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Marcos era un niño que soñaba con Marte. No con ir a la escuela, ni con comer brócoli, ¡solo con ir a Marte! Pasaba horas mirando las estrellas, imaginando ríos de polvo rojo y montañas de queso lunar. Su abuelo, Don Alberto, era un inventor un poco loco, pero con un corazón de oro. Don Alberto construía cosas maravillosas en su taller: robots que bailaban salsa, paraguas que cantaban ópera y tostadoras que pintaban retratos en el pan.
Un día, Marcos le dijo a su abuelo: "¡Abuelo, quiero ir a Marte! ¿Puedes construir una nave espacial para mí?". Don Alberto se rascó la barba, que era tan larga que llegaba casi al suelo. "¡Mmm, una nave espacial! ¡Qué idea más deliciosa!", exclamó. "Pero no será una nave espacial cualquiera, Marcos. ¡Será una nave espacial de chocolate!".
Marcos abrió los ojos como platos. ¿Una nave espacial de chocolate? ¡Eso era aún mejor que Marte! Don Alberto se puso manos a la obra. Usó chocolate negro para el casco, chocolate blanco para las ventanas y chocolate con leche para los motores. La nave tenía forma de una enorme tableta de chocolate, con propulsores hechos de piruletas gigantes.
Construyeron la nave en el jardín, bajo la atenta mirada de las gallinas de Doña Rosa, la vecina, que cacareaban emocionadas con cada martillazo y cada trozo de chocolate que caía al suelo. Marcos ayudó a su abuelo pegando estrellitas de caramelo en la nave y diseñando el panel de control con botones de gomitas y palancas de regaliz.
Finalmente, la nave de chocolate estaba lista. Era enorme, brillante y olía increíblemente bien. Don Alberto y Marcos se pusieron sus trajes espaciales (que eran en realidad pijamas de rayas con cascos de cartón) y subieron a la nave. "¡Listo para el despegue!", gritó Marcos, apretando con fuerza el botón de gomita roja.
La nave tembló, chispeó y… ¡no pasó nada! Don Alberto revisó los motores de piruleta. "¡Oh, no!", dijo. "¡Olvidé ponerle combustible!". Marcos se puso triste. ¿Qué combustible se le pone a una nave de chocolate? Don Alberto pensó un momento. "¡Ya lo tengo!", exclamó. "¡Necesitamos leche con chocolate!".
Corrieron a la cocina y llenaron el tanque de la nave con litros y litros de leche con chocolate. Esta vez, cuando Marcos apretó el botón de gomita roja, la nave rugió, vibró y se elevó lentamente hacia el cielo. Las gallinas de Doña Rosa cacareaban aún más fuerte, agitando sus alas como si estuvieran despidiéndose de un héroe.
La nave de chocolate voló a través de las nubes, dejando un rastro de aroma a cacao. Marcos miraba por la ventana, maravillado. Vio la Tierra hacerse cada vez más pequeña, hasta que se convirtió en una canica azul. Después, vio la Luna, un enorme queso Gruyere en el cielo.
Finalmente, llegaron a Marte. Era tal como Marcos lo había imaginado: un planeta rojo y polvoriento, con montañas de queso lunar. Aterrizaron suavemente en una llanura de polvo rojo. "¡Hemos llegado!", gritó Marcos, saltando de alegría.
Salieron de la nave y exploraron Marte. Encontraron rocas que parecían caramelos gigantes y cráteres llenos de gelatina de fresa. Incluso vieron a un pequeño marciano verde que les saludó con una sonrisa. El marciano les invitó a su casa, que era una cueva hecha de algodón de azúcar.
Compartieron leche con chocolate y contaron historias. Marcos le enseñó al marciano a jugar a las canicas y el marciano le enseñó a bailar el "Baile de la Arena Roja". Se hicieron muy amigos.
Después de un tiempo, era hora de volver a casa. Marcos se despidió del marciano con un fuerte abrazo y prometió volver a visitarlo pronto. Subieron a la nave de chocolate y despegaron de Marte, dejando atrás un rastro de alegría y amistad.
El viaje de regreso fue tan emocionante como el viaje de ida. Marcos y Don Alberto cantaron canciones, comieron estrellitas de caramelo y se rieron hasta que les dolió la barriga. Cuando llegaron a casa, Doña Rosa y sus gallinas los estaban esperando con una pancarta que decía "¡Bienvenidos, astronautas de chocolate!".
Marcos nunca olvidó su aventura a Marte. Aprendió que los sueños pueden hacerse realidad, especialmente cuando se tienen un abuelo inventor y una nave espacial de chocolate. Y aunque Marte era increíble, también aprendió que no hay lugar como el hogar, especialmente cuando huele a leche con chocolate y a amistad.
Desde ese día, Marcos siguió soñando con el espacio, pero también aprendió a apreciar las pequeñas cosas de la vida: el cariño de su abuelo, el cacareo de las gallinas y, por supuesto, ¡el sabor del chocolate!
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