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Había una vez un niño llamado Mateo que no solo quería a los dinosaurios; Mateo vivía por y para ellos. Su habitación era un museo prehistórico: tenía sábanas con estampados de triceratops, libros que explicaban la diferencia entre el periodo Jurásico y el Cretácico, y una hilera de figuras de plástico que custodiaban su ventana. Pero de todos sus tesoros, ninguno era tan especial como Terri. Terri era un Tiranosaurio Rex de juguete, un poco desgastado por los años, con una mancha de pintura naranja en el lomo y una expresión que, según Mateo, no era de ferocidad, sino de una eterna y valiente sonrisa.
Mateo y Terri eran inseparables. Terri desayunaba cereales (en sentido figurado) al lado del tazón de Mateo, asistía a las clases virtuales escondido en su mochila y, por las noches, vigilaba desde la mesilla de noche para que ningún monstruo se atreviera a entrar. Sin embargo, un martes por la tarde, después de una expedición al parque del vecindario, ocurrió lo impensable. Al llegar a casa y prepararse para la cena, Mateo buscó en su bolsillo derecho. Estaba vacío. Buscó en el izquierdo. Solo encontró una piedra lisa y un envoltorio de caramelo. El pánico, frío como el hielo de la era glacial, recorrió su espalda.
—¡Mamá, Terri no está! —gritó Mateo con la voz quebrada.
Esa noche, la casa se convirtió en el escenario de una excavación arqueológica. Miraron bajo el sofá, entre los cojines, dentro de la lavadora y hasta en el rincón más oscuro del armario de las escobas. Pero el pequeño T-Rex no aparecía por ninguna parte. Mateo se acostó con el corazón pesado, mirando el espacio vacío en su mesilla. Mientras intentaba dormir, imaginó a Terri solo en la oscuridad del parque. ¿Tendría frío? ¿Estaría asustado de los perros grandes que paseaban por allí? Con esos pensamientos, Mateo finalmente se quedó dormido, soñando con huellas gigantes que lo guiaban a través de una selva de columpios y toboganes.

A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de despuntar, Mateo ya estaba listo. Llevaba su gorra de explorador y una lupa que le había regalado su abuelo. —No te preocupes, Mateo —dijo su madre con dulzura—, lo encontraremos. Los dinosaurios son expertos en sobrevivir.
Regresaron al parque. El rocío de la mañana aún mojaba la hierba, haciéndola brillar como si estuviera cubierta de diamantes. Mateo comenzó su búsqueda metódica. Primero fue al arenero, donde ayer habían construido un volcán de arena. Escarbó con cuidado, como un paleontólogo real, pero solo encontró un cubo azul olvidado y una concha de mar. Luego se dirigió a los columpios. Se agachó y gateó por el caucho reciclado del suelo, pero Terri no estaba allí.
—Tal vez decidió ir a buscar agua al estanque —sugirió Mateo, tratando de mantener la esperanza.
Caminaron hacia la zona de los sauces llorones, cuyas ramas largas tocaban el agua. Mateo observó cada raíz y cada piedra. De repente, vio algo que le llamó la atención cerca de un enorme roble centenario. Había un rastro de pequeñas ramas rotas que formaban un camino hacia un arbusto de hortensias azules. Mateo se acercó sigilosamente, conteniendo el aliento. Apartó las hojas con cuidado y, allí, en medio de la tierra húmeda, encontró algo que lo hizo saltar de alegría.

No era Terri, pero era una pista: era el pequeño sombrero de explorador que Mateo le había hecho a Terri con papel de aluminio unos días antes. Si el sombrero estaba allí, ¡Terri no podía estar lejos! Siguió buscando detrás del tronco del roble y, finalmente, lo vio. Terri estaba de pie, perfectamente equilibrado entre dos raíces gruesas, como si estuviera protegiendo la entrada de una cueva secreta. A su lado, una pequeña familia de mariquitas caminaba tranquilamente.
—¡Terri! —exclamó Mateo, recogiéndolo y abrazándolo contra su mejilla. El plástico frío del juguete nunca se había sentido tan cálido.
Mateo se dio cuenta de que Terri no se había perdido por descuido; en su imaginación, el valiente T-Rex se había quedado atrás para proteger a las pequeñas criaturas del parque de cualquier peligro nocturno. Limpió el barro de las patas de su amigo y le volvió a colocar su sombrero de papel de aluminio.
De regreso a casa, Mateo no guardó a Terri en su bolsillo. Esta vez, lo llevó bien sujeto en su mano, mostrándole el camino. Esa noche, antes de dormir, Mateo le susurró a su amigo: —Gracias por ser tan valiente, Terri. Pero la próxima vez, avísame si tienes una misión especial. —Terri, con su eterna sonrisa de plástico, pareció brillar bajo la luz de la luna, listo para su próxima aventura, pero siempre al lado de su mejor amigo.
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