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Era una tarde de sábado inusualmente tranquila en la casa de los Martínez. El sol de otoño entraba tímidamente por los grandes ventanales de la sala, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Mamá estaba terminando de leer un libro en el sofá, mientras que los pequeños, Leo y Sofía, jugaban silenciosamente con sus bloques de construcción en la alfombra. Todo estaba en perfecta paz, o al menos eso parecía.
De repente, un sonido rompió el silencio. No era un ruido fuerte, sino algo rítmico y constante: «¡Lap, lap, lap, lap!». Era el sonido inconfundible de un perro bebiendo agua con mucha energía. Mamá levantó la vista de su libro y sonrió.
—Vaya, Mailo debe de haber tenido mucha sed después de correr tanto en el jardín esta mañana —comentó mamá sin darle mucha importancia.
Leo, que siempre era el más observador, frunció el ceño. Se levantó y caminó hacia la cocina, donde siempre estaba el rincón de Mailo. Al llegar, se quedó paralizado. El plato de acero inoxidable de Mailo estaba completamente seco, e incluso un poco de polvo se veía en el fondo. Pero lo más extraño de todo era que Mailo no estaba allí.
—¡Mamá! —exclamó Leo—. ¡Mailo no está en su plato! ¡Y el plato está vacío!
Sofía dejó caer su torre de bloques y corrió hacia la cocina. El sonido continuaba: «¡Lap, lap, lap, lap!». Parecía venir de algún lugar cercano, pero no de la cocina. La familia se quedó inmóvil, agudizando el oído. El chapoteo sonaba claro, fresco y muy constante.

—Es como si tuviéramos un perro fantasma —susurró Sofía con los ojos muy abiertos.
Decididos a resolver el misterio, los tres comenzaron una expedición de búsqueda por la casa. Primero revisaron el baño de la planta baja. A veces, a Mailo le gustaba lamer las gotas que quedaban en la ducha, pero el baño estaba seco y la puerta cerrada. El sonido, sin embargo, parecía hacerse más fuerte a medida que avanzaban por el pasillo hacia las habitaciones.
—Viene de arriba —dijo mamá, intrigada.
Subieron las escaleras de madera con cuidado, tratando de no hacer ruido. El sonido seguía allí: «¡Lap, lap, lap, lap!». Pasaron por la habitación de los niños, pero estaba vacía. Revisaron el cuarto de invitados, y nada. El rastro sonoro los conducía directamente a la habitación de papá, quien se había retirado hacía una hora para tomar una pequeña siesta.
Al acercarse a la puerta entreabierta, el sonido era ensordecedor. Entraron de puntillas y lo que vieron los dejó con la boca abierta. Papá estaba profundamente dormido en su sillón orejero, roncando suavemente con un libro sobre su barriga. Pero a sus pies, en el suelo, había un vaso de agua.
Mailo, un travieso Beagle de orejas largas, estaba sentado muy cómodamente, metiendo su lengua una y otra vez dentro del vaso. Pero no era un vaso de agua normal. Papá, antes de dormir, se había quitado su dentadura postiza y la había dejado a remojar en el vaso que, por descuido, terminó en el piso al lado de su pantufla.

Mailo no parecía notar la diferencia entre su plato y el vaso de lujo de papá. Bebía con un entusiasmo desbordante, y cada vez que su lengua golpeaba los dientes postizos que flotaban en el fondo, el sonido resonaba por toda la habitación. Los dientes subían y bajaban en el agua, chocando contra el cristal como si estuvieran bailando al ritmo de la sed del perro.
Leo y Sofía no pudieron aguantar más y estallaron en carcajadas. El estruendo despertó a papá de golpe, quien saltó en su asiento confundido.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó papá frotándose los ojos.
—¡Papá! —gritó Sofía señalando el suelo—. ¡Mailo está compartiendo tu bebida!
Papá miró hacia abajo y vio a Mailo, quien finalmente se detuvo, lamió el borde del vaso una última vez y miró a todos con la cola moviéndose alegremente, como si esperara un aplauso por haber terminado su tarea. Los dientes postizos de papá quedaron balanceándose en el fondo del vaso ahora medio vacío.
—¡Oh, Mailo! —exclamó papá entre asqueado y divertido—. ¡Esos no son tus juguetes de morder!
Desde ese día, la familia Martínez aprendió dos lecciones importantes: primero, Mailo siempre encontrará agua si tiene sed, y segundo, papá nunca más volvió a dejar su vaso con los dientes en el suelo. Ahora, cada vez que escuchan un chapoteo, todos corren a revisar que sus vasos estén a salvo en las mesas más altas de la casa.
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