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Leo era un niño de preescolar muy, muy grande, ¡casi como un oso cachorro! Le encantaba jugar, pero a veces jugaba de una manera que no gustaba a los demás. Empujaba a Sofía cuando quería usar los bloques, pellizcaba a Mateo si le quitaba un juguete, y a veces, ¡ay!, hasta pegaba a Daniela si se reía muy fuerte.
Los demás niños de la clase, Lila, Pablo, y Carlota, empezaron a tenerle un poco de miedo. Ya no querían jugar con Leo. Cuando lo veían acercarse, se escondían detrás de la maestra, la Señora Elena, o se ponían a pintar muy concentrados, esperando que Leo se fuera.
"¡No quiero jugar con Leo!" decía Lila con los ojos llenos de lágrimas. "¡Me pellizcó porque quería la plastilina rosa!"
"¡A mí me empujó y me caí!" se quejaba Mateo, mostrando su rodilla raspada.
La Señora Elena, que era muy sabia y cariñosa, se dio cuenta de que algo no iba bien. Reunió a todos los niños en la alfombra mágica, la que siempre usaban para contar historias y cantar canciones.
"Niños," dijo la Señora Elena con una voz suave, "he notado que algunos de ustedes no están muy contentos cuando Leo está cerca. ¿Alguien quiere contarme qué pasa?"
Todos se miraron con timidez. Finalmente, Carlota levantó la mano.
"Leo a veces nos hace daño," dijo Carlota con voz temblorosa. "Empuja, pellizca y pega. ¡Queremos que Leo sea un buen compañero!"
La Señora Elena asintió con comprensión. "Entiendo. Es muy importante que todos nos sintamos seguros y felices en la clase. ¿Qué creen que podríamos hacer para ayudar a Leo a ser un buen compañero?"
Los niños empezaron a pensar. Pablo, que era muy bueno construyendo cosas, dijo: "¡Podríamos hacer reglas! Reglas para jugar bien juntos."
"¡Sí!" exclamaron los demás.
Y así, en la alfombra mágica, los niños empezaron a crear sus propias reglas de convivencia. La Señora Elena los ayudó a escribir las reglas en un cartel grande, con letras coloridas y dibujos bonitos.
La primera regla fue: "No empujar a los amigos". Dibujaron a un niño ayudando a otro a levantarse.
La segunda regla fue: "No pellizcar ni pegar". Dibujaron dos manos dándose un apretón de manos.
La tercera regla fue: "Compartir los juguetes". Dibujaron a dos niños jugando juntos con un camión.
La cuarta regla, y la más importante, fue: "Usar las palabras para decir cómo nos sentimos". Dibujaron a un niño hablando con otro, con una burbuja de diálogo llena de corazones.
Cuando terminaron de escribir las reglas, la Señora Elena llamó a Leo. Leo se acercó, un poco asustado, porque veía a todos los niños reunidos y el cartel nuevo.
"Leo," dijo la Señora Elena con una sonrisa, "los niños han creado estas reglas para que todos podamos jugar juntos de manera feliz y segura. ¿Quieres que te las expliquemos?"
Leo asintió con la cabeza, mirando el cartel con curiosidad. Los niños, uno por uno, le explicaron las reglas. Le mostraron los dibujos y le explicaron por qué era importante seguirlas.
Leo escuchó con atención. Parecía un poco avergonzado. Cuando terminaron de explicarle, Leo dijo en voz baja: "Lo siento. No quería hacerles daño. No sabía cómo jugar bien."
La Señora Elena le puso una mano en el hombro. "Leo, todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos y tratar de hacerlo mejor la próxima vez. ¿Quieres intentarlo?"
Leo asintió con entusiasmo. A partir de ese día, Leo se esforzó mucho por seguir las reglas. Al principio, le costó un poco. A veces, cuando quería un juguete, sentía la tentación de empujar. Pero entonces recordaba la regla: "Usar las palabras para decir cómo nos sentimos". Y en lugar de empujar, decía: "¿Puedo jugar contigo con el camión, por favor?".
Los demás niños, al ver el esfuerzo de Leo, empezaron a confiar en él otra vez. Lo invitaban a jugar, le sonreían y le daban las gracias cuando compartía sus juguetes.
Un día, Lila estaba construyendo una torre muy alta con los bloques. De repente, la torre se tambaleó y Lila gritó: "¡Oh, no! Se va a caer!"
Leo, en lugar de empujar para coger los bloques, corrió a ayudar a Lila a sostener la torre. Juntos, lograron estabilizarla y evitar que se cayera.
Lila le sonrió a Leo. "¡Gracias, Leo! Me has salvado la torre!"
Leo se sintió muy feliz. Se dio cuenta de que era mucho más divertido ayudar a los demás que empujarlos o pellizcarlos. Aprendió que compartir y ser amable le hacía sentir mucho mejor por dentro.
Desde ese día, Leo se convirtió en un verdadero amigo. Jugaba con los demás, compartía sus juguetes y siempre usaba sus palabras para expresar sus sentimientos. Y lo más importante, ¡aprendió a compartir alegría con todos sus compañeros!
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