Escucha este cuento
Gratis · elige una vozLía vivía entre las ruinas de lo que alguna vez fue una gran ciudad. Las calles ya no tenían autos, solo polvo y raíces que crecían como si quisieran tapar el pasado. El cielo siempre estaba cubierto de nubes grises, pero una noche algo cambió.
Una luz apareció en el firmamento. No era como una estrella, ni como la luna. Era un círculo dorado, brillante y silencioso. Y tenía algo especial: parecía estar mirándola.
—¡Abuelo! —gritó Lía corriendo hacia la cabaña de madera donde vivían—. ¡Mira el cielo! ¡Hay algo allá arriba!
Su abuelo salió despacio, con su bastón y una linterna. Al ver la luz, sus ojos se llenaron de algo que Lía no entendió del todo. No era miedo, tampoco alegría. Era… respeto.
—Ese es el Ojo Divino, pequeña —dijo el abuelo, poniéndole la mano en el hombro—. Dicen que apareció cuando los hombres se olvidaron de escuchar al cielo.
—¿Y por qué está ahí? ¿Nos va a castigar?
El abuelo negó con la cabeza.
—No. Solo observa. Espera. Porque el mundo aún guarda a los que quieren cambiar.
Lía no dijo nada más, pero algo dentro de su pecho comenzó a encenderse, como una chispa. Sentía que ese ojo la había visto a ella… y que le estaba diciendo algo sin palabras. Esa noche, antes de dormir, tomó su mochila, metió su libreta, una linterna, una botella con agua… y se prometió algo:
Iba a encontrar el significado del Ojo Divino.
Y, quizás, una forma de sanar el mundo.
Al día siguiente, Lía se levantó antes del amanecer. El Ojo Divino todavía estaba allí, vigilando. Desayunó un puñado de bayas secas y le dio un trozo a su perro, Trueno, un viejo pastor alemán con el pelo lleno de polvo. Trueno la siguió moviendo la cola mientras salía de la cabaña.
—Vamos, Trueno —dijo Lía—. Tenemos un misterio que resolver.
Caminaron entre las ruinas. Lía buscaba pistas: un libro viejo, un mapa, cualquier cosa que le dijera algo sobre el Ojo Divino. Trueno olfateaba el suelo, buscando algo que solo él podía oler.
Después de horas de búsqueda, llegaron a una plaza que alguna vez debió ser hermosa, pero ahora estaba cubierta de maleza y escombros. En el centro, una estatua rota yacía en el suelo. Lía se acercó y vio algo que brillaba entre las piedras.
Era una pequeña placa de metal. Lía la limpió con su manga y leyó las palabras grabadas:
"Escucha al cielo, y el cielo te escuchará."
—¿Qué significa esto, Trueno? —preguntó Lía al perro.
Trueno ladró suavemente, como si entendiera la pregunta.
De repente, Lía escuchó un sonido. Era un sonido débil, como un llanto. Siguió el sonido hasta que llegó a un rincón de la plaza, donde encontró a un niño pequeño, sentado en el suelo y abrazando un osito de peluche roto.
—¿Estás bien? —preguntó Lía.
El niño la miró con ojos grandes y tristes.
—Me perdí —dijo el niño—. No encuentro a mi mamá.
Lía sintió una punzada en el corazón. Sabía lo que era estar perdido.
—No te preocupes —dijo Lía—. Te ayudaré a encontrarla. ¿Cómo se llama tu mamá?
—Se llama Ana —dijo el niño.
Lía tomó la mano del niño y comenzaron a caminar. Trueno los seguía de cerca, protegiéndolos.
Mientras caminaban, Lía le preguntó al niño sobre su mamá. Él le contó que a Ana le encantaba cantar y que siempre le contaba historias sobre las estrellas.
De repente, Lía escuchó una voz que cantaba. Era una voz dulce y melodiosa.
—¡Esa es mi mamá! —gritó el niño, y corrió hacia la voz.
Lía y Trueno lo siguieron. Vieron a una mujer sentada junto a una fogata, cantando una canción de cuna. El niño corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó el niño.
Ana abrazó a su hijo con fuerza.
—¡Te encontré! ¡Estaba tan preocupada! —dijo Ana.
Ana le dio las gracias a Lía por haber encontrado a su hijo. Lía sonrió. Se sentía feliz de haber ayudado.
Mientras Lía y Trueno regresaban a casa, Lía miró al cielo. El Ojo Divino seguía allí, vigilando.
Lía entendió algo. El significado del Ojo Divino no era un secreto que se encontraba en un libro o un mapa. Era algo que se encontraba en el corazón.
El Ojo Divino no estaba allí para castigar al mundo. Estaba allí para recordarle a la gente que escuchara, que ayudara, que amara.
Y Lía supo que ella, con su pequeña chispa, podía cambiar el mundo, una buena acción a la vez.
Esa noche, Lía durmió profundamente, soñando con un mundo donde todos escuchaban al cielo, y donde el Ojo Divino brillaba con alegría.
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