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Gratis · elegí una vozHabía una vez un pequeño león llamado Leo que vivía en la gran sabana dorada. Leo era muy valiente, le encantaba rugir bien fuerte y correr más rápido que las gacelas. Pero a veces, Leo sentía una cosita extraña en su pecho, como si una nube gris y esponjosa se posara allí y le hiciera sentir nervioso y preocupado sin saber por qué. Era una nube traviesa que le hacía cosquillas raras en el corazón.
Un día soleado, mientras jugaba a las carreras con sus amigos, la jirafa Gigi y el elefante Elías, Leo sintió que esa nube se hacía más grande y oscura. Le costaba respirar y sus patitas temblaban un poquito. Se sentó bajo la sombra fresca de un árbol de acacia y cerró los ojos, intentando que la nube traviesa se fuera a molestar a otro lado. Sintió como si tuviera un nudo en la barriga.
De repente, un aleteo suave le rozó la nariz. Abrió los ojos y vio una mariposa brillante, con alas de todos los colores del arcoíris. Se llamaba Luz y parecía irradiar alegría por todos lados.
—Hola, Leo —dijo Luz con una voz tan dulce como la miel—. Veo que tienes una nube nerviosa contigo. ¡Qué nube más grande! ¿Quieres que te ayude a entenderla? ¡Yo soy experta en nubes!
Leo asintió con curiosidad. Nunca había visto una mariposa tan brillante ni tan amable. Le contó a Luz sobre la nube gris que a veces lo visitaba y lo hacía sentir raro.
—Cuando sientes esa nube —explicó Luz, revoloteando alrededor de Leo— es porque tu cuerpo y tu corazón te están diciendo que algo te preocupa mucho, aunque a veces no sepas exactamente qué es. Es como un mensaje secreto que tu cuerpo te envía. Eso se llama ansiedad. ¡Pero no te preocupes! Todos tenemos nubes nerviosas de vez en cuando.
—¿Ansiedad? ¡Qué nombre más raro! ¿Y qué puedo hacer para que la nube se vaya y me deje jugar tranquilo? —preguntó Leo, mirando a la nube imaginaria que aún sentía en su pecho.
—¡Hay muchas cosas que puedes hacer! —exclamó Luz—. Primero, puedes respirar profundo y contar hasta cinco mientras imaginas que soplas la nube lejos con tu aliento. ¡Como si estuvieras inflando un globo gigante! También puedes hablar con alguien de confianza sobre lo que sientes, como mamá Leona, papá León o tus amigos Gigi y Elías. A veces, contar nuestros secretos a alguien hace que la nube se deshaga como el algodón de azúcar bajo la lluvia.
Luz continuó explicándole: —Además, puedes intentar hacer algo que te guste mucho, como dibujar, cantar o simplemente observar las nubes de verdad en el cielo. ¡Eso siempre ayuda! Y recuerda, Leo, que la nube nerviosa no es tu enemiga. Solo está intentando avisarte de algo.
Leo probó a respirar profundo, tal como le había enseñado Luz. Inhaló aire fresco por la nariz y sintió cómo se llenaban sus pulmones. Luego, exhaló lentamente por la boca, contando despacio: uno... dos... tres... cuatro... cinco... Mientras exhalaba, imaginó que soplaba la nube gris lejos, muy lejos, hacia las montañas azules. Y poco a poco, la nube comenzó a hacerse más pequeña, como si se estuviera desinflando, hasta casi desaparecer.
—¡Está funcionando! —exclamó Leo, sonriendo por primera vez en mucho rato.
—¡Claro que sí! —dijo Luz—. La respiración mágica siempre funciona. Ahora, ¿por qué no intentas hablar con tus amigos sobre cómo te sientes? Gigi y Elías seguro que te entenderán.
Leo se acercó a sus amigos, que lo miraban con preocupación. Les contó sobre la nube nerviosa y cómo a veces lo hacía sentir triste y asustado sin motivo aparente. Gigi y Elías lo escucharon con atención y lo abrazaron fuerte.
—¡A nosotros también nos pasa a veces! —dijo Gigi—. Yo me pongo nerviosa cuando tengo que subirme a los árboles más altos.
—Y yo me preocupo cuando no encuentro mis cacahuates favoritos —añadió Elías.
Leo se sintió mucho mejor al saber que no estaba solo. Jugaron juntos al escondite y corrieron por la sabana hasta que el sol comenzó a ponerse. La nube nerviosa había desaparecido por completo.
Desde entonces, cada vez que la nube traviesa aparecía, Leo sabía cómo calmarla. Respiraba profundo, hablaba con sus amigos y hacía cosas que le gustaban mucho. Aprendió que la nube nerviosa no era algo malo, sino una señal de que necesitaba cuidarse y expresar sus sentimientos. Y así, Leo León siguió siendo el león valiente y feliz que siempre había sido, incluso con una nube traviesa de vez en cuando.
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