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Mario y Luis eran los mejores amigos del mundo. Mario, con su gorra roja y su bigote gracioso, siempre estaba listo para la aventura. Luis, más alto y delgado, con gafas redondas, era el pensador del grupo, siempre con un plan bajo la manga. Una noche, mientras jugaban a las escondidas en el parque, la luna se escondió detrás de una nube gorda y el parque se sumió en una oscuridad misteriosa.
"¡Mario, tengo miedo!" susurró Luis, agarrándose a la manga de Mario.
"¡Tonterías, Luis! No hay nada que temer," respondió Mario, aunque su voz temblaba un poco. De repente, un sonido extraño resonó entre los árboles. Un gemido suave, como el viento silbando a través de una botella vacía. ¡Uuuuuuuuu!
"¡Fantasmas!" gritó Luis, escondiéndose detrás de Mario.
Mario, aunque asustado, sacó pecho. "¡No les tenemos miedo a los fantasmas! ¡Somos Mario y Luis, los valientes defensores del parque!" gritó con valentía, aunque su voz se quebró un poco al final.
El gemido se hizo más fuerte, y de entre los árboles surgieron dos figuras blancas y translúcidas. ¡Eran fantasmas! Uno era alto y delgado, con un sombrero de copa flotando sobre su cabeza. El otro era pequeño y rechoncho, con un babero manchado de lo que parecía… ¿pastel?
"¡Buuuuu!" dijeron los fantasmas al unísono, agitando sus brazos fantasmales.
Luis se escondió aún más detrás de Mario, temblando como una hoja. Mario, sin embargo, recordó algo que su abuela le había dicho: "A los fantasmas no les gusta la risa." Así que, respirando hondo, Mario comenzó a contar el chiste más tonto que conocía.
"¿Qué le dice un pez a otro pez? ¡Nada!" Mario soltó una carcajada, aunque al principio le costó. Luis, al oír el chiste, no pudo evitar sonreír. La sonrisa se convirtió en una risita, y la risita en una carcajada sonora. ¡Ja, ja, ja!
Los fantasmas parecieron confundidos. El fantasma alto se rascó la cabeza (o donde suponía que estaba su cabeza debajo del sombrero de copa) y el fantasma rechoncho dejó de agitar sus brazos y miró su babero manchado de pastel.
"¡No nos gusta la risa!" gimió el fantasma alto. "¡Nosotros queremos asustar!"
"¡Pero la risa es contagiosa!" dijo Mario, animando a Luis a seguir riendo. "¡Ja, ja, ja! ¿Por qué el tomate fue al médico? ¡Porque estaba verde!"
Luis se unió a Mario, riendo a carcajadas. Los fantasmas, al oír tanta risa, comenzaron a desvanecerse poco a poco. El fantasma alto se hizo más transparente, y el fantasma rechoncho empezó a perder el color de su babero.
"¡No podemos soportarlo! ¡Demasiada alegría!" gritó el fantasma alto, antes de desaparecer por completo. El fantasma rechoncho soltó un último gemido triste y también se desvaneció, dejando solo un pequeño rastro de polvo brillante en el aire.
Mario y Luis se quedaron solos en el parque, riendo y jadeando por el esfuerzo. La luna salió de detrás de la nube, bañando el parque con su luz plateada.
"¡Lo hicimos, Mario! ¡Espantamos a los fantasmas!" exclamó Luis, saltando de alegría.
"¡Sí! ¡Y todo gracias a los chistes tontos!" respondió Mario, dándole una palmada en la espalda a Luis.
De repente, escucharon un pequeño sollozo. Venía de detrás de un arbusto. Mario y Luis se acercaron con cuidado y vieron a una niña pequeña sentada en el suelo, llorando. Tenía un osito de peluche en sus brazos.
"¿Qué te pasa?" preguntó Mario con suavidad.
"Me he perdido de mis papás," sollozó la niña. "Y tengo miedo de los fantasmas."
Mario y Luis se miraron. Sabían exactamente cómo se sentía la niña. "No te preocupes," dijo Luis. "Ya no hay fantasmas aquí. Los espantamos con nuestros chistes."
Para demostrarlo, Mario contó otro chiste: "¿Qué le dice un semáforo a otro semáforo? ¡No me mires, me estoy cambiando!"
La niña sonrió un poquito. Luis le ofreció su mano y la ayudó a levantarse. Juntos, Mario y Luis guiaron a la niña por el parque, contándole chistes y cantándole canciones hasta que encontraron a sus padres. Los padres estaban muy preocupados, pero se sintieron aliviados al ver a su hija sana y salva.
Agradecieron a Mario y Luis por su valentía y amabilidad. Mario y Luis se despidieron de la niña y sus padres, sintiéndose orgullosos de haber ayudado a alguien.
Esa noche, mientras regresaban a casa, Mario y Luis comprendieron que la verdadera valentía no era no tener miedo, sino enfrentar el miedo con alegría y ayudar a los demás. Y también aprendieron que los chistes tontos pueden ser una herramienta poderosa contra los fantasmas… ¡y el aburrimiento!
Desde esa noche, Mario y Luis continuaron explorando el parque, siempre listos para una nueva aventura. Y si alguna vez escuchaban un gemido en la noche, sabían exactamente qué hacer: ¡contar un chiste! Porque los fantasmas nocturnos no tenían ninguna oportunidad contra el poder de la risa y la amistad.
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