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Había una vez una niña llamada Lucua, que tenía cuatro años y una imaginación tan grande como el cielo nocturno. Lucua vivía en una casa acogedora con paredes llenas de dibujos y estanterías repletas de cuentos. Sin embargo, cuando llegaba la hora de dormir, Lucua sentía una pequeña punzada de nerviosismo. Estaba convencida de que debajo de su cama vivía un monstruo, uno de esos con garras largas y ojos brillantes que solo esperaban a que ella se durmiera para... bueno, Lucua no estaba muy segura de qué hacían los monstruos, pero imaginaba que era algo muy ruidoso y aterrador.
Una noche de martes, mientras la luna brillaba como una moneda de plata fuera de su ventana, Lucua se despertó de repente. No fue un trueno ni el ladrido de un perro lo que la despertó, sino un sonido muy peculiar que venía del pasillo. Era un sonido que conocía muy bien, pero que no esperaba escuchar a las tres de la mañana: el chirrido de la puerta del baño abriéndose suavemente.
Lucua, valiente a pesar de sus cuatro años, se sentó en la cama. Sus pijamas amarillos con estrellas blancas brillaban tenuemente en la oscuridad. Se puso sus pantuflas de conejo y, con pasos de hormiguita, se acercó a la puerta de su habitación. ¿Sería papá? ¿O tal vez mamá buscando un vaso de agua? Pero los pasos que escuchaba eran diferentes; sonaban pesados y un poco... ¿mullidos?
Al asomarse por la rendija de la puerta del baño, Lucua se quedó boquiabierta. No era su padre ni su madre. Allí, sentado en el inodoro con expresión de total concentración, había un monstruo enorme. Era de color morado intenso, con un pelaje tan suave que parecía una nube de algodón de azúcar, y tenía tres ojos grandes y redondos que parpadeaban rítmicamente. Tenía dos pequeños cuernos curvos sobre su cabeza y unas manos grandes que sostenían, con mucho cuidado, un patito de goma.
—¿Hola? —susurró Lucua, olvidando por un momento que se suponía que debía tener miedo.
El monstruo dio un salto tan grande que casi se cae del asiento. Sus tres ojos se abrieron de par en par al ver a la niña.
—¡Oh, rayos! —exclamó el monstruo con una voz que no era aterradora en absoluto, sino más bien como el sonido de una tuba amistosa—. ¡Me has atrapado! Soy Bubo, y de verdad lo siento, pero es que el jugo de bayas nocturnas me dio muchas ganas de venir aquí.

Lucua entró al baño, completamente fascinada.
—¿Los monstruos van al baño? —preguntó ella, rascándose su cabello castaño y rizado.
—¡Pues claro que sí! —respondió Bubo, mientras tiraba de la cadena con un sonoro '¡flush!'.— Todos los seres vivos necesitan ir al baño, Lucua. Los dragones, los duendes y hasta los monstruos morados de tres ojos como yo. No podemos pasarnos la noche asustando a la gente si nos duele la barriguita por aguantarnos, ¿no crees?
Lucua soltó una carcajada. La idea de un monstruo con dolor de barriga le parecía lo más divertido del mundo. Bubo se levantó y, con mucha educación, se acercó al lavabo. Como era muy alto, tuvo que agacharse un poco.
—¿Y también te lavas las manos? —preguntó Lucua, acercándole el jabón de burbujas.
—¡Es la parte más importante! —dijo Bubo, frotando sus grandes manos peludas hasta crear una montaña de espuma blanca—. En el mundo de los monstruos nos enseñan que la higiene es primordial. Después de usar el baño, siempre hay que lavarse bien, cantar la canción del abecedario dos veces y luego secarse con una toalla suave.
Lucua decidió que Bubo era el mejor invitado que jamás había tenido en casa. Ella se subió a su taburete pequeño y tomó su cepillo de dientes.

—Yo también me lavo los dientes antes de dormir —dijo ella con orgullo—, pero podemos hacerlo otra vez juntos.
Bubo sacó un cepillo de dientes gigante de detrás de su oreja (que parecía ser un lugar muy práctico para guardar cosas) y ambos empezaron a cepillarse frente al espejo. Ver a un monstruo morado gigante y a una niña pequeña con pijama de estrellas lavándose los dientes juntos era una imagen sacada de un sueño maravilloso. Las burbujas de pasta de dientes volaban por el aire y Bubo hacía muecas divertidas con sus tres ojos en el reflejo.
Cuando terminaron, Bubo se secó el pelaje con cuidado.
—Sabes, Lucua —dijo el monstruo en voz baja—, a veces nosotros también tenemos miedo de los humanos. Pensamos que son muy ruidosos y que huelen demasiado a jabón de fresa. Pero tú eres muy amable.
Lucua abrazó la pierna peluda de Bubo. Ya no tenía miedo de lo que hubiera debajo de su cama, porque ahora sabía que, si escuchaba un ruido extraño, probablemente solo era su amigo Bubo buscando el camino hacia el baño.
—Puedes venir cuando quieras, Bubo —dijo Lucua mientras el monstruo la acompañaba de regreso a su habitación.
—Gracias, pequeña. Pero la próxima vez intentaré no hacer tanto ruido con la cadena del inodoro —prometió Bubo con una sonrisa llena de dientes brillantes y limpios.
Bubo se deslizó ágilmente bajo la cama, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos hacia su mundo mágico. Lucua se arropó con su manta azul, cerró sus ojos y se quedó profundamente dormida. Desde esa noche, Lucua nunca más volvió a temer a la oscuridad, pues sabía que hasta los monstruos más grandes y morados tienen que ir al baño, lavarse las manos y ser buenos amigos.
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