevaba el papel higiénico como si el mundo fuera acabar. -¿Porqué el papel, abuelo? -Porque solo sabíamos imitar, imitábamos a los demás, nos dejábamos llevar por lo que nos contaban, nos creíamos las mentiras, habíamos perdido el sentido común y crítico, habíamos perdido la percepción de la realidad. -Sigue abuelo... nunca me cansaré de escucharte. -Fue nuestro despertar hijo, nos dimos cuenta de que sólo juntos teníamos el poder. De que la empatía y la unidad eran nuestra fuerza, aprendimos a pensar en el prójimo, a ser solidarios, a querer y a respetar a los nuestros, a nuestros vecinos, a pasar tiempo con ellos, aprendimos a levantar países, comunidades, a valorar el trabajo de los héroes, a que un abrazo y un beso nos llenaban de gordura. Que no teníamos que aparentar, porque hasta las luciérnagas iluminan la oscuridad. -Menos mal abuelo, sino que habría sido de mi, de nosotros. -Menos mal hijo. Espero que os guste. Con cariño MARÍA PESOS ARGÓMANIZ. Pero en vez ¿Pero en vez de coronavirus va a ser la lucha que hicieron nuestros padres cuando la educación en euskera estaba prohibida para sacar adelante las ikastolas para poder sacarlas, hicieron unas ikastolas para que nadie podría tocarlas con un currículum propio con una educación exclusiva. Y por hoy gracias a todos ellos podemos seguir soñando con esa educación y podemos ir generando y creando experimentando y sobre todo formando a grandes personas. Que sigan esa historia que empezaron esos soñadores

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Las luciérnagas de la esperanza

Todas las tardes me siento en el mismo paseo, Labastida ha sido el pueblo que me vio nacer, remanso de paz, rincón de alegría, pueblo medieval, villa de tierra fértil, campos de viña, caldos de vida. Miro el Toloño, en sus faldas cuida mimoso el pueblo, lo acaricia y lo tranquiliza cuando tiene frío. Majestuosas se levantan sus dos iglesias, sus casas escuchan embelesadas el repicar de sus campanas. Me gusta oír sus fuentes en el silencio. Me gusta oir su gentío. Añoro mis días jóvenes, recuerdo participar en todo, frontenis, danzas, carnavales, la ronda...me encantaban las épocas estivales porque se llenaban las casas, el calor de la gente vibraba y se contagiaba. Tengo grabadas todas sus caras, todos los momentos que morirán conmigo en calma.

Está anocheciendo y siento la brisa recorrer mi cuerpo, me encanta sentir como se pone la piel de gallina. Me siento viva, me gusta salir a la misma hora, cuando va a entrar en sol en su refugio. Me gusta pensar que él también descansa, aunque en el fondo sé que va a dar calor a otro lugares, que va a levantar a otros seres. Y entonces empieza a aparecer la princesa de mis sueños, aparece humilde, tímida y cuando sale la luciérnaga, la ayuda a brillar. Porque las luciérnagas también iluminan la oscuridad.

Esa tarde fue diferente, sentí que me trasladaba 40 años atrás con el relato que estaba a punto de escuchar. Todavía recuerdo aquellos días de sol de marzo de 2020, las viñas asomaban vergonzosas sus primeros brotes. Recuerdo ese sábado frente al televisor, las lágrimas brotaban con cada noticia, con cada mensaje, con cada expresión. Un país, y más países antes y posteriormente, fueron declarado en estado de alarma, nos teníamos que quedar recluidos, para que el vírus que venía de China, el maldito Coronavirus, parase. Sólo los héroes podrían ir a trabajar.

A lo lejos dos siluetas lentas, lograron sacarme de mis pensamientos. Los veía avanzar, iban de la mano. El niño ayudaba al abuelo a caminar. Era habitual ver a los nietos, junto sus abuelos. En mi época también era así, la diferencia era que ahora los niñ@s sabían escuchar más. Habían aprendido el valor de las palabras después de aquella pandemia de aquel fatídico marzo de 2020.

