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Había una vez, en una casita pintada de colores vivos, una mamá llamada Luna. Mamá Luna amaba a sus hijos, Leo y Sofía, más que a las estrellas. Les contaba cuentos, les hacía cosquillas y les preparaba galletas con forma de dinosaurio. Pero Mamá Luna también tenía algo más que los niños aún no comprendían: ¡sentimientos que a veces la hacían llorar, reír a carcajadas o fruncir el ceño!
Un día, Leo y Sofía estaban jugando en el jardín. Leo, con su capa de superhéroe, corría alrededor de Sofía, quien intentaba construir un castillo de arena imponente. De repente, Leo tropezó y, sin querer, derrumbó el castillo. Sofía, con los ojos llenos de lágrimas, gritó: "¡Mi castillo! ¡Lo arruinaste!"
Mamá Luna, que estaba regando las flores, se acercó preocupada. Vio la carita roja de Sofía y el rostro arrepentido de Leo. En lugar de reprender a Leo o consolar a Sofía sin más, se sentó en el pasto con ellos.
"A veces," comenzó Mamá Luna con voz suave, "nos sentimos tristes. Como Sofía ahora. ¿Verdad, cariño? Estás triste porque tu castillo se derrumbó. Esa tristeza es como una nube gris en tu corazón."
Sofía asintió con la cabeza, las lágrimas aún resbalando por sus mejillas. "¡Es horrible!" dijo.
"Y otras veces," continuó Mamá Luna, mirando a Leo, "nos sentimos culpables, como Leo ahora. Te sientes culpable porque accidentalmente destruiste el castillo de Sofía. Esa culpa es como una piedrita que te molesta en el zapato."
Leo bajó la mirada. "Lo siento, Sofi," murmuró.
Mamá Luna abrazó a ambos niños. "Pero, ¿saben qué? Todos los sentimientos, incluso la tristeza y la culpa, son importantes. Son como los colores del arcoíris. ¡Necesitamos todos los colores para tener un arcoíris hermoso!"
Leo y Sofía la miraron con curiosidad.
"A veces," dijo Mamá Luna, y su voz empezó a temblar un poquito, "Mamá también siente esos colores. A veces, me siento cansada y frustrada, como cuando se me quema el pastel o cuando me cuesta mucho entender un problema difícil. Y entonces, a veces, lloro."
Los ojos de Leo y Sofía se abrieron enormemente. ¡Nunca habían visto a Mamá Luna llorar! Siempre la veían sonreír y ser fuerte.
"¿Tú lloras, Mamá?" preguntó Sofía con asombro.
Mamá Luna asintió. "Sí, cariño. Lloro cuando me siento triste, o cuando estoy muy feliz y emocionada. Llorar es como una lluvia que limpia mi corazón. Después de llorar, me siento mejor."
Para demostrarlo, Mamá Luna respiró hondo y fingió que se le saltaban las lágrimas. Luego, empezó a reír a carcajadas. "¿Ven? ¡Puedo sentir muchos colores diferentes! Hoy, por ejemplo, estoy un poco frustrada porque se me olvidó comprar bananas, pero también estoy muy feliz de estar jugando con ustedes."
Leo se acercó a su mamá y le abrazó las piernas. "¿Y qué hacemos cuando nos sentimos tristes o culpables?" preguntó.
"Primero, le ponemos nombre al sentimiento," respondió Mamá Luna. "Decimos: Me siento triste o Me siento culpable. Luego, hablamos de ello. Podemos contárselo a alguien en quien confiamos, como yo, o Papá, o incluso a nuestro osito de peluche. Y, lo más importante, recordamos que ese sentimiento no durará para siempre. Como el arcoíris después de la lluvia, siempre sale el sol después de la nube gris."
Sofía, animada por las palabras de su mamá, tomó la mano de Leo. "¡Vamos a construir otro castillo, Leo! Pero esta vez, lo haremos aún más grande y más fuerte."
Juntos, Leo y Sofía empezaron a reconstruir el castillo, esta vez trabajando en equipo. Mamá Luna los observaba con una sonrisa en el rostro. Sus hijos estaban aprendiendo que sentir diferentes emociones era normal y que, al nombrarlas y compartirlas, podían transformarlas en algo positivo.
Más tarde, esa noche, mientras acostaba a Leo y Sofía, Mamá Luna les leyó un cuento sobre un dragón que aprendía a controlar su ira. Al terminar, les dio un beso en la frente a cada uno.
"Recuerden, mis pequeños arcoíris," les susurró Mamá Luna, "todos los sentimientos son bienvenidos en nuestro corazón. No tengan miedo de sentirlos, de nombrarlos y de compartirlos. ¡Porque así es como crecemos y nos convertimos en personas aún más maravillosas!"
Y mientras Leo y Sofía se dormían, soñaban con arcoíris gigantes que iluminaban el mundo, recordándoles que incluso después de la lluvia más fuerte, siempre brilla el sol.
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