Escucha este cuento
Gratis · elige una vozMartín vivía en una casita de colores en medio de un jardín lleno de flores gigantes. Le encantaba jugar al escondite entre las amapolas rojas y perseguir a las mariposas azules. Un día, mientras jugaba al explorador con su lupa de juguete, escuchó un ruido extraño que venía del sótano.
"¿Qué será eso?" se preguntó Martín, un poco asustado pero muy curioso. Bajó las escaleras de madera, que crujían con cada paso, y llegó a la puerta del sótano. La puerta estaba entreabierta y una luz verde parpadeaba desde adentro.
Respiró hondo y empujó la puerta. ¡Qué sorpresa! En medio del sótano, sentado en una vieja silla mecedora, había un monstruo. Pero no era un monstruo aterrador como los de los cuentos. Este monstruo era pequeño, redondo y cubierto de una sustancia pegajosa de color caramelo. Tenía dos ojos grandes y llorosos, y un hocico que parecía una fresa.
"¡Hola!" dijo Martín, tratando de sonar valiente. El monstruo saltó de la silla y lo miró con asombro.
"¡Oh, no! ¡Un humano!" exclamó el monstruo con una voz temblorosa que sonaba como un caramelo derritiéndose. "¡Por favor, no me comas!"
Martín se echó a reír. "¿Comerte? ¡Pero si eres todo de caramelo! Yo no como monstruos, solo caramelos de fresa."
El monstruo pareció aliviado. "Soy Meloso," dijo. "Y no soy un monstruo malo. Solo estoy un poco perdido."
"¿Perdido?" preguntó Martín. "¿Cómo te has perdido en mi sótano?"
Meloso explicó que venía de la Tierra de los Dulces, un lugar mágico donde todo está hecho de golosinas. Se había caído de un carro de algodón de azúcar y había rodado hasta el sótano de Martín.
"¡Qué aventura!" exclamó Martín. "Pero, ¿cómo vas a volver a la Tierra de los Dulces?"
Meloso se encogió de hombros pegajosos. "No lo sé. No tengo alas ni nada para volar."
Martín pensó por un momento. "¡Ya sé! Podemos construirte un cohete!"
Meloso abrió mucho los ojos. "¿Un cohete? ¿De verdad?"
"¡Claro que sí!" dijo Martín, lleno de entusiasmo. "Tengo cajas de cartón, pegamento, pintura y un montón de imaginación."
Y así, Martín y Meloso se pusieron manos a la obra. Usaron una caja grande de cartón para el cuerpo del cohete, tubos de cartón más pequeños para las aletas, y tapas de botellas para los botones. Martín pintó el cohete de colores brillantes y le puso el nombre de "El Dulce Volador".
Mientras trabajaban, Martín le contó a Meloso sobre su jardín, sus amigos y sus juegos favoritos. Meloso, a su vez, le contó historias maravillosas sobre la Tierra de los Dulces, donde los ríos eran de chocolate, las montañas de mazapán y los árboles de piruletas.
Después de un día entero de trabajo, el cohete estaba listo. Era un poco torcido y colorido, pero a Martín y a Meloso les parecía perfecto.
"¡Es hora de probarlo!" dijo Martín, con una sonrisa.
Llevaron el cohete al jardín y lo colocaron en medio del césped. Martín buscó su viejo monopatín y lo ató a la parte de abajo del cohete. "Esto servirá como plataforma de lanzamiento," explicó.
Meloso estaba un poco nervioso. "¿Estás seguro de que esto va a funcionar?"
"¡Por supuesto!" dijo Martín, con confianza. "Solo tienes que sentarte dentro y sujetarte fuerte."
Meloso se metió dentro del cohete, que olía a cartón y pintura fresca. Martín encendió unos petardos pequeños que había guardado para las fiestas y los colocó debajo del monopatín.
"¡Prepárate para el despegue!" gritó Martín.
Los petardos explotaron con un ruido sordo y el cohete, impulsado por el monopatín, salió disparado hacia el cielo. No voló muy alto ni muy rápido, pero fue suficiente para que Meloso gritara de alegría.
"¡Estoy volando! ¡Estoy volando!" gritaba Meloso desde dentro del cohete.
El cohete voló por encima de los árboles, por encima de las nubes y, finalmente, desapareció en la distancia. Martín se quedó mirando al cielo hasta que ya no pudo ver nada.
Estaba un poco triste de que Meloso se hubiera ido, pero también estaba muy contento de haberlo ayudado a volver a casa. Sabía que nunca olvidaría su aventura con el monstruo meloso.
Al día siguiente, Martín encontró un pequeño regalo en la puerta de su casa. Era una piruleta gigante de color arcoíris, con una nota que decía: "Gracias por tu amistad. ¡Meloso!"
Martín sonrió. Sabía que, aunque Meloso estuviera lejos, siempre serían amigos. Y cada vez que viera una piruleta de arcoíris, recordaría su increíble aventura con el monstruo meloso que encontró en su sótano y el cohete que construyeron juntos.
Martín volvió a su casa, a su jardín, y siguió jugando, sabiendo que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en el sótano de tu casa.
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