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Había una vez, en un pequeño pueblo de casas con techos rojos y jardines siempre verdes, una perrita llamada Lasi. Lasi era una pequeña bola de pelo dorado, con orejas que subían y bajaban según su estado de ánimo y unos ojos oscuros que brillaban con una inteligencia asombrosa. Pero lo que realmente definía a Lasi no era su aspecto, sino su inmensa lealtad hacia su dueño, el señor Mateo. Don Mateo era un hombre de manos grandes y voz suave que vivía solo en una casita al final de la calle de los Olmos. Desde que Lasi llegó a su vida siendo apenas un cachorro que cabía en la palma de su mano, ambos se volvieron inseparables.
Cada mañana, el ritual era el mismo: Lasi despertaba a Don Mateo con un suave lametón en la mano, y juntos salían a caminar por el sendero que bordeaba el río. Mateo le lanzaba una vieja pelota de tenis de color amarillo desgastado, y Lasi corría como el viento para atraparla, regresando siempre con el rabo agitándose como una bandera de felicidad. Los vecinos decían que no se sabía dónde terminaba la sombra de Mateo y dónde empezaba la de Lasi, pues siempre caminaban al mismo compás. En el mercado, en la plaza o bajo el gran roble del parque, la pareja era el símbolo de la amistad más pura.
Sin embargo, un invierno especialmente crudo, el aire se volvió pesado y el frío comenzó a colarse por las rendijas de las ventanas. Don Mateo, que ya no era un joven, empezó a sentirse muy cansado. Una tarde, mientras intentaba encender la chimenea, un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo y tuvo que sentarse de inmediato. Lasi, que estaba mordisqueando un juguete en un rincón, se detuvo en seco. Dejó caer el juguete y se acercó lentamente, apoyando su cabeza húmeda sobre la rodilla de su amo. Podía oler que algo no estaba bien; el aroma a tabaco de pipa y jabón de lavanda de Mateo había sido reemplazado por un olor agrio y febril.
Esa noche, Don Mateo no pudo levantarse para preparar la cena. Se metió en la cama con mucha dificultad, temblando bajo las mantas. Lasi, sin que nadie se lo pidiera, saltó a los pies de la cama. Elena, la hija de Mateo, llegó poco después para cuidarlo. Al ver a su padre tan enfermo, llamó al médico del pueblo.

—Es una gripe muy fuerte —dijo el doctor tras examinarlo—. Necesita descanso absoluto, mucha agua y medicina. Pero, sobre todo, necesita tranquilidad.
Elena intentó llevarse a Lasi a la cocina para que comiera, pero la perrita se negó a moverse. Se quedó allí, como una pequeña estatua de oro al pie de la cama. Cuando Elena intentó ponerle la correa para dar un paseo corto, Lasi se hizo un ovillo y escondió el hocico entre las patas, emitiendo un gemido lastimero. No quería juegos, no quería comida y, sobre todo, no quería dejar solo a su amo. Sus ojos estaban fijos en el rostro pálido de Mateo, vigilando cada una de sus respiraciones.
Pasaron tres días y tres noches. La fiebre de Mateo subía y bajaba como una marea inquieta. Durante las horas más oscuras, cuando Mateo deliraba un poco por el calor de la fiebre, sentía algo cálido y constante cerca de sus pies. Era Lasi, que permanecía en vigilia, apenas cerrando los ojos por unos minutos antes de volver a ponerse alerta ante cualquier suspiro o movimiento de su dueño. Elena le ponía el plato de comida justo al lado de la cama, y solo entonces Lasi comía unos pocos bocados, siempre sin perder de vista la figura bajo las mantas.
En la cuarta noche, la más fría de todas, la crisis llegó a su punto máximo. Mateo respiraba con dificultad y Elena estaba muy preocupada. Lasi se levantó de los pies de la cama y se acercó a la almohada. Con una delicadeza infinita, lamió la mejilla ardiente de Mateo y luego se acurrucó contra su costado, transmitiéndole el calor de su propio cuerpo. Fue un acto de amor instintivo, un intento de recordarle a su amo que no estaba solo en esa lucha.

Hacia el amanecer, el sudor de Mateo se volvió frío y su respiración se calmó. El sol empezó a filtrar sus primeros rayos dorados a través de las cortinas. Lasi, que no se había movido en toda la noche, sintió un cambio en el ritmo del corazón de su dueño. De repente, Mateo abrió los ojos. Estaban claros de nuevo. Miró a su lado y vio los ojos vigilantes de su pequeña amiga.
—Hola, valiente Lasi —susurró Mateo con una voz débil pero firme. Extendió una mano temblorosa y acarició las orejas de la perrita. Lasi respondió con un ladrido corto y alegre, el primero que emitía en días, y comenzó a lamerle la mano con entusiasmo contenido.
La recuperación fue lenta, pero cada día Mateo se sentía más fuerte gracias a su enfermera de cuatro patas. Lasi no se separó de él ni un segundo durante las semanas de convalecencia, acompañándolo en sus primeros pasos por la habitación y luego por el pasillo. El médico, al regresar para la última revisión, sonrió al ver a la perrita sentada orgullosamente junto al sillón de Mateo.
—He recetado muchas medicinas en mi vida —comentó el doctor—, pero creo que ninguna ha sido tan efectiva como la lealtad de esta pequeña.
Finalmente, llegó la primavera. Los árboles de la calle de los Olmos se llenaron de brotes verdes y el sol calentaba el asfalto. Don Mateo y Lasi salieron por fin a su paseo habitual por el río. Mateo caminaba un poco más despacio, apoyado en un bastón de madera, pero Lasi trotaba a su lado, deteniéndose cada pocos pasos para asegurarse de que su amo seguía allí. Cuando llegaron al gran roble, Mateo se sentó en el banco y sacó la vieja pelota amarilla. La lanzó no muy lejos, y Lasi corrió tras ella con la misma alegría del primer día. Al regresar, dejó la pelota a los pies de Mateo y se sentó a observar el paisaje. Sabían que, pasara lo que pasara, siempre se cuidarían el uno al otro, porque el amor de un perro no conoce de enfermedades ni de cansancio; es un vínculo que simplemente no sabe cómo soltar.
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