Se sentaron junto a mi, entrelazamos cuatro frases, me encantaba mirar los ojos de las personas. Inundaban de amor mi alma y además me estremeció ver con el afecto que se trataron ambos.

Seguí inmersa en el paisaje pero cuando su conversación fluyó, me atrapó:

-Hijo, te voy a contar una historia, ven, siéntate.

-¿El qué abuelo?

-Mira estas fotos, ven.

-Ese móvil está obsoleto abuelo, no se ve en 5D.

-Ay hijo, aprendí a darle el valor a las cosas a raíz de una historia que viví hace 40 años, allá en el año 2020.

-¿Qué pasó abuelo?

-Creíamos que lo teníamos todo, éramos de hierro, sólo pensábamos en nosotros mismos, a pesar de que la tierra lloraba. Vivíamos frenéticamente, aunque nuestros hijos nos pedían a gritos atención, no escuchábamos, nos limitabamos a darles lo que nos pedían y así callaban. No nos enseñaron a pelear, como lo hicieron nuestros abuelos, nosotros ya lo teníamos todo. Sólo mirábamos como unos tenían mucho y otros poco, como unos venían desde sus países y morían de hambre y otros teníamos los bolsillos llenos, y otros se los llenaban más. Pero nada importaba, porque estábamos gordos de desmesura, de vanidad, de egoísmo, de soledad en definitiva.

-¿Que triste abuelo, no jugabais?

-Yo si jugué, jugué al escondite, a la rayuela, a todos los juegos que jugáis hoy, jugábamos a estar juntos, a callejear, a polis y cacos, pero tu mamá los tuvo que aprender, después de que el planeta nos diera un tirón de orejas.

-¿A qué jugaba mamá?

-Mamá jugaba a ser mayor, jugaba a sacarse fotos y colgarlas, jugaba a relaciones ficticias y sin valor, jugaba a querer aparentar, a querer ser lo que no era.

-Yo no conozco ese juego, abuelo.

-Mejor hijo, y espero que no lo conozcas nunca.

-¿Qué pasó?

-Pasó, que un día una sociedad entera entró en pánico, pasó que una pandemia hizo que los gobiernos de diferentes países metieran a la gente en sus casas. Derrepente el mundo frenético se paró de golpe. No sabíamos que estaba ocurriendo. ¿Cómo era posible?, si éramos invencibles. Si estábamos en la era tecnológica, en la era de..... en la era de nada, de eso nos dimos cuenta hijo.

Lo que nunca tuvo valor pasó a ser de primera necesidad, el pan cobró un valor especial, empezaron a salir héroes sin capa que no sabíamos que existían, los héroes que tu mamá y papá creyeron, no eran héroes de verdad. Los que empezaron a cobrar una importancia especial, porque se dejaron la vida por los demás fueron: cajeras de supermercado, médicos, enfermeros y enfermeras, personal sanitario y de limpieza, reponedores, camioneros, panaderos, policías, ... la sanidad y la investigación entonces cobraron un lugar que nunca habían tenido. Éramos vulnerables, los hospitales públicos se quedaban pequeños, no había mascarillas, ni geles, ni alcohol, la gente se llevaba el papel higiénico como si el mundo fuera acabar.

-¿Porqué el papel, abuelo?

-Porque solo sabíamos imitar, imitábamos a los demás, nos dejábamos llevar por lo que nos contaban, nos creíamos las mentiras, habíamos perdido el sentido común y crítico, habíamos perdido la percepción de la realidad.

-Sigue abuelo... nunca me cansaré de escucharte.

-Fue nuestro despertar hijo, nos dimos cuenta de que sólo juntos teníamos el poder. De que la empatía y la unidad eran nuestra fuerza, aprendimos a pensar en el prójimo, a ser solidarios, a querer y a respetar a los nuestros, a nuestros vecinos, a pasar tiempo con ellos, aprendimos a levantar países, comunidades, a valorar el trabajo de los héroes, a que un abrazo y un beso nos llenaban de gordura. Que no teníamos que aparentar, porque hasta las luciérnagas iluminan la oscuridad.

-Menos mal abuelo, sino que habría sido de mi, de nosotros.

-Menos mal hijo.

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Publicado el 14/04/2026

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