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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un jardín lleno de colores, risas y pequeños descubrimientos, un grupo de niños que cada mañana llegaban con los ojos brillantes de curiosidad. El sol entraba por la ventana, iluminando las mesitas donde las manitos inquietas buscaban nuevas aventuras para vivir y aprender.
Aquella mañana, la seño propuso preparar masa casera. Sobre la mesa se veía la harina, el agua y unas gotitas de colorante que prometían magia. Los niños se acercaron entusiasmados, queriendo participar en cada paso. Mezclaban, tocaban y reían. La masa estaba fría, pegajosa y suave.
—¡Está fría! —dijo uno.
—¡Se siente suave! —respondió otro, sonriendo con sorpresa.
Entre ellos estaban dos mellizos que solían asistir al jardín acompañados por sus terapeutas. A veces, cuando ellas no venían, les costaba mantenerse en una sola actividad: caminaban por la sala, abrían las canillas o tiraban juguetes, como si todo los invitara a explorar. Pero esa mañana fue distinta. La masa los cautivó. Sus manos se hundieron en la mezcla con asombro, y sus risas se unieron a las de los demás. La seño los observó emocionada: por primera vez en mucho tiempo, ambos permanecían tranquilos en la mesa, compartiendo miradas y gestos con sus compañeros.
En ese momento, la sala se llenó de calma. Había algo mágico en ese juego: las texturas, los colores, el contacto con la masa y, sobre todo, la sensación de estar todos juntos, compartiendo una misma experiencia. No era solo una actividad sensorial, era una forma de comunicarse sin palabras.
Más tarde, los niños comenzaron a construir torres con bloques de madera. Se escuchaban los golpecitos suaves y las risas que llenaban el aire. Uno de los pequeños, al ver que su torre se caía una y otra vez, exclamó frustrado:
—¡No puedo hacerla!
La seño se acercó con paciencia y le preguntó:
—¿Qué podríamos hacer para que no se desarme?
El niño pensó un instante y respondió:
—Podemos poner los grandes abajo y los chiquitos arriba.
Probó de nuevo y, esta vez, la torre se mantuvo firme. Todos aplaudieron su logro, y su sonrisa mostró algo más que alegría: era confianza, orgullo y ganas de seguir intentando.
Al día siguiente, el aire del aula se llenó de olor a témpera y papel. En el piso, una ronda de guardapolvos de colores parecía florecer entre risas y pequeños zapatos. Esa mañana, la seño les contó que iban a conocer a un personaje muy importante: Domingo Faustino Sarmiento.
—El primer maestro —dijo, mostrando su retrato con una sonrisa.
Los niños la miraron atentos, como si hablara de un mago o de alguien que había traído las letras desde muy lejos.
—¿Y por qué usaban guardapolvos blancos? —preguntó uno desde la alfombra—. ¡Los nuestros son amarillos, rojos y con mariquitas!
La seño sonrió.
—Porque en la escuela todos somos iguales —respondió—. El guardapolvo nos une, como un abrazo de aprendizaje.
Cada niño recibió una silueta de guardapolvo para pegar sobre una hoja blanca. Dentro, dibujarían a su maestra, como símbolo de todos los que enseñan con amor. Las mesas se llenaron de colores, corazones y sonrisas concentradas.
Uno dibujó una seño gigante que abrazaba el aula entera.
Otra pintó flores en los bolsillos.
Alguien escribió su nombre por primera vez, con letras grandes y torcidas.
Había ruido, movimiento y alegría, pero también una emoción suave que envolvía a todos. Cada dibujo era una historia chiquita, un reflejo de lo que se aprende cuando el cariño acompaña la enseñanza.
Al final, colgaron los guardapolvos en una soga, uno al lado del otro, como una bandera blanca de gratitud.
La seño los miró con ternura, y un niño se acercó con su hoja en la mano.
—Mirá, seño… este sos vos.
Ella se agachó para mirarlo, y en ese silencio lleno de sentido comprendió que enseñar no estaba solo en los libros, sino en cada mirada, en cada gesto, en cada abrazo compartido.
Ese día, entre masas de colores, torres que crecían y dibujos que latían, Sarmiento volvió a nacer.
No en un retrato ni en una efeméride, sino en la experiencia viva del jardín: donde los saberes florecen con afecto, donde las manos aprenden jugando y donde cada niño, con su ritmo y su mirada, deja una huella que enseña.
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