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Gratis · elige una vozBenito era un conejito muy curioso y, ¡oh, cómo amaba las zanahorias! No le gustaban las lechugas ni el trébol, ni siquiera las jugosas fresas que crecían cerca de su madriguera. Solo quería zanahorias, zanahorias y más zanahorias. Un día, mientras saltaba por el campo, Benito encontró un huerto lleno de las zanahorias más grandes y brillantes que jamás había visto. ¡Eran enormes, casi del tamaño de sus patas! Sus ojos se iluminaron y, sin pensarlo dos veces, se adentró en el huerto.
Mordisqueó una zanahoria, luego otra, y otra más. ¡Eran las zanahorias más deliciosas que había probado en su vida! Siguió comiendo hasta que su barriguita estuvo llena y apenas podía moverse. De repente, sintió algo extraño. Sus orejas… ¡estaban creciendo! Al principio no lo notó mucho, pero cuanto más zanahorias comía, más largas se volvían sus orejas. ¡Eran tan largas que le rozaban el suelo al saltar!
"¡Vaya!", exclamó Benito, mirándose a sí mismo. Sus orejas eran ridículamente grandes. Pero no le importó mucho. Las zanahorias eran demasiado buenas para dejarlas. Siguió comiendo, y sus orejas siguieron creciendo. Pronto, ¡eran tan largas como sus brazos! Ahora, al correr, tenía que enrollar las orejas alrededor de su cuello para que no tropezara.
Desafortunadamente, el gran festín de zanahorias de Benito no pasó desapercibido. Un astuto zorro llamado Rufino había estado observando desde la distancia, con los ojos fijos en el conejito gordito con las orejas gigantes. Rufino era un cazador experimentado y, al ver a Benito tan distraído y lento, supo que era su oportunidad.
Rufino se acercó sigilosamente, escondiéndose detrás de los altos tallos de maíz que rodeaban el huerto. Benito, tan absorto en su banquete de zanahorias, no se dio cuenta del peligro que se acercaba. De repente, Rufino saltó de su escondite, listo para atrapar a Benito.
"¡Ajá! Te tengo!", gritó Rufino, extendiendo sus afiladas garras. Benito, al escuchar el grito, se sobresaltó y por poco no se atragantó con la zanahoria que estaba masticando. Al ver al zorro corriendo hacia él, sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. ¡Estaba en problemas!
Benito, a pesar de sus orejas gigantes y su barriguita llena, era un conejito rápido. Instintivamente, comenzó a correr. Pero sus largas orejas eran un obstáculo. Tropezaba con ellas a cada paso, y Rufino se acercaba cada vez más.
"¡No podrás escapar!", ladró Rufino, con una sonrisa maliciosa. Benito, desesperado, tuvo una idea. Recordó que había un agujero debajo de la cerca del huerto que usaba para entrar. Era su única esperanza. Con todas sus fuerzas, corrió hacia la cerca, enrollando sus orejas alrededor de su cuerpo para no tropezar.
Llegó a la cerca justo cuando Rufino estaba a punto de atraparlo. Se deslizó debajo del agujero, raspándose un poco la barriga, pero logró pasar. Rufino, demasiado grande para seguirlo, se quedó atascado en la cerca, gruñendo de frustración.
Benito, ya a salvo del otro lado de la cerca, se desplomó en el suelo, jadeando para recuperar el aliento. Estaba aterrorizado, pero también aliviado. Miró hacia atrás y vio a Rufino todavía tratando de liberarse de la cerca.
Con una sonrisa traviesa, Benito le sacó la lengua al zorro. "¡No me atraparás la próxima vez!", gritó. Luego, recordando sus enormes orejas, se dio cuenta de algo. ¡Eran tan pesadas! Le costaba mucho moverse.
Fue entonces cuando comprendió la lección. Tal vez demasiadas zanahorias no eran tan buenas después de todo. Decidió que era hora de volver a su dieta normal de lechugas y trébol. Lentamente, las orejas de Benito comenzaron a encogerse. Poco a poco, volvieron a su tamaño normal.
Desde ese día, Benito siguió amando las zanahorias, pero aprendió a comerlas con moderación. Nunca olvidó su aventura en el huerto y la vez que sus orejas crecieron tanto que casi lo meten en problemas. Y Rufino, bueno, aprendió que no todos los conejos son tan fáciles de atrapar.
Benito volvió a ser un conejito feliz, corriendo y saltando por el campo, con sus orejas de tamaño perfecto y un amor moderado por las zanahorias. Y aunque a veces soñaba con huertos llenos de zanahorias gigantes, siempre recordaba la importancia de la moderación y la astucia para escapar de un zorro hambriento.
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