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Había una vez un parque lleno de colores llamado El Recreo, donde todos los niños del vecindario se reunían después de la escuela. En el centro del parque, bajo la sombra de un roble gigante, solían jugar Leo, Lucas y Sofía. Ellos eran inseparables y siempre estaban inmersos en mundos fantásticos creados por su imaginación. Ese martes por la tarde, habían decidido que el roble era una estación espacial y que ellos eran los mejores astronautas de la galaxia.
—¡Atención, equipo! —gritaba Leo, usando un colador de pasta como casco—. Estamos a punto de despegar hacia Marte. ¡Revisen los motores!
Sofía y Lucas corrían alrededor del árbol, haciendo sonidos de motores y saltando como si la gravedad estuviera desapareciendo. En medio de toda esa emoción, un niño llamado Mateo se acercó lentamente. Mateo era nuevo en el barrio y llevaba unos días observándolos desde lejos. En sus manos sostenía un pequeño robot de juguete que él mismo había decorado con papel de aluminio.
—Hola —dijo Mateo con voz tímida—. ¿Puedo jugar con ustedes? Yo puedo ser el mecánico del robot.
Leo se detuvo y miró a sus amigos. Lucas se encogió de hombros y Sofía simplemente siguió saltando.
—Lo siento, Mateo —respondió Leo, tratando de sonar importante—. Ya somos tres y nuestra nave solo tiene tres asientos. Si entra alguien más, el combustible no alcanzará para llegar a Marte. Quizás otro día.

Mateo bajó la mirada, apretando su pequeño robot contra su pecho. —Está bien —susurró, y se alejó caminando lentamente hacia el otro extremo del parque, cerca de unos arbustos donde se amontonaban unas cajas de cartón vacías del supermercado de la esquina.
Leo, Lucas y Sofía continuaron su juego, pero algo se sentía diferente. El aire de aventura parecía haberse desinflado un poco. Sofía miró de reojo hacia donde se había ido Mateo. Lo vio sentado en el suelo, rodeado de cajas. Al principio pensó que estaba llorando, pero luego notó que Mateo estaba muy ocupado. Estaba uniendo las cajas, usando ramas caídas y trozos de cuerda que había encontrado en su mochila.
Pasaron los minutos y el juego de los tres amigos se volvió repetitivo. Ya habían ido a Marte, a Júpiter y a Saturno, y ahora no sabían qué más hacer. Mientras tanto, en el rincón de Mateo, algo increíble estaba tomando forma. Las cajas ya no eran solo cartón; se habían transformado en un cohete imponente, con alerones de papel de aluminio y una cabina de mando llena de botones dibujados con crayones de colores.
—¡Miren eso! —exclamó Lucas, señalando hacia los arbustos.
Los tres amigos se acercaron con curiosidad. Mateo estaba terminando de decorar la punta del cohete. No parecía triste en absoluto; sus ojos brillaban de emoción mientras imaginaba rutas estelares. Su cohete era mucho más grande y detallado que su árbol-estación espacial.
Leo sintió un nudo en el estómago. Se dio cuenta de que al excluir a Mateo, no solo lo habían hecho sentir mal, sino que también se estaban perdiendo de un amigo con una imaginación asombrosa. Se acercó a Mateo, esta vez sin el colador en la cabeza.

—Oye, Mateo... eso que construiste es... es increíble —dijo Leo sinceramente.
Mateo levantó la vista, sorprendido. —Gracias. Es el 'Explorador Estelar 5000'. Tiene un motor de antimateria y puede viajar a través de agujeros negros.
—Perdón por lo de antes —intervino Sofía—. Fuimos un poco tontos al decir que no había espacio. La verdad es que tu nave se ve mucho más divertida que nuestro árbol.
Mateo sonrió, una sonrisa ancha que iluminó su rostro. —¿Saben qué? —dijo Mateo—. Mi nave es tan grande que necesita una tripulación completa de cuatro personas. Un capitán, una navegante, un ingeniero de vuelo y un experto en robots. ¿Les gustaría unirse?
Los ojos de Leo, Lucas y Sofía se abrieron de par en par. —¡Claro que sí! —gritaron al unísono.
Esa tarde, el parque El Recreo fue testigo de la misión espacial más grande de la historia. Juntos, los cuatro amigos viajaron a galaxias lejanas, lucharon contra monstruos de polvo cósmico y descubrieron planetas hechos de caramelo. Mateo resultó ser el mejor guía galáctico que hubieran podido imaginar.
Al caer el sol, mientras sus padres los llamaban para volver a casa, los cuatro niños prometieron encontrarse al día siguiente en la misma nave. Leo aprendió que la amistad no es como un asiento en una nave espacial con cupo limitado; es más bien como el universo mismo: siempre hay espacio para que crezca y para que alguien nuevo se una a la aventura.
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