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Leia, con sus cuatro añitos y un lazo rosa enorme en el pelo, estaba comiendo una manzana. ¡Crunch! De repente, hizo una mueca extraña. "Mamá, papá, ¡algo raro pasa en mi boca!" dijo Leia, señalando su sonrisa con un dedo lleno de jugo de manzana.
Sus padres, Sofía y Miguel, se acercaron preocupados. "A ver, mi amor," dijo Sofía, suavemente. Leia abrió la boca y, ¡oh sorpresa!, uno de sus dientes de abajo se movía un poquito. ¡Bailaba como si estuviera escuchando música!
Mamá Sofía sonrió. "¡Leia, cariño, creo que tu diente quiere irse de vacaciones!" dijo con una risita.
Leia frunció el ceño. "¿Vacaciones? ¿A dónde? ¿Y quién lo va a llevar?"
Papá Miguel se sentó junto a ella. "Pues verás, Leia, cuando un diente se mueve así, significa que está listo para dejarle espacio a un diente nuevo, más grande y fuerte. Y hay un amigo muy especial que se encarga de recoger los dientes que se caen: ¡el Ratoncito Pérez!"
Los ojos de Leia se abrieron como platos. "¿Un ratón? ¿Que se lleva los dientes? ¿En serio?"
Sofía asintió. "¡Sí! Es un ratoncito muy trabajador y muy, muy bueno. Recoge los dientes que se caen y, a cambio, deja una monedita debajo de la almohada para el niño o la niña."
Leia se tocó el diente con la lengua. ¡Se movía aún más! "¿Y cómo sabe el Ratoncito Pérez que mi diente se ha caído?"
Miguel explicó: "Tiene un radar especial, Leia. ¡Un radar de dientes! Puede sentir cuando un diente está listo para caerse. Y es muy sigiloso, nunca lo verás."
Esa noche, Leia no podía dejar de tocarse el diente. ¡Parecía que bailaba un vals! Estaba emocionada y un poco nerviosa. ¿Realmente iba a venir un ratón a su habitación?
Antes de dormir, Sofía leyó a Leia su cuento favorito sobre una princesa y un dragón. Pero Leia estaba demasiado ocupada pensando en el Ratoncito Pérez. Imaginaba un ratón pequeñito con un sombrero y un traje, llevando una mochila llena de dientes.
Finalmente, el sueño la venció. Durmió profundamente, con el lazo rosa ligeramente torcido y una sonrisa de anticipación en sus labios.
Por la mañana, Leia se despertó con un sobresalto. ¡Algo había cambiado! Se tocó la boca y... ¡el diente ya no estaba! Un hueco pequeño y liso la saludó. ¡Se había caído!
Con el corazón latiendo rápido, Leia levantó la almohada. ¡Allí estaba! Una moneda brillante relucía en la oscuridad. ¡El Ratoncito Pérez había venido!
Leia saltó de la cama y corrió a contárselo a sus padres. "¡Mamá, papá, el Ratoncito Pérez vino! ¡Me dejó una moneda!" gritó emocionada.
Sofía y Miguel se abrazaron a Leia. "¡Te lo dijimos! El Ratoncito Pérez siempre cumple su promesa," dijo Sofía.
Leia pasó el resto del día mostrando su hueco a todos. A su abuela, al cartero, incluso al perro vecino. ¡Era el día más emocionante de su vida!
Por la noche, Leia guardó la moneda en su alcancía con forma de cerdito. Sabía que el Ratoncito Pérez se llevaría más dientes en el futuro, y estaba deseando que volvieran a bailar. Ahora sabía que perder un diente no era nada triste, ¡sino una aventura emocionante con un ratón muy especial!
Antes de dormir, le escribió una nota al Ratoncito Pérez. "Gracias, Ratoncito Pérez," escribió con letras grandes y torcidas. "Me gusta mucho mi moneda. ¡Espero que te gustara mi diente!"
Luego, Leia colocó la nota debajo de su almohada y se durmió, soñando con ratones con sombreros y mochilas llenas de dientes brillantes. Y aunque nunca lo vio, Leia supo que el Ratoncito Pérez, en algún lugar, sonreía al leer su mensaje.
Al día siguiente, Sofía le contó a Leia que el Ratoncito Pérez usaba los dientes para construir escaleras y castillos en un mundo mágico bajo la ciudad. Así, cada diente perdido se convertía en algo maravilloso y Leia se sentía feliz de haber contribuido a ese mundo secreto. Ahora, Leia esperaba con ansias que otro diente comenzara su vals, lista para la próxima visita del Ratoncito Pérez.
Desde ese día, Leia entendió que crecer era una aventura llena de sorpresas, a veces un poco raras como un diente que baila, pero siempre mágicas y emocionantes. Y cada vez que veía a alguien sonreír con un hueco en la boca, Leia sonreía también, sabiendo que ese diente ahora estaría ayudando a construir un castillo en un mundo secreto, gracias al Ratoncito Pérez.
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