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Gratis · elegí una vozMe llamo Luciana y vivo en un pueblito de Salta, allá en el norte de Argentina, donde el cielo es tan azul que a veces parece que uno podría tocarlo si se pone de puntitas de pie. Mi pueblo está rodeado de montañas que parecen alfombras de colores: hay cerros rojos, naranjas, amarillos y hasta algunos que se ven un poco morados cuando cae la tarde. Mi abuela Rosa dice que esas montañas son libros gigantes que cuentan la historia del mundo, solo hay que saber escucharlas.
Un lunes por la mañana, mientras caminaba hacia la escuela con mi mochila cargada de cuadernos y mi alfajor de dulce de leche, noté algo extraño. El Gran Cerro, el más alto de todos, se veía un poco pálido. Sus colores vibrantes, que siempre me daban los buenos días, parecían estar desapareciendo, volviéndose de un color gris aburrido, como el de una piedra común. Me detuve preocupada y froté mis ojos, pensando que tal vez el sol me estaba deslumbrando, pero no; el gris se extendía lentamente como una mancha de aceite.
Al regresar a casa, corrí a buscar a mi abuela. La encontré en el patio, tejiendo un poncho en su telar de madera.
—¡Abuela! —grité agitada— ¡El Gran Cerro se está quedando sin colores!
La abuela Rosa dejó de tejer y me miró con sus ojos sabios y arrugaditos. Suspiró profundamente y me hizo señas para que me sentara a su lado.
—Luciana, hija, eso sucede cuando la gente se olvida de agradecerle a la Tierra —explicó con voz pausada—. Los cerros se alimentan de nuestra alegría, de nuestras canciones y del respeto que les tenemos. Si dejamos de cantar y de cuidar nuestro suelo, los colores se guardan en lo profundo de la tierra por tristeza.
Esa noche no pude dormir. No quería vivir en un mundo gris. Así que, al alba, llamé a mi mejor amigo, un pequeño llama de lana blanca llamado Copito. Juntos, decidimos subir por el sendero que lleva a la base del Gran Cerro. Llevaba conmigo mi flauta de caña y una bolsita con semillas de flores silvestres.
Mientras subíamos, el viento Zonda soplaba con fuerza, despeinando mi cabello y levantando polvo rojo. El camino era empinado y las piedras crujían bajo mis pies, pero Copito me animaba con sus saltitos alegres. Al llegar a la base de la montaña, el gris era casi total. Parecía que el cerro estaba triste y cansado.
—¡Hola, Gran Cerro! —exclamé— Me llamo Luciana y he venido a recordarte lo mucho que te queremos.
Saqué mi flauta y comencé a tocar una melodía que mi abuela me había enseñado. Era una canción antigua, una que hablaba del sol de mayo y del agua clara de los arroyos. Al principio, solo se escuchaba el silbido del viento, pero de repente, algo mágico sucedió. Una pequeña grieta en la piedra comenzó a brillar con un destello carmesí.
Animada, comencé a cantar con todas mis fuerzas. Copito empezó a bailar en círculos, haciendo sonar los cascabeles de su collar. Recordé todas las cosas hermosas de mi Salta: el aroma a empanadas recién horneadas, el sonido de los bombos en las fiestas del pueblo y el calor del sol en las tardes de verano. Mientras más cantaba y reía, más colores brotaban del suelo. El rojo regresó a las laderas, seguido por un amarillo brillante que parecía oro líquido, y un verde profundo que vestía a los cardones.
De pronto, escuché otras voces. Eran mis amigos de la escuela y otros vecinos del pueblo que, al ver a lo lejos que los colores regresaban, habían subido para unirse a la celebración. Todos traían algo: algunos traían coplas, otros traían tambores, y los más pequeños traían dibujos llenos de vida. Juntos, formamos un gran círculo y le agradecimos a la montaña por ser nuestro hogar.
Para cuando el sol comenzó a esconderse detrás del horizonte, el Gran Cerro brillaba con más intensidad que nunca. Los siete colores estaban de vuelta, tan radiantes que iluminaban todo el valle. La abuela Rosa llegó al final, caminando despacio con su bastón, y me entregó una piedra pequeña y brillante, de todos los colores del arcoíris.
—Esta es la Piedra del Recuerdo, Luciana —me dijo—. Guárdala siempre para que nunca olvides que la naturaleza y nosotros somos uno solo. Si nosotros somos felices y cuidamos la tierra, ella nos regalará su belleza por siempre.
Desde ese día, mi pueblito de Salta es el lugar más colorido del mundo. Cada mañana, cuando salgo para la escuela, saludo al Gran Cerro y le canto un pedacito de mi canción favorita. Él me responde con el brillo de sus colores y el susurro del viento entre los cerros, recordándome que mientras haya una niña que cante y un pueblo que agradezca, la magia nunca desaparecerá de nuestra tierra salteña.
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