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León era un niño al que le encantaban los colores. Rojo como las fresas, azul como el cielo después de la lluvia, amarillo como el sol que lo despertaba cada mañana. Pintaba arcoíris en las paredes de su habitación con crayones, dibujaba flores moradas en el patio con tiza, y hasta comía zanahorias solo por su color naranja brillante.
Un día, mientras caminaba por el bosque cercano a su casa, escuchó un sollozo. Era un sonido suave y tembloroso que venía de detrás de un enorme árbol de hojas plateadas. León, curioso y un poco asustado, se acercó con cautela.
Detrás del árbol, acurrucado en el suelo, estaba un monstruo. No era un monstruo aterrador como los que aparecían en los cuentos. Este era pequeño, peludo y de un color gris apagado. Sus ojos, grandes y redondos, estaban llenos de lágrimas.
"¿Qué te pasa?" preguntó León, acercándose lentamente.
El monstruo lo miró con tristeza. "Soy Colorín… o bueno, era Colorín," dijo con voz ronca. "Yo me comía los colores… ¡pero ahora no puedo!"
León frunció el ceño. "¿Comías colores? ¿Cómo es eso?"
"Era mi trabajo," explicó Colorín. "Yo vivía en el Arcoíris y me encargaba de mantener los colores brillantes y vivos. Comía un poquito de cada color para recargar mis energías. Pero ahora, no sé por qué, cada vez que intento comer un color, ¡se vuelve gris!"
León miró a Colorín con compasión. Entendía lo importante que eran los colores. Un mundo sin colores sería un mundo triste y aburrido. "¿Y qué va a pasar con el Arcoíris?" preguntó.
Colorín suspiró. "Si no puedo comer colores, el Arcoíris se apagará. Todo se volverá gris." El monstruito volvió a sollozar.
León pensó rápidamente. Él amaba los colores más que a nada. Tenía que ayudar a Colorín. "¡Ya sé!" exclamó. "Vamos a mi casa. Tengo muchos colores ahí. Podemos intentar algo."
Colorín, con un poco de esperanza en sus ojos, asintió. León lo ayudó a levantarse y juntos caminaron hasta la casa del niño.
Una vez en la habitación de León, Colorín se maravilló con la explosión de colores. Había crayones de todos los tonos, pinturas brillantes, papeles de colores y juguetes multicolores.
"¡Guau!" exclamó Colorín, con los ojos bien abiertos. "¡Nunca había visto tantos colores juntos!"
León le ofreció un crayón rojo. "Intenta comer este," le dijo.
Colorín, con cuidado, tomó el crayón y le dio un pequeño mordisco. Inmediatamente, el crayón se volvió gris en su boca. Colorín hizo una mueca de disgusto. "¡Lo sabía! ¡Nada funciona!"
León no se rindió. Pensó en lo que hacía especial a los colores. No era solo la pintura o los crayones, era también la comida, las flores, ¡la naturaleza misma!
"¡Ya sé!" gritó León. "Vamos al jardín. Intentaremos con una fresa."
Salieron al jardín y León cortó una fresa roja y jugosa de la planta. Le ofreció la fresa a Colorín.
Colorín dudó un momento, pero luego tomó la fresa y le dio un mordisco. Sus ojos se abrieron de par en par. ¡La fresa no se volvió gris! ¡Un pequeño brillo rojo apareció en sus mejillas!
"¡Funciona!" gritó Colorín, lleno de alegría. "¡La comida! ¡Necesito comer colores naturales!"
León corrió a buscar todas las frutas y verduras de colores que encontró: zanahorias naranjas, uvas moradas, plátanos amarillos, espinacas verdes. Colorín comió y comió, y a medida que comía, su cuerpo comenzaba a recuperar sus colores. Primero un tenue rosa, luego un suave azul, después un verde brillante.
Cuando Colorín terminó de comer, era un monstruo lleno de colores vibrantes. Saltaba de alegría y reía con entusiasmo.
"¡Gracias, León!" exclamó Colorín. "¡Me has salvado! ¡Ahora puedo volver al Arcoíris y mantener los colores vivos!"
Colorín abrazó a León con fuerza y luego, con un pequeño aleteo de sus alas ahora multicolores, se elevó hacia el cielo, dejando tras de sí un pequeño rastro de polvo de estrellas.
León sonrió. Sabía que había hecho algo importante. Había salvado los colores del mundo, y todo gracias a su amor por ellos. Desde ese día, León siempre recordaba darle gracias a la naturaleza por los colores que le regalaba, y cada vez que veía un arcoíris, pensaba en su amigo Colorín, el Monstruo Come-Colores que había aprendido a amar los colores de la manera correcta.
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