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Había una vez, en un rincón escondido entre montañas de cristal, un lugar llamado Villa Bienestar. En este pueblo, las casas tenían forma de frutas y los caminos estaban hechos de semillas crujientes. Leo, un niño de ocho años con el cabello castaño siempre despeinado y una curiosidad infinita, vivía allí junto a su mejor amiga Mía, una niña de trenzas negras azabache y una risa que sonaba como campanitas. Leo vestía siempre su camiseta verde favorita y pantalones cortos azules, mientras que Mía prefería sus petos morados sobre una camiseta blanca.
Un lunes por la mañana, algo extraño sucedió. El cielo, que normalmente era de un azul vibrante, se volvió de un gris pálido, como el color de un calcetín viejo. Las flores de brócoli gigante en los jardines se marchitaron y los habitantes empezaron a caminar arrastrando los pies, bostezando a cada paso.
—¿Qué está pasando, Mía? —preguntó Leo, frotándose los ojos—. Me siento como si mis piernas estuvieran hechas de gelatina.
—Yo también —respondió Mía con un bostezo gigante—. Ni siquiera tengo ganas de correr hacia el Gran Roble.
Decidieron investigar. Caminaron hacia la periferia del pueblo, donde el aire se sentía pesado. Allí encontraron a Don Terrón, un gigante que parecía un malvavisco enorme y esponjoso, sentado en una roca. Don Terrón solía ser blanco y brillante, pero ahora estaba amarillento y rodeado de envoltorios de caramelos y botellas de refrescos vacías.

—¡Oh, pequeños! —suspiró Don Terrón—. He descubierto la Cueva de los Dulces Infinitos y he dejado de comer cualquier otra cosa. También me di cuenta de que es más cómodo quedarse sentado viendo las nubes que jugar al escondite.
Leo y Mía miraron a su alrededor. La Cueva de los Dulces Infinitos emanaba un olor empalagoso que, aunque al principio parecía rico, pronto les revolvió el estómago. Se dieron cuenta de que la falta de color en el valle no era magia negra, sino el resultado de que todos habían dejado de cuidar sus cuerpos. La Fuente de la Vitalidad, que nutría a todo el valle con agua cristalina, estaba atascada con azucarillos y papeles brillantes.
—¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Leo—. Si no recuperamos nuestros hábitos, el valle desaparecerá en una nube de gris y cansancio.
Primero, Leo y Mía se dirigieron a la Fuente de la Vitalidad. Con mucho esfuerzo, empezaron a retirar los envoltorios pegajosos. A medida que el agua volvía a fluir, limpia y fresca, sintieron una pequeña chispa de energía. Leo bebió un gran sorbo y sintió cómo el frescor recorría su cuerpo, despertando sus músculos.
—¡Paso dos: el Arcoíris en el Plato! —anunció Mía. Corrieron a los huertos descuidados y empezaron a cosechar zanahorias naranjas, espinacas de un verde profundo y arándanos azulados. Prepararon una gran ensalada colorida y se la llevaron a Don Terrón.

Al principio, el gigante frunció el ceño. Estaba acostumbrado al sabor extremadamente dulce de los caramelos. Pero al dar el primer bocado a una rodaja de sandía fresca, sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Es... es como si estuviera comiendo rayos de sol! —exclamó Don Terrón. Poco a poco, el color blanco brillante regresó a su piel.
Finalmente, el tercer paso era el más divertido: el Festival del Movimiento. Leo sacó una pelota de cuero y empezó a dar saltos, mientras Mía organizaba una carrera de obstáculos sobre los troncos de los árboles caídos. Al verlos, otros niños y adultos de Villa Bienestar empezaron a salir de sus casas. Al principio se movían lentos, pero a medida que sus corazones latían más rápido, el gris del cielo empezó a disolverse, dando paso a un atardecer púrpura y dorado espectacular.
Don Terrón intentó levantarse. Fue difícil al principio, pero Leo y Mía lo ayudaron. Juntos, hicieron una gran cadena humana y bailaron al ritmo del viento entre los árboles. El ejercicio hizo que el sudor limpiara las toxinas de sus cuerpos y que la alegría regresara a sus rostros.
Esa noche, Leo y Mía se sentaron en la colina. El valle volvía a brillar con luces multicolores. Habían aprendido que los dulces pueden ser ricos de vez en cuando, pero que el agua, las verduras y el movimiento son el verdadero combustible para las grandes aventuras. Se fueron a dormir temprano, sabiendo que mañana tendrían energía suficiente para explorar las Montañas de Cristal, porque un cuerpo sano es el mejor mapa para descubrir el mundo.
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- ¿Cuáles fueron los tres pasos que Leo y Mía siguieron para devolverle la salud al pueblo?
- ¿Qué lección aprendió el gigante Don Terrón sobre la comida y el ejercicio al final de la historia?
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