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Había una vez un niño llamado Leo, un pequeño de siete años con el cabello castaño siempre alborotado y una curiosidad que no cabía en su pequeña habitación. A Leo no le interesaban los coches de juguete ni los bloques de construcción; lo que realmente le fascinaba era el cielo nocturno. Cada noche, pegaba su nariz al cristal de la ventana y trataba de contar las estrellas, imaginando que eran diamantes prendidos de un manto de terciopelo azul oscuro.
Una tarde de lluvia, mientras exploraba el desván de su abuelo, Leo encontró algo extraordinario bajo una lona polvorienta: un telescopio de madera antigua con grabados de constelaciones que brillaban con luz propia. Al limpiarlo con la manga de su pijama amarillo con estrellas azules, el telescopio vibró suavemente. Leo, emocionado, lo llevó a su habitación y esperó a que las nubes se disiparan.
Cuando la primera estrella, Vega, asomó en el firmamento, Leo ajustó la lente. Pero en lugar de ver un punto de luz lejano, sintió un tirón en el ombligo. ¡Zas! En un parpadeo, la habitación de Leo desapareció. Ya no estaba sentado en su alfombra, sino flotando en medio de una nebulosa de colores vibrantes. El espacio no era negro y vacío como pensaba; era un festival de púrpuras, rosas y naranjas que danzaban a su alrededor como algodón de azúcar cósmico.
—¡Guau! —exclamó Leo, dándose cuenta de que podía nadar por el aire estelar. Sus pies, aún en sus pantuflas, pateaban suavemente el polvo de estrellas que brillaba como purpurina dorada.
De repente, una voz profunda y melodiosa resonó en el vacío. —¿Eres tú quien ha venido a ayudarme? —preguntó un planeta gigante de color naranja brillante, rodeado por majestuosos anillos de hielo y roca. El planeta tenía un rostro amable formado por remolinos de nubes.

—Me llamo Leo —respondió el niño, asombrado—. ¿Quién eres tú?
—Soy Orizón —dijo el gigante—. Y estoy muy triste. Mi luna más pequeña, Lunita, se ha perdido tras una lluvia de meteoritos traviesos. Sin ella, mis mareas están confundidas y mis anillos no brillan con la misma alegría.
Leo, que tenía un corazón tan grande como una galaxia, prometió ayudar. Orizón le indicó el camino hacia el Cinturón de Asteroides, un lugar donde las rocas espaciales jugaban a las escondidas. Leo nadó con determinación, esquivando cometas que dejaban rastros de luz esmeralda a su paso.
Al llegar al cinturón, escuchó un suave sollozo. Escondida detrás de una roca espacial que parecía una enorme patata gris, estaba Lunita. Era una esfera pequeña y nacarada que emitía una luz plateada muy tenue. Estaba asustada y rodeada de asteroides que daban vueltas a su alrededor, impidiéndole salir.
—No temas, Lunita —dijo Leo con voz dulce—. Orizón me ha enviado. Agárrate a mi mano.

Leo extendió su mano y Lunita, al tocarlo, recuperó su brillo intenso. Juntos, iniciaron el viaje de regreso. El camino no fue fácil; tuvieron que cruzar un río de gravedad que intentaba arrastrarlos hacia un agujero negro que bostezaba a lo lejos, pero Leo recordó las historias de su abuelo sobre la valentía y mantuvo a Lunita a salvo contra su pecho.
Cuando finalmente llegaron ante Orizón, el gran planeta rugió de felicidad. Al recuperar a su pequeña compañera, un estallido de luz blanca recorrió todo el sistema solar. Los anillos de Orizón comenzaron a girar con una armonía musical, lanzando destellos de todos los colores del arcoíris.
—Gracias, pequeño viajero —dijo Orizón—. Has demostrado que no hace falta ser grande para hacer cosas increíbles. El universo siempre recordará tu nombre.
Como recompensa, Orizón sopló una brisa estelar que envolvió a Leo. El niño sintió que sus ojos se cerraban, pesados por el sueño y la aventura. Cuando los abrió de nuevo, estaba de vuelta en su cama. El sol comenzaba a asomar por el horizonte y el telescopio de madera descansaba silencioso junto a su ventana.
Leo se levantó y se miró en el espejo. Aunque parecía el mismo niño de siempre, notó algo diferente: en el bolsillo de su pijama amarillo, encontró un pequeño trozo de piedra plateada que brillaba con una luz suave. Sonrió, sabiendo que el universo no era solo un lugar lejano, sino un amigo que siempre estaría esperando su próxima visita.
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