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Luna Lunática, que no era ni lunática ni especialmente lunática, amaba las estrellas más que a los helados de fresa (¡y eso era mucho decir!). Cada noche, desde la ventana de su habitación, observaba el cielo con su telescopio rosa chicle. Soñaba con viajar entre constelaciones, bailar con los planetas y beber jugo de naranja en la luna.
Una noche, mientras contemplaba la constelación de Orión, notó algo extraño. Faltaba una estrella. ¡La estrella más brillante de Orión, la que le daba equilibrio a la constelación, había desaparecido! Luna sintió un escalofrío. ¿Dónde se habría ido? ¿Estaría bien?
Decidida a resolver el misterio, Luna construyó una nave espacial con cajas de cartón, almohadas y un montón de luces de Navidad. La llamó "La Albóndiga Voladora", porque, según ella, se parecía un poco a una albóndiga gigante. Su gato, Bigotes, un siamés con un aire de superioridad, la observaba con desconfianza desde el sillón.
"¡Vamos, Bigotes! ¡Tenemos una estrella que encontrar!", exclamó Luna, poniéndose un casco de astronauta hecho con un colador y papel de aluminio.
Bigotes, con un suspiro felino, saltó dentro de la Albóndiga Voladora. Luna presionó un botón hecho con una tapa de refresco, y la nave, con un ruido de aspiradora vieja, ¡despegó! Bueno, no despegó realmente. Más bien, tembló mucho y luego flotó suavemente por el aire gracias a la imaginación desbordante de Luna.
Su primer destino fue la Luna. Al aterrizar (un aterrizaje un poco accidentado, con la Albóndiga Voladora dando vueltas como una peonza), Luna se encontró con un Conejo Lunar muy ocupado pintando cráteres de color verde lima.
"¡Hola!", saludó Luna. "¿Has visto una estrella perdida? Es muy brillante y pertenecía a la constelación de Orión."
El Conejo Lunar, con un pincel en la boca, frunció el ceño. "¡Estrellas perdidas! Siempre se me pierden las pinturas. No he visto ninguna estrella, lo siento. Pero pregunta a la Señora de las Nebulosas, ella lo sabe todo."
Así que Luna y Bigotes (que, para su sorpresa, parecía disfrutar del viaje espacial) continuaron su aventura hacia la Nebulosa Arcoíris. Allí, conocieron a la Señora de las Nebulosas, una anciana hecha de polvo de estrellas con un sombrero lleno de planetas en miniatura.
"¡Ah, la estrella perdida!", exclamó la Señora de las Nebulosas, con una voz que sonaba como el tintineo de campanillas. "Se llama Estela, y es muy traviesa. Decidió tomarse unas vacaciones y fue a jugar al escondite en el Agujero Negro Sonriente."
Un Agujero Negro Sonriente, pensó Luna. Eso sonaba peligroso. "¿Podemos ir a buscarla?", preguntó con valentía.
La Señora de las Nebulosas asintió. "Ten cuidado. El Agujero Negro Sonriente puede ser muy confuso. Pero Estela es buena para encontrar el camino de regreso. Solo necesita un pequeño empujón."
Luna y Bigotes volaron hasta el Agujero Negro Sonriente, que, en realidad, no daba tanto miedo como parecía. Era más bien como una piscina gigante de purpurina oscura. Dentro, encontraron a Estela, la estrella perdida, jugando con unos asteroides que parecían canicas gigantes.
"¡Estela!", gritó Luna. "¡Tienes que volver a tu constelación! Orión te necesita."
Estela, que era una estrella muy joven y curiosa, puso cara de pena. "Pero es muy divertido aquí. Hay un tobogán hecho de cometas y un castillo hecho de polvo cósmico."
Luna sonrió. "Lo sé, pero tu luz es importante. Ayudas a que Orión brille y guíes a los viajeros espaciales. Además, si vuelves, ¡prometo contarte todas mis aventuras en la Tierra!"
Estela pensó un momento y luego asintió. "Está bien, volveré. Pero tienes que prometerme que me traerás un helado de fresa la próxima vez que me visites."
Luna asintió con entusiasmo. Junto con Estela, regresaron a la constelación de Orión. La estrella se colocó en su lugar, y la constelación volvió a brillar con todo su esplendor.
La Albóndiga Voladora regresó a la Tierra, dejando a Luna y Bigotes sanos y salvos en su habitación. Al día siguiente, Luna miró al cielo y sonrió. Sabía que, aunque el espacio era vasto y misterioso, siempre habría aventuras esperando ser descubiertas, incluso desde la ventana de su habitación.
Y, por supuesto, Luna le compró a Estela un helado de fresa imaginario. Porque, después de todo, la amistad entre una niña y una estrella era algo que valía la pena celebrar.
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