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Me llamo Leo y ayer la noche se sentía diferente, como si el aire guardara un secreto que solo los que están despiertos pueden escuchar. Salí al patio trasero de mi casa porque el sueño se me había escapado por la ventana. El césped estaba un poco húmedo y fresco bajo mis pies descalzos, y el silencio era tan profundo que podía oír el latido de mi propio corazón. Me recosté en el viejo columpio de madera, ese que chirría un poquito cuando se mueve, y me quedé mirando hacia arriba. El cielo era un manto de terciopelo azul oscuro, casi negro, salpicado de puntitos brillantes que parecían diamantes espolvoreados por un gigante.

Estaba allí, balanceándome suavemente, cuando de repente ocurrió algo asombroso. Un trazo de luz purísima y veloz rasgó la oscuridad. No fue un parpadeo, fue una línea de fuego plateado que cruzó el firmamento con una elegancia que me dejó sin aliento. ¡Una estrella fugaz! Mi corazón dio un vuelco. Recordé lo que decía mi abuelo sobre las oportunidades que pasan volando, así que contuve la respiración, cerré los ojos con fuerza y pedí un deseo. No lo pensé dos veces; el deseo salió de mi pecho como un pájaro que busca su nido.

Tú apareciste entonces, caminando con esa cautela de quien no quiere romper el encanto de la madrugada. Te acercas sigiloso y te sientas a mi lado en el columpio sin decir una sola palabra, permitiendo que el vaivén nos una en el mismo ritmo. Yo no necesito abrir los ojos para saber que eres tú, porque el aire se llena de repente de ese aroma dulce y reconfortante que siempre te acompaña: hueles a galletas de chocolate recién horneadas, a hogar y a tardes de juegos. Me preguntas en voz muy bajita, casi en un susurro para no asustar a los grillos: “¿La viste también?”. Tus ojos, que siempre parecen buscar respuestas en los rincones más insospechados, brillan con la misma intensidad que el rastro que dejó la estrella. Tú también habías pedido un deseo, lo noto en la forma en que aprietas tus manos sobre las rodillas, pero no me dices cuál es. Yo sonrío en la penumbra porque entiendo perfectamente que hay tesoros que pierden su brillo si se cuentan demasiado pronto. Sé que los mejores deseos se guardan bajo llave en el rincón más secreto del alma.
Yo rompí el silencio después de un rato para contarte mi gran anhelo. Te confesé que siempre había querido tener un telescopio de verdad, uno de esos largos y potentes con los que se pueden ver los anillos de Saturno y los valles polvorientos de la Luna. Quería traer las estrellas a mi habitación, sentir que el universo no está tan lejos. Tú me miraste con esos ojos llenos de chispas y, con una seguridad que me contagió de inmediato, me dijiste que si ahorrábamos juntos, moneda a moneda, tarde o tarde, lo conseguiríamos. Me hablaste de un tarro de cristal que tenías en tu estante y de cómo podíamos juntar nuestros domingos para comprar el lente más brillante del mercado. En ese preciso momento, mientras el columpio seguía su baile lento, sentí que mi deseo ya se estaba cumpliendo de una forma inesperada. Me di cuenta de que tener un amigo que esté dispuesto a construir puentes hacia la Luna contigo vale mucho más que cualquier estrella lejana.
Y así fue como esa noche mágica, yo y tú nos quedamos hasta muy tarde, desafiando al sueño y al frío, inventando nombres disparatados para las constelaciones que veíamos sobre nuestras cabezas. Bautizamos a un grupo de estrellas como “La Galleta Mordida” y a otro como “El Perro de Tres Colas”. Reímos bajito, compartiendo planes y promesas bajo la vigilancia de la Vía Láctea. Desde entonces, cada vez que miramos al cielo y vemos una estrella fugaz cruzar el horizonte, ya no nos sentimos pequeños. Sabemos que es nuestra señal, un guiño cósmico que nos recuerda que debemos seguir soñando juntos, porque mientras estemos el uno para el otro, no habrá galaxia que sea demasiado lejana para nosotros.
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