Lucas y el Salto a la Isla de Algodón

Lucas y el Salto a la Isla de Algodón

Cuento corto para dormir

Lucas y el Salto a la Isla de Algodón

Lucas se cae de la cama en medio de la noche y, en lugar de asustarse, decide emprender una gran aventura por su habitación y la casa. Acompañado de su oso Barnaby, descubre que el suelo es un mundo lleno de montañas de ropa y ríos de plata antes de regresar a su cama para descansar.

A partir de: Un nene que se cae de la cama

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Lucas y el Salto a la Isla de Algodón

Había una vez un niño llamado Lucas, cuya imaginación era tan grande que a veces no cabía en su pequeña habitación azul. Lucas amaba la noche, no porque le gustara la oscuridad, sino porque su cama era, en realidad, un barco pirata, una nave espacial o una montaña altísima, dependiendo de lo que hubiera soñado antes de cenar. Pero esa noche, algo distinto estaba por suceder. Lucas se había quedado dormido abrazando a su oso de felpa, Barnaby, mientras soñaba que ambos exploraban las nubes más esponjosas del cielo.

En el mundo de los sueños, Lucas corría tras una mariposa de luz que brillaba como una linterna mágica. Sin darse cuenta, se acercó demasiado al borde de su nube personal. En el mundo real, Lucas se estaba moviendo lentamente hacia el borde derecho de su colchón. De repente, ¡pum! Un pequeño golpe sordo resonó en la habitación. Lucas no se despertó de inmediato, pero sintió que el suelo estaba extrañamente frío y alfombrado. Al abrir un ojo, se dio cuenta de que ya no estaba en las alturas de su cama, sino en el suelo, justo al lado de sus pantuflas de dinosaurio.

—¿Barnaby? —susurró Lucas, buscando a su compañero. Barnaby había caído con él y ahora descansaba panza arriba sobre un libro de cuentos. Pero algo era diferente. A ras del suelo, la habitación de Lucas parecía un mundo completamente nuevo. Las patas de la silla parecían troncos de árboles gigantescos, y la sombra debajo del escritorio se veía como una cueva misteriosa que esperaba ser explorada.

Lucas, en lugar de asustarse o llorar por la caída, decidió que esto era una señal. Si el destino lo había depositado en el suelo a mitad de la noche, debía ser porque había una misión importante que cumplir. Se puso sus pantuflas, que ahora se sentían como botas de explorador, y tomó a Barnaby del brazo. —No te preocupes, Barnaby —dijo valientemente—, yo te protegeré de los monstruos de pelusa.

La primera parada de su aventura fue la Gran Montaña de Ropa Sucia. Lucas había dejado sus calcetines y camisetas fuera del cesto esa tarde, y ahora formaban una cordillera colorida y suave. Escaló con determinación, sintiendo el aroma a detergente y juegos bajo sus pies. Al llegar a la cima, pudo ver toda la extensión de su cuarto. A lo lejos, la luz de la luna que entraba por la ventana iluminaba el pasillo como si fuera un río de plata.

—Mira, Barnaby, el Río de Plata nos llama —señaló Lucas. Bajó de la montaña de ropa y se deslizó por el suelo de madera, que estaba fresco y suave. Al llegar al umbral de la puerta, se detuvo. El pasillo siempre parecía más largo de noche. Se imaginó que el suelo era lava y que solo podía pisar las sombras de los cuadros colgados en la pared. Con saltos precisos, fue avanzando: un salto sobre la sombra del retrato de la abuela, otro sobre la sombra del perchero. Cada movimiento era una victoria contra la gravedad.

De pronto, un ruido extraño vino de la cocina. ¡Clanc! Lucas se congeló. ¿Sería un dragón hambriento? ¿O quizás un gigante buscando galletas? Con el corazón latiendo como un tamborcito, se asomó por el borde de la pared. No era un dragón, era su gato, Bigotes, que había tirado accidentalmente un cuenco de metal al intentar cazar una mosca imaginaria. Bigotes miró a Lucas con sus grandes ojos amarillos y maulló, como invitándolo a unirse a su guardia nocturna.

Lucas se rió bajito. —Solo eres tú, Bigotes. Por un momento pensé que tendríamos que pelear contra un ogro. —El gato se acercó y frotó su lomo contra las piernas de Lucas, dándole ánimos para continuar. La misión de Lucas ahora era clara: debía llegar a la cocina para conseguir el Tesoro de Cristal, que no era otra cosa que un vaso de agua fresca, pues la aventura le había dado mucha sed.

Caminar por la casa en pijama era como ser un fantasma amigable. Todo estaba en silencio, un silencio que no daba miedo, sino que se sentía como un abrazo. Lucas llegó a la cocina, se puso de puntillas y alcanzó su vaso de plástico azul. Bebió el agua como si fuera una poción mágica que le devolvía las fuerzas. Al terminar, sintió que sus ojos empezaban a pesar. El efecto de la caída y la posterior exploración lo habían dejado exhausto.

—Es hora de volver a la base, Barnaby —murmuró Lucas con un bostezo que casi le desencaja la mandíbula. El camino de regreso fue más lento. La montaña de ropa ya no parecía un desafío, sino un lugar acogedor para una siesta. Pero Lucas sabía que su cama lo esperaba. Al entrar de nuevo en su cuarto, miró su cama. Desde abajo, la cama se veía majestuosa, como un castillo protegido por sábanas blancas.

Con un último esfuerzo, Lucas subió de nuevo. Primero puso a Barnaby en su almohada para que estuviera cómodo. Luego, él se impulsó con sus fuertes piernas de aventurero y trepó hasta quedar bajo las cobijas. El colchón se sentía más suave que nunca, como si lo estuviera felicitando por su valentía. Se tapó hasta la nariz, sintiendo el calorcito de su hogar.

Antes de cerrar los ojos del todo, Lucas pensó en lo divertido que había sido caerse. A veces, salir de la comodidad de la almohada era necesario para descubrir que el mundo, incluso el que está a unos centímetros del suelo, está lleno de magia. Se prometió a sí mismo que, si volvía a caerse mañana, no se olvidaría de llevar una linterna para ver mejor los ojos de Bigotes.

La luna siguió brillando afuera, vigilando el sueño del pequeño explorador que ahora dormía profundamente. Ya no soñaba con nubes, sino con un reino terrestre donde los calcetines eran montañas y los gatos eran caballeros guardianes. Y así, entre sueños y mantas, Lucas aprendió que no importa dónde aterrices, siempre y cuando estés listo para convertir el tropiezo en una gran historia.

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Publicado el 14/04/2026

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