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Mateo era un niño de cinco años muy, muy especial. No era porque supiera leer antes que los demás, ni porque construyera torres altísimas con bloques, aunque también era bastante bueno en eso. Mateo era especial porque... ¡nunca tenía sueño! Ni un poquito. Otros niños, cuando llegaba la noche, bostezaban, se frotaban los ojos y pedían a gritos que les contaran un cuento para dormir. Mateo, en cambio, seguía tan fresco como una lechuga. Sus padres, al principio, estaban preocupados. Lo llevaron al médico, quien, después de examinarlo de arriba abajo, les dijo: "¡Es un niño perfectamente sano, solo que... parece que no necesita dormir!".
Así que, Mateo se convirtió en el niño que nunca dormía. Mientras sus amigos soñaban con dragones y castillos, Mateo jugaba con sus juguetes, leía libros (¡ya sabía leer!), o ayudaba a sus padres con las tareas de la casa. Al principio, sus padres intentaban convencerlo de que se acostara. "Mateo, cariño, es hora de dormir. Incluso las estrellas necesitan descansar", decía su mamá, poniendo voz suave. Pero Mateo, con sus grandes ojos brillantes, respondía: "Pero mamá, ¡no estoy cansado! ¿Puedo ayudarte a preparar la cena?".
Su papá, por su parte, intentaba otra táctica. "Mateo, si duermes bien, mañana tendrás mucha energía para jugar en el parque". Pero Mateo, con una sonrisa pícara, le contestaba: "¡Pero papá, ya tengo mucha energía! ¡Mira, puedo saltar como un canguro!". Y saltaba, claro, sin parar.
Un día, Mateo descubrió que su superpoder podía ser útil para algo más que jugar y ayudar en casa. En su barrio, había una panadería muy famosa por sus deliciosos panes y pasteles. El panadero, Don Eusebio, era un hombre muy amable, pero también muy mayor. Últimamente, se cansaba mucho y le costaba mantener la panadería abierta toda la noche para preparar el pan fresco para la mañana siguiente. Mateo, al enterarse del problema de Don Eusebio, tuvo una idea brillante. Fue a hablar con él y le dijo: "Don Eusebio, yo nunca tengo sueño. Podría ayudarle a preparar el pan por la noche".
Don Eusebio, al principio, se mostró escéptico. "Pero, Mateo, eres muy pequeño. La panadería es un trabajo duro". Pero Mateo insistió: "Puedo amasar la masa, decorar los pasteles y asegurarme de que el horno esté a la temperatura correcta. ¡Por favor, déme una oportunidad!". Don Eusebio, conmovido por la determinación de Mateo, aceptó. Esa noche, Mateo se convirtió en el ayudante de panadero más joven del mundo. Trabajó con entusiasmo, aprendiendo los secretos de la panadería de Don Eusebio. Amasaba la masa con sus pequeñas manos, decoraba los pasteles con glaseado de colores y vigilaba el horno con atención. Don Eusebio estaba asombrado de la energía y la dedicación de Mateo. Gracias a Mateo, la panadería pudo seguir ofreciendo pan fresco y delicioso cada mañana.
Pero la verdadera aventura de Mateo comenzó cuando una noche, mientras horneaban pan, escucharon un ruido extraño proveniente de la calle. Era un maullido lastimero. Mateo, curioso, salió de la panadería y encontró a un pequeño gatito abandonado, temblando de frío y miedo. Mateo lo recogió con cuidado y lo llevó dentro de la panadería. Le dio leche caliente y lo acurrucó en sus brazos. El gatito, agradecido, ronroneó suavemente. Mateo decidió adoptarlo y lo llamó Estrella, porque sus ojos brillaban como las estrellas en la noche.
Desde esa noche, Mateo y Estrella se hicieron inseparables. Mateo seguía ayudando a Don Eusebio en la panadería, y Estrella lo acompañaba, durmiendo plácidamente en una cesta cerca del horno. Pero una noche, mientras Mateo y Don Eusebio estaban preparando la masa para los cruasanes, notaron que faltaba un ingrediente crucial: ¡la levadura! Sin levadura, el pan no subiría y los cruasanes serían planos y duros. Don Eusebio se lamentó: "¡Oh, no! ¿Qué vamos a hacer? La tienda de ingredientes está cerrada a estas horas". Mateo, pensando rápidamente, recordó que había visto un anuncio en la televisión sobre un nuevo tipo de levadura mágica, que hacía que el pan subiera el doble de rápido. El problema era que la tienda que vendía esa levadura estaba muy lejos, al otro lado de la ciudad.
Mateo, sin dudarlo, le dijo a Don Eusebio: "Yo puedo ir a buscarla. No tengo sueño y puedo correr muy rápido". Don Eusebio, preocupado, le respondió: "Es muy peligroso ir solo a estas horas de la noche". Pero Mateo insistió: "No se preocupe, Don Eusebio. Estrella vendrá conmigo. Ella me protegerá". Así que, Mateo y Estrella se aventuraron en la noche oscura en busca de la levadura mágica. Corrieron por las calles vacías, guiados por la luz de la luna y las estrellas. Estrella, con sus agudos sentidos, detectaba cualquier peligro y alertaba a Mateo. Finalmente, llegaron a la tienda, que estaba a punto de cerrar. Mateo explicó la situación al tendero, quien, conmovido por su historia, le vendió la levadura mágica.
Mateo y Estrella regresaron corriendo a la panadería, donde Don Eusebio los esperaba ansiosamente. Prepararon la masa con la levadura mágica y, para su asombro, ¡el pan subió el doble de rápido! Esa mañana, la panadería de Don Eusebio ofreció los cruasanes más deliciosos y esponjosos que jamás se hubieran probado. Todos los clientes estaban encantados. Y Mateo, el niño que nunca dormía, se sintió feliz de haber usado su superpoder para ayudar a los demás y hacer del mundo un lugar un poquito más dulce.
Desde entonces, Mateo siguió ayudando a Don Eusebio y cuidando de Estrella. Aprendió que tener un superpoder era genial, pero usarlo para hacer el bien era aún mejor. Y aunque nunca necesitara dormir, Mateo sabía que siempre podía contar con sus amigos y su familia para apoyarlo en todas sus aventuras.
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