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Había una vez, en el corazón latente de los Esteros del Iberá, un lugar donde el agua brilla como si estuviera sembrada de diamantes y los camalotes flotan como alfombras verdes, una familia de siete hermanos carpinchos. Eran muy unidos, pero cada uno tenía una personalidad única y una forma distinta de ver el mundo. Estaba el perezoso Pipo, el apresurado Pepe, el distraído Pato, el juguetón Paco, el curioso Pollo, el detallista Pichi y, finalmente, el más sabio y trabajador de todos, el pequeño Gaby.
Un buen día, su madre, una carpincha anciana y bondadosa, les dijo que ya era hora de que cada uno construyera su propio hogar en la inmensidad del humedal. —Tengan cuidado— les advirtió con voz suave pero firme, —porque el Gran Jaguar Manchado anda merodeando, y siempre tiene el estómago vacío y muchas ganas de molestar.
Los siete hermanos partieron con alegría. Pipo, que solo quería dormir la siesta, encontró un montón de paja seca a la orilla del río. En un abrir y cerrar de ojos, amontonó la paja y armó una choza redonda. —¡Ya terminé!— exclamó Pipo, recostándose a soñar con lechugas.
Pepe, que siempre tenía prisa por ir a nadar, recolectó unas cuantas ramas caídas de un sauce llorón. Las clavó en el barro y, sin mucho esfuerzo, construyó una casita de palitos. —¡Es suficiente para mí!— gritó mientras se lanzaba al agua de cabeza.
Pato, distraído mirando las mariposas, decidió usar juncos flexibles. Los trenzó de cualquier manera y así levantó su hogar. —¡Qué bonitos colores tienen estos juncos!— decía, sin notar que el viento ya hacía tambalear las paredes.
Paco, el juguetón, prefirió usar barro. Amasó unas bolas de lodo y las apiló hasta formar un iglú de tierra. —¡Es como jugar con plastilina!— reía, mientras el sol secaba el barro dejando grandes grietas.
Pollo, el curioso, decidió experimentar con cañas de bambú que crecían cerca. Las ató con lianas, pero como quería ir a explorar un hormiguero cercano, no apretó bien los nudos. —El bambú es fuerte, no pasará nada— se convenció a sí mismo.
Pichi, el detallista, buscó piedras lisas en el lecho del arroyo. Las acomodó una sobre otra, pero como se cansó de cargar tanto peso, dejó la casa a medio terminar, con un techo muy fino de hojas de palmera. —Se ve elegante, eso es lo importante— murmuró.
Finalmente, Gaby, el más pequeño pero más previsor, decidió que no escatimaría en esfuerzos. Buscó ladrillos de arcilla cocida y madera dura de lapacho. Trabajó día tras día, bajo el sol y bajo la lluvia, asegurando cada viga y cada ladrillo con una mezcla fuerte. Sus hermanos se burlaban de él: —¡Ven a jugar, Gaby! ¡Estás perdiendo el tiempo!— Pero Gaby solo respondía: —Primero el deber, luego el placer. El Jaguar no es un juego.
Una tarde, cuando el sol se teñía de naranja y las garzas regresaban a sus nidos, un rugido profundo hizo temblar las hojas de los árboles. Era el Gran Jaguar Manchado. El depredador llegó primero a la casa de paja de Pipo.
—¡Carpinchito, carpinchito, déjame entrar!— rugió el Jaguar, relamiéndose los bigotes.

Pipo, temblando desde la nariz hasta la cola, respondió con valentía:
—¡No, no, no! ¡Por mi puerta no pasarás, y con hambre te quedarás!
Entonces el Jaguar se preparó y comenzó la secuencia rítmica que marcaría el destino de las casas:
—¡Soplaré y rugiré, tu casita derribaré! ¡Con un soplo y un rugido, este techo irá al olvido!
El Jaguar tomó aire, infló sus poderosos pulmones y... ¡BUM! La casa de paja voló por los aires como si fuera confeti. Pipo salió corriendo a toda velocidad hacia la casa de palitos de Pepe.
El Jaguar lo siguió y, frente a la casa de madera, gritó:
—¡Carpinchitos, carpinchitos, déjenme entrar!
—¡No, no, no! ¡Por mi puerta no pasarás, y con hambre te quedarás!
—¡Soplaré y rugiré, tu casita derribaré! ¡Con un soplo y un rugido, este techo irá al olvido!
El Jaguar sopló con más fuerza y la casa de palitos se desmoronó como un castillo de naipes. Pipo y Pepe corrieron desesperados a la casa de juncos de Pato. Pero el Jaguar no se cansaba. Repitió su amenaza y su ritmo:
—¡Soplaré y rugiré, tu casita derribaré! ¡Con un soplo y un rugido, este techo irá al olvido!

Los juncos volaron, el barro de la casa de Paco se desgranó, las cañas de Pollo se soltaron y las piedras mal puestas de Pichi rodaron por el suelo. Los seis hermanos, asustados y sin aliento, llegaron finalmente a la casa de ladrillo y lapacho de Gaby.
—¡Rápido, entren todos!— gritó Gaby, cerrando la pesada puerta de madera con un cerrojo de hierro.
El Gran Jaguar Manchado llegó jadeando, pero con una sonrisa maliciosa. Estaba seguro de que este sería su gran banquete. Se paró frente a la sólida construcción y gritó:
—¡Carpinchitos, carpinchitos, déjenme entrar!
Los siete hermanos, abrazados y dándose ánimos, respondieron al unísono:
—¡No, no, no! ¡Por mi puerta no pasarás, y con hambre te quedarás!
El Jaguar, indignado, comenzó su ritual:
—¡Soplaré y rugiré, tu casita derribaré! ¡Con un soplo y un rugido, este techo irá al olvido!
Sopló con todas sus fuerzas. Las ventanas vibraron, pero la casa no se movió. Sopló de nuevo, hasta ponerse rojo como un tomate, pero los ladrillos de Gaby permanecieron firmes. Rugió tan fuerte que los pájaros huyeron a kilómetros de distancia, pero la madera de lapacho no cedió ni un milímetro.
Cansado y furioso, el Jaguar divisó la chimenea en el techo. —¡Ja! Entraré por ahí y los atraparé a todos— pensó. Lo que no sabía era que Gaby ya había previsto eso. Los hermanos habían colocado una gran olla de agua hirviendo sobre el fuego.
Cuando el Jaguar se deslizó por la chimenea, cayó directamente en el agua caliente. —¡AIIIIIIIIIIIIIIIIII!— gritó el felino, saliendo disparado como un cohete de regreso por el hueco, con la cola roja y escaldada. El Jaguar corrió y corrió hacia lo más profundo de la selva, y nunca más se atrevió a molestar a los siete hermanos.
Desde aquel día, los siete carpinchitos vivieron juntos en la casa de ladrillos. Pipo, Pepe, Pato, Paco, Pollo y Pichi aprendieron que el esfuerzo y el trabajo bien hecho son la mejor defensa contra cualquier peligro. Y cada tarde, frente al fuego, cantaban juntos su canción, recordando que la unión y la sabiduría del pequeño Gaby los habían salvado.
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