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Cada tarde, cuando el sol empieza a bajar y pinta el cielo de naranja y rosa, Luana se pone muy atenta. Sus orejitas se afinan, sus ojitos brillan como dos estrellitas, y una emoción cosquillea en su pancita.
—¡Mamá, ya casi es hora! —dice con los ojitos brillantes, saltando de un pie al otro.
Se para frente a la puerta, en puntitas de pie, estirando su cuellito como una jirafa bebé, esperando… ¡el sonido mágico!
¡TIN TÓN! Suena el timbre. El sonido llena la casa de alegría.
—¡Es papá! —grita Luana con una sonrisa enorme que ilumina toda la habitación. Sus mejillas se ponen rosadas de la emoción.
Pero en lugar de abrir la puerta y correr a abrazar a su papá, ¡sale corriendo a esconderse! ¡Este es el juego del timbre mágico, y Luana lo adora!
Corre por el pasillo, sus pies descalzos apenas tocan el suelo. Se mete debajo de la mesa del comedor, que hoy parece una cueva secreta, y se tapa con la mantita del sillón, que huele a suavizante y a las galletas que horneó la abuela. Shhh… Silencio absoluto. Luana aguanta la respiración, esperando.
Papá Fidel entra con su mochila, que parece un gigante caparazón de tortuga, y finge que no ve a nadie. Su cara es una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Dónde está mi Luana? —dice con voz de sorpresa, poniendo una mano en su barbilla y mirando a todos lados.
Mira detrás del sillón, levantando un cojín bordado con flores. Dentro del armario, abriendo la puerta con cuidado para no despertar a los monstruos de calcetines. Debajo de las almohadas, haciendo cosquillas a los peluches.
—¿Será que hoy Luana no vino a casa? ¿Será que se fue a jugar con las hadas del jardín? —pregunta, rascándose la cabeza con su mano grande y suave.
Pero entonces, justo cuando está a punto de darse por vencido, escucha una risita muy chiquita, un sonido como el de una campanita de viento, que viene de debajo de la mesa.
—¡Te encontré! —grita Fidel, levantando la manta con un movimiento rápido. La manta vuela en el aire como una mariposa de colores.
Luana salta y se ríe a carcajadas, su risa es contagiosa como un bostezo. Papá la alza en sus brazos, haciéndola volar por el aire como un avión, y la llena de besos en la nariz, en las mejillas, en la frente.
—¡Otra vez, otra vez! —pide ella, con los ojos brillantes de alegría.
Y el juego empieza de nuevo. Luana corre a esconderse, el timbre suena, y papá Fidel la busca con su mirada llena de amor.
Un día, mientras Luana se escondía debajo de la mesa, escuchó un ruido diferente al timbre. Era un llanto suave, como el de un pajarito herido. Salió de su escondite y vio a su mamá sentada en el sillón, con los ojos rojos.
—¿Qué pasa, mami? —preguntó Luana, acercándose con cautela.
—Estoy un poco triste, mi amor —respondió su mamá, abrazándola fuerte.
Luana pensó en el juego del timbre, en cómo la alegría de su papá al encontrarla siempre la hacía sentir tan feliz. Tuvo una idea.
—¡Voy a esconderme! —exclamó Luana, corriendo hacia la puerta.
Su mamá la miró con curiosidad. Luana tocó el timbre.
¡TIN TÓN!
Luego corrió a esconderse detrás del sillón, esperando que su mamá la encontrara. Pero en lugar de esconderse completamente, dejó un pedacito de su vestido a la vista.
Su mamá se levantó lentamente y comenzó a buscarla. Fingió no ver el pedacito de vestido, buscando detrás de las cortinas, debajo de las macetas, en todos los lugares posibles.
Finalmente, con una sonrisa en los labios, encontró a Luana detrás del sillón.
—¡Te encontré! —dijo su mamá, abrazándola con fuerza.
Luana le dio un beso en la mejilla y le dijo: —¡Otra vez, mami! ¡Pero esta vez, tú te escondes!
Y así, el juego del timbre mágico se transformó. Ya no era solo un juego para esperar a papá, sino también una forma de compartir alegría y consolar a los que estaban tristes. Luana descubrió que el timbre no solo anunciaba la llegada de alguien, sino también la oportunidad de dar amor y felicidad.
Desde ese día, cada vez que sonaba el timbre, Luana recordaba que la alegría más grande no era esconderse, sino compartir la felicidad con los demás.
